La toma racional de decisiones requiere disponer de la información precisa que nos permita evaluar los pros y contras de la decisión que tomemos. Sin embargo, no siempre las decisiones que tomamos son estrictamente racionales. Con cierta frecuencia, le damos mucho peso en la toma de una decisión al factor emocional o a la opinión de terceros en los que hemos depositado nuestra confianza.

La realidad es que, por desgracia, no resulta una costumbre muy arraigada la de buscar información y cuestionarla bajo parámetros racionales antes de tomar una decisión importante. El riesgo de este comportamiento social es que la sociedad acaba siendo mucho más susceptible de manipulación en beneficio de intereses que no siempre buscan el bien común y, en particular, el bien individual.

Un tema interesante, y muy actual, es el de las vacunas para combatir el COVID-19. Todos sabemos el grave impacto que está teniendo esta pandemia a nivel sanitario, social y económico en todos nosotros. ¿Quién podría cuestionar la necesidad de protegerse de la enfermedad de una manera eficaz mediante una vacuna? La respuesta sensata es, sin duda, nadie. Sin embargo, las cosas no siempre son tan simples como esto y, tal vez, se necesite analizarlas con más detalle.

Yo no soy ninguna autoridad en farmacia ni en medicina, es precisamente por eso que me permito analizar el asunto desde un punto de vista de usuario en base a la información de que dispongo. A fin de cuentas, será el usuario el que disfrute los beneficios de su decisión y también sufra los inconvenientes.

Según se cree, el SARS-CoV-2 apareció en China en la provincia de Wuhan en otoño de 2019. Debido a la falta de información que proporcionó China en los primeros momentos y a la falta de actitud diligente de los gobiernos de muchos países, la enfermedad denominada COVID-19 se ha convertido en una tragedia de dimensiones épicas con sucesivas e interminables olas de contagio. Se trata de un virus muy agresivo, con una enorme capacidad de contagio y que sorprendentemente no es estacional. Sobre el origen del virus no parecen existir evidencias que permitan descartar la posibilidad de que este sea de origen no natural. China ha tardado más de un año en permitir la visita de la OMS al laboratorio de Wuhan, tiempo más que sobrado para esconder los trapos sucios, si es que los hubiera. Esto acredita una disposición de China francamente mejorable. Sorprende que ningún país les haya pedido explicaciones hasta la fecha. Supongo que habrá un por qué.

Por la información que se ha suministrado sobre las vacunas autorizadas en Europa, sabemos que se basan en el principio de desencadenar en el sistema inmunológico una reacción ante la aparición de determinadas cantidades de la proteína S (spike) que formaría parte de la envoltura del SARS-CoV-2 causante del COVID-19. Al parecer, esto se consigue, sea mediante el uso de un adenovirus de chimpancé que codifica para la glicoproteína de la espícula SARS-CoV-2 (vacuna AstraZeneca), sea mediante un ARN mensajero que envía instrucciones a las células del paciente para que produzcan, de forma previsiblemente puntual, una cierta cantidad de proteína S de manera que el sistema inmune se entrene y sea capaz de reaccionar adecuadamente ante la futura aparición del SARS-CoV-2 (vacunas Pfizer y Moderna). Ruego se me disculpe si la simplificación que hago es excesiva. Mi única intención es que se entienda el principio de funcionamiento por el común de los mortales.

Parece obvio que la posibilidad de padecer la COVID-19, como consecuencia de ponerse la vacuna, es nula. No obstante, si sabemos que se han descrito algunos efectos secundarios frecuentes como fiebre, vómitos, diarrea y enrojecimiento en el sitio donde se ha administrado la inyección. Recientemente también se han detectado la aparición de trombos en algunos pacientes, principalmente mujeres, con desenlace fatal en unos pocos casos. De los efectos a medio y largo plazo, poco o nada sabemos. Lo que sí es claro es que cualquier producto farmacéutico, y las vacunas no son una excepción, tiene siempre efectos secundarios. Por eso es importante conocerlos en lo posible para evaluar la ratio beneficio/riesgo a la hora de tomar la decisión.

Ahora conviene hablar de eficacia de las vacunas y de cómo esta magnitud ha sido calculada. Según se indica en el documento oficial de la sociedad Española de Virología, la eficacia de las vacunas Moderna y Pfizer se evaluó cogiendo un grupo de 30400 y 43448 voluntarios respectivamente. Cada grupo se dividió en dos administrando la vacuna a uno de ellos y un placebo al otro. Desarrollaron la enfermedad 5 del grupo vacunado con Moderna respecto a 90 que recibió solo el placebo. Siendo en el caso de Pfizer de 8 sobre 162. Lo que aseguraría una eficiencia aproximada del 95% en la protección frente a la enfermedad. No sabemos cuál fue la exposición de los voluntarios al virus, pero todo hace suponer que siguieron haciendo una vida normal tanto los vacunados como los inyectados con el placebo. No dispongo de información sobre la gravedad de la enfermedad entre los vacunados que sí contrajeron la enfermedad.

Otro aspecto que hay que considerar para ver si tiene sentido una vacunación de toda la población, es las estadísticas que se disponen de la enfermedad en España. Según el informe de situación del 24 de marzo de 2021 del ISCIII se contabilizan un número de casos totales afectados por el COVID-19 de 3007608, hospitalizados 219390 (7,3%), que hayan requerido UCI 20011 (0,7%) y fallecidos 44556 (1,5%). Se desconoce la cifra total de asintomáticos por lo que es difícil precisar si estamos lejos de la famosa inmunidad de rebaño que según los entendidos se alcanzaría cuando el 70% de la población hubiera superado la enfermedad o estuviera eficazmente vacunada. Es difícil asegurar que estas cifras sean exactas dado que, por una parte, habrá fallecidos por el COVID que no se hayan incluido por no haberles realizado PCR, mientras que, por otro lado, también habrá asintomáticos que no sabrán que han padecido la enfermedad hasta que no se hagan un análisis serológico.

De ser exacta la información de los párrafos anteriores, se puede calcular, mediante una sencilla extrapolación, que una campaña rápida de administración de vacunas o la utilización de fármacos eficaces podrían ahorrar más de 400000 nuevos fallecimientos hasta alcanzar la inmunidad de rebaño. Aunque no nos guste aceptarlo, parece bastante previsible, por el histórico acumulado hasta la fecha, que tarde o temprano se acabará infectando la inmensa mayoría de la población.

Llegados a este punto, tal vez convenga hacerse algunas preguntas para tener una imagen más completa de la situación y poder decidir adecuadamente. Por ejemplo:

¿Cuál será el impacto en el entorno familiar, laboral y social previsible de mi decisión? A esto tendrá que dar cada uno su propia respuesta.

¿Por qué solo se habla de vacunas y no se habla de tratamientos para el COVID-19 ni de medicina preventiva más allá del uso de EPIs? Las autoridades no dan recomendaciones sobre como reforzar el sistema inmunológico para hacer frente mejor a la enfermedad. Por otra parte, hay quién asegura que existen tratamientos alternativos a la medicina tradicional que están funcionando bien en países de Iberoamérica. Tratamientos como es el CDS. Estoy seguro que valdría la pena que las autoridades sanitarias hicieran un estudio formal de estos remedios antes de descartarlos directamente sin valorar sus resultados.

¿Por qué no hay un debate público de alto nivel sobre el COVID-19 en donde estén especialistas de todas las disciplinas implicadas que representen diferentes puntos de vista y sus argumentos? Por desgracia, en su lugar, existen limitaciones de la libertad de comunicación de aquellas ideas diferentes, limitaciones impuestas por empresas vinculadas ideológicamente con el gobierno de turno que deciden lo que es bulo y que no lo es. Opino que el paternalismo degenera rápidamente en manipulación.

¿Por qué no se publican datos estadísticos de los lugares de contagio? Alguien debe tener esta información, de lo contrario no se podría justificar que se clausuren negocios de hostelería en algunas comunidades y no se cuestione el transporte público ni los centros educativos como fuentes de contagio. Al día de hoy no se puede viajar entre comunidades autónomas, pero se permite el tráfico aéreo internacional con pocas o ningunas verificaciones de seguridad sanitaria, ya que los informes de PCR con frecuencia no se piden y son fácilmente falsificables mientras no exista un formato oficial europeo protegido frente a la falsificación.

¿Por qué se pide que también se vacunen los que ya han pasado la enfermedad y supuestamente debieran haber adquirido una inmunidad natural? Según tengo entendido, a estos solo se les aplica una dosis de la vacuna como dosis de recuerdo. Si eso es así, supongo que deberían medirse los anticuerpos antes de suministrar la vacuna a los que ya tienen inmunidad natural para elegir la fecha idónea de aplicación de esa dosis y gestionar mejor un recurso escaso como son las vacunas. Parece ser que esta circunstancia no se está tomando en consideración.

¿Qué sentido tiene que el personal que ha recibido la vacuna tenga que seguir llevando mascarilla y respetando las mismas restricciones de movilidad que antes de recibir la vacuna? Solo puedo interpretarlo como que hay falta de seguridad en la efectividad de las vacunas, o que detrás de estas medidas de confinamiento haya otros intereses que no son precisamente de índole sanitario.

¿Por qué se habla de implantar un pasaporte sanitario para los que hayan recibido la vacuna? Sería una incongruencia que se establezcan limitaciones de movilidad en el futuro solo a la gente que no se vacuna, mientras no se garantice que los que sí se han vacunado no transmiten la enfermedad. Por otra parte, deberían ofrecerse alternativas para el que no esté vacunado, como presentar una PCR reciente si quiere viajar al extranjero. Si se implantasen de manera permanente restricciones de movimiento, se trataría de una vulneración grave de derechos individuales difícilmente justificable en un estado de derecho.

¿Con qué criterios se hace la asignación del tipo de vacuna que debe ponerse cada segmento de población? Parece que el criterio fundamental es tan solo el de disponibilidad. No obstante, los recientes cambios de opinión de las autoridades sanitarias de muchos países sobre la idoneidad de aplicar determinadas vacunas a ciertos grupos de edad, hacen sospechar que la fase de pruebas no fue tan completa como a todos nos gustaría creer. Cuando descubres cosas que no te han contado, es inevitable generar desconfianza. Comprendo que no todo en la vida está bajo control, pero es mejor que se reconozcan abiertamente estas cosas antes, que descubrirlas después.

Hay muchas más preguntas que cada uno podría hacerse para completar más la imagen de la situación. Mi conclusión es que en un estado democrático sería deseable que la decisión de si debemos vacunarnos, de cuando y con qué vacuna, fuese individual y de acuerdo a la consideración personal de los pros y los contras de cada alternativa y su adecuada ponderación. Mucho me temo que no se van a dar facilidades para ello.

Por Redaccion

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *