Por qué tiene razón la pandilla de Pollo Doctor | Pío Moa

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Hay que entender la lógica política e ideológica de los procesos que vivimos por debajo de la espumilla de los chismorreos políticos de cada momento. Ya en la transición, la inanidad intelectual de la derecha permitió que se confundiese democracia con antifranquismo. A partir de ahí se abrió un proceso de corrosión de la democracia, porque el antifranquismo nunca fue democrático. De serlo, nada más democrático que la ETA, pues no solo combatió al franquismo, sino que reúne en sí los dos componentes de los vencidos en 1939: separatismo y socialismo sovietizante.

El ápice de ese proceso se alcanzó con Aznar, cuando condenó el alzamiento del 18 de julio y se convirtió en el mayor benefactor político de los separatistas. Con ello despejó el camino a las leyes y medidas de Zapatero, en particular la ley de memoria histórica, que ahora quieren reforzar.  La ley de memoria  remataba la condena hecha por Aznar convirtiendo en ley la deslegitimación del franquismo. Al parecer casi nadie se daba o quería darse cuenta de sus consecuencias lógicas. Con ello se deslegitimaba la herencia de aquel régimen, que en definitiva no era otra cosa  que la paz más larga de España en dos siglos, la prosperidad mayor que se había vivido antes o después, la  unidad nacional, la cultura básicamente cristiana de occidente y la monarquía. Y esta es la herencia que se quiere destruir en nombre de una democracia representada por sovietizantes y separatistas herederos de los vencidos en la guerra civil.

Pero ¿y la democracia? ¿Podía haber venido ella del franquismo? De acuerdo con la falsedad inicial, no podía. Lo que habría ocurrido en la transición habría sido una falsa jugada del propio régimen para perpetuarse lavando su fachada. Sin embargo está el  referéndum de 1976, que todo el mundo quiere olvidar. Por abrumadora mayoría popular se decidió la democracia de la ley a la ley, desde la legitimidad histórica del franquismo.  Una legitimidad que la gente entendía por haber derrotado al Frente Popular, haber librado al país de la guerra mundial, haber mantenido la  unidad nacional y la cultura europea de raíz cristiana, por haber traído la mayor prosperidad  vivida hasta entonces y mantenido una gran libertad personal. El franquismo fue dictatorial, porque las circunstancias históricas no permitían otra cosa, pero no fue tiránico.  Esta es la legitimidad del franquismo, y solo desde ella podía pasarse a una democracia que no reprodujese las convulsiones de los años 30.

Así pensaba la gran mayoría entonces… , muy equivocadamente según la doctrina del antifranquismo democrático. Pues si mantenemos la equiparación de democracia y antifranquismo, el actual frente popular tiene razón: aquel referéndum no puede ser reconocido, como tampoco la transición y la amnistía posteriores. La única democracia posible sería la que saltase hacia atrás cuarenta años para proseguir la supuesta legitimidad del Frente Popular. Solo que este, claro está,  solo puede llamarse democrático desde una absoluta perversión del lenguaje, perversión a la que, abierta o implícitamente, se han prestado ya la UCD y más decisivamente Aznar y su partido, los obispos y la monarquía, en una inmunda quiebra política, intelectual y moral.

Dicen ahora los enterados que la pandilla gobernante en España va contra la transición y la amnistía. No es cierto: va contra el franquismo, contra su herencia, porque sin él, ni  la transición ni la amnistía habrían sido posibles. Y esta es la lección que todos debemos aprender si queremos evitar errores del pasado.

Unas palabras sobre Torcuato Fernández Miranda. Este fue el único político de verdad clarividente de la transición. Él percibió con claridad dos cosas: a) que el franquismo no podía continuar; y b) que la democracia no funcionaría si no se hacía sentir débiles a los antifranquistas.  Lo segundo era esencial, porque en la incertidumbre de una  transición política podían creerse más fuertes de lo que eran, lanzarse a acciones aventureras y volver a las andadas. El modo como hizo saber a los antifranquistas que eran débiles, fue el citado referéndum. Contra él se movilizaron en vano  los que hablaban de ruptura para enlazar con los vencidos de la guerra.  Primero intentaron una huelga general que falló estrepitosamente, y después un boicot al referéndum igualmente fracasado. El pueblo no tenía “memoria histórica”, tenía simplemente memoria real de lo que había vivido, y votó lo justo. Este fracaso obligó al antifranquismo a moderarse… por un período.

¿Y por qué no podía continuar el franquismo? En primer lugar porque, al definirse como  católico y ser rechazado por la Iglesia en el Vaticano II, había caído en un vacío ideológico. En segundo lugar porque, como efecto de ese vacío, los cuatro partidos o familias del régimen estaban disgregados y a la greña, entre sí y dentro de cada uno: ninguno de ellos podía continuar el franquismo, y la mayoría ya no lo querían. Por eso fueron muy pocos los que se opusieron en las Cortes y luego al referéndum. En tercer lugar porque, a consecuencia de lo  anterior, el régimen nunca había desarrollado una ideología propia. Por  tanto, solo  quedaba intentar una democracia que no repitiese las convulsiones de la república, para lo cual el franquismo había creado una sociedad reconciliada y próspera en una nación unida. 

Torcuato era hombre culto, conocedor de la historia y sus líneas de fondo, pero desgraciadamente Suárez, al que creyó erróneamente un discípulo fiel, era un chisgarabís ignorante que solo concebía la política como el chanchulleo de ocasión con estos y los otros. Y  que condujo la transición al peligroso desastre  del 23-f. Y el rey resultó algo muy semejante. No obstante, el franquismo dejó una herencia tan fuerte, que  todavía el frente popular no ha logrado sus objetivos, aun habiendo avanzado mucho hacia ellos.

El caso es que hoy, por estas falsificaciones de la historia, ha vuelto el frente popular de separatistas y sovietizantes, y  el país se encuentra en golpe de estado permanente, en serio peligro de  disgregación nacional y de tiranía comunistoide, empeorado por una renuncia a la soberanía que hace de España un país satélite o títere de otras potencias. Ha vuelto el  poder de “la estupidez y la canallería”, que dijo Gregorio Marañón. El poder que quiere arrebatar la libertad a los españoles, dividirlos  y provocar el choque entre ellos. El poder que intenta, al modo hitleriano, implantar una tiranía empleando torticeramente fórmulas  legales. El poder al que hay que parar los pies de manera absoluta antes de que nos conduzca al choque directo.

Pío Moa| Escritor