Por tierras de España: Burgos | José Riqueni Barrios

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Burgos

En nuestro acertado y siempre bien amado trajín de andar y desandar los caminos de Castilla la torreada, planeamos recorrer las altas tierras burgalesas, un paisanaje cargado de historia, esa historia medieval que daría forma a España, una nación que pasaría a ser troceada en un Estado autonómico, una vuelta a los reinos de taifas con su reyezuelo populista aquí, allá y acullá, un despropósito que nos tememos sin cura posible. Pero dejemos la política baja o española y adentrémonos en la magia de una nueva ruta, dado que viajar es planear, vivir y recordar.

De modo que antes de partir ya soñábamos con llegar a las tierras del Cid (1026-1099), Rodrigo Díaz, nacido en Vivar (a 9 km de Burgos).

El Cid (Burgos)

“Ya entra el Cid Ruy Díaz por Burgos, sesenta pendones le acompañan. Hombres y mujeres salen a verlo; los burgaleses y las burgalesas se asoman a las ventanas; todos afligidos y llorosos. De todas las bocas sale el mismo lamento: ¡Oh, Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor!”

Una vez revisado nuestro carruaje, con ropa y complementos para casi una semana, venido el día, movidos de gran gozo por estrenar paisajes, fablar con hijosdalgo, dar cuenta de escenarios y estancias cargados de historia, beber vinos, degustar panes, quesos y viandas de cada rincón a nuestro paso, partimos desde los sures hacia el norte, atravesando las dehesas extremeñas y los llanos cerealistas, tierras de España a la que tanto amor profesamos y que tanto estremecen nuestra alma y la de los hombres de bien.

Tierra de cristiandad nos espera. Pateando calles y plazas durante jornadas, de sol a luna, la luna de agosto, cumpliremos aquello que dimos en trazar.

Con Sevilla la llana quedando atrás, nuestras miras puestas en una primera parada que ya es costumbre, desayunamos generosa rebanada de pan de pueblo tostada a la que no faltó su aceite de oliva y tomate triturado junto a un café con leche, sentados en la terraza de un conocido bar en el Cruce de las Herrerías, justo pasada Mérida, que todo sea escrito para dar cumplido a la curiosidad de quien nos lee. Tras un almuerzo en un mesón castellano de postín en Riaza, vencido el día, a la luz dorada de un largo atardecer estival, llegamos a la capital burgalesa.

En esto, meses antes, reservamos noble estancia en el hotel Meliá, sito a la orilla del río Arlanzón y frente a la catedral, siendo recibidos por mozo de equipajes que trasladó maletas y bolsas a la noble estancia que nos fue asignada en razón a nuestro rango, como se dispuso el citado joven a aparcar nuestro carruaje en garaje próximo.

Con la pericia que otorga la costumbre, primero ordenamos el equipaje en perchas y cajones, de seguido pasamos a una ducha jabonosa y relajante, para de esta guisa, secos se entiende, vestirnos con ropa de noche y salir a tapear por el centro de la ciudad castellana que nos acogía en su seno hasta regresar a nuestro hotel paseando pausadamente por el Paseo del Espolón, a la luz de las farolas y con la retina plena de esa belleza sin par de la catedral de Burgos, esa filigrana iluminada en tonos miel bajo un manto aterciopelado de estrellas.

En la misma capital y muy próximos a ella, son cuatro los escenarios imprescindibles a visitar: Catedral, San Pedro de Cardeña, Real Monasterio de las Huelgas y Cartuja de Miraflores.

Catedral: Se levanta sobre una catedral románica. Iniciada a comienzos del s.XII, su construcción, en dos etapas, duraría casi tres siglos. En el centro del crucero se encuentran las lápidas funerarias del Cid y Doña Jimena. Cimborrio estrellado de 54m de altura (Sevilla, 56m). Coro con 103 sillas de nogal taraceado de boj. En su centro aparece la estatua yacente del obispo fundador, D, Mauricio. Al fondo de la nave, sobre un ventanal, está el Papamoscas.

Tuvimos la suerte de llegar a Burgos un 14 de agosto y esa noche, los burgaleses, sentados en el coro de la catedral, con sus recias voces castellanas, cantaban a su patrona, Santa María La Mayor, en lo que constituye uno de los momentos grandes de esos que conforman la rica, variada y extensa etnografía de nuestra amada España, madre tierra.

Real Monasterio de las Huelgas: Fundado en 1187, en él se casan Alfonso VIII (14 años) y Leonor (10 años), princesa inglesa. Iglesia gótica de planta en cruz latina. En su museo de telas medievales se exhiben trajes y adornos de nobles y reyes castellanos (S.XII al S.XIV). En la Sala de Tapices se conserva el pendón de la batalla de las Navas de Tolosa (1212), un tapiz musulmán tejido en oro, plata y sedas con un tamaño de 3,30m x 2m, adorno de entrada a la jaima del sultán Abú-Yasuf-Jaqub (Miramamolín), aunque al parecer se trata de una bandera arrebata por Alfonso VIII a las huestes árabes que fueron vencidas (60.000 cristianos frente a 250.000 musulmanes). Tumbas de Alfonso VIII (+6/10/1214) y Leonor, ella muere veinticinco días después que él.

Trajes y adornos de nobles y reyes castellanos (S.XII al S.XIV). Los pocos que se conservan tras el saqueo de las tropas francesas.

San Pedro de Cardeña: En una vitrina se pueden contemplar las jarras cidianas (jarras de la boda del Cid). Aquí dejó el Cid a su señora y a sus dos hijas a cargo del abad Sisebuto cuando partió al destierro con sus partidarios.

Sarcófagos del Cid y Doña Jimena, inhumados en su día en este monasterio. La huesa del Cid, enterrado junto a sus tres espadas (la Colada, la Joyosa y la Tizón o Tizona), fue troceada y repartida durante la invasión francesa, hasta que se consiguió reunirla y fue trasladada en 1921 a la catedral de Burgos.

A este convento de benedictinos se trajo también a Babieca, el caballo del Cid, que reposa enterrado.

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Mausoleo Real (Cartuja de Miraflores)

 Cartuja de Miraflores: En la capilla mayor se sitúan los Sepulcros Reales: Uno es el mausoleo real, una estrella octogonal de mármol blanco que contiene los restos de Juan II de Castilla e Isabel de Portugal; otro, en un lateral, en el muro de la izquierda, es el nicho del infante Alfonso, hijo de ambos, cuya muerte prematura habría de dar el reino de Castilla a su hermana Isabel. Obras talladas en alabastro por Gil de Siloé (s. XV). Una curiosidad del sepulcro del infante Alfonso es que en su apostolario, el primer personaje de abajo por la izquierda, bien puede tratarse de Santo Tomás con su escuadra o del mismísimo escultor, Gil de Siloé, con sus monóculos.

Dejemos atrás la piedra del hombre, piedras de la historia para hacer eso otro que tanto nos gusta como es recorrer carreteras comarcales y adentrarnos en la España profunda, esa que aúna tradiciones, usos y desusos:

Frías, Oña y Poza de la Sal: Tomamos la N-1 en dirección Miranda de Ebro-Vitotria y pasada Briviesca, capital de la Bureva, a unos 11 km. giramos a la izquierda hacia Busto de Bureva. Una vez pasado Busto entramos en una carretera con curvas en cantidades industriales, un serio problema para quien se incomode con estas golosinas de la conducción, zig-zag que nos acompañará hasta alcanzar Aldea del Portillo, pasadas Ranera y Tobera divisamos la estampa fotogénica y singular de Frías, nuestro primer destino de esta ruta.

Frías (Burgos)

 Frías: Conjunto medieval con casas colgadas en un enclave espectacular. Sin duda una de las vistas más inolvidables que conservamos de nuestro álbum fotográfico de los pueblos de España. Tomamos café en un velador de calle y paseamos buscando el castillo.

La carretera que baja de Frías nos conduce a un puente medieval con zona de recreo. Cruzamos el puente y giramos a la izquierda buscando Traspaderne y desde ahí a Oña.

Oña: Su párroco, don Daniel, a quien conocemos al poco de llegar, se ofrece amablemente y nos enseña el interior de la iglesia (Monasterio de San salvador de Oña, 1011), al tiempo que nos da explicaciones en detalle y nos anima a asistir a la representación de la fundación e historia de tal monasterio, una obra de teatro en la que participa todo el pueblo y cuyos abalorios se guardan en percheros y cajones inmensos ubicados en la sacristía.

Poza de la Sal: Visitamos esta localidad en memoria al cariño que desde nuestra niñez sentimos por la obra y persona de Félix Rodríguez de la Fuente, naturalista nacido en este pueblo que duerme a los pies de una pared de piedra.

Si dedicamos la mañana a visitar el Museo de la Evolución y tapear por el centro de esta capital, bien vale su tarde para acercarnos hasta Atapuerca, una vez gestionados días antes las entradas y horarios a tales enclaves.

En Ibeas de Guarros, a las afueras de Burgos ciudad, nos recoge un autobús que nos lleva a Atapuerca.

A finales del s. XX, la excavación de una trinchera para el paso del ferrocarril deja al descubierto uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del mundo.

José Riqueni Barrios | Escritor