De bulos y conspiranoicos | Álvaro Gutiérrez Valladares

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Vivimos en un cruce constante de reproches de babor a estribor por los manidos bulos. Que si unos ponen en peligro la salud pública a golpe de difundidos de WhatsApp, que si otros cocinan las encuestas del CIS hasta dejarlas chamuscadas. Da igual qué facción del variopinto paisaje político de España sea el de usted, es casi seguro que haya visto a algún amigo de confianza compartir alguna sandez que le haya producido vergüenza ajena. E incluso a nosotros mismos nos habrán colado, acaso desde algún medio de comunicación teóricamente fiable, alguna información escandalosa o consejo sanitario que resultó rotundamente falso. Hoy esta tendencia de las falsas nuevas, que lleva en alza desde comienzos de siglo, aumenta hasta el punto de que los opinadores dan por hecho que sea la fuerza determinante en los grandes cambios políticos del momento. Y si es así, conviene que lo examinemos con algo más de detenimiento que el que hace falta para lanzar un comentario despectivo sobre la ingenuidad de los conspiranoicos o la superioridad moral de nuestra tribu política (menos dada por naturaleza a los bulos, ya sabe).

Si atendemos a la narrativa general en los medios de comunicación, todo esto empezó con la campaña de Trump. Antes, la población se informaba por lo que decían los noticieros y tomaba decisiones políticas racionales como votar a Bush o a Obama. Ahora leen noticias falsas en Facebook creadas por bots rusos y por tanto votan a Donald Trump. Luego Europa, que va un poco a la zaga, se subió al carro y, uno por uno, los procesos electorales del viejo continente cayeron víctima del populismo. El Brexit, las elecciones europeas, el PiS, las mayorías absolutas de Órban y Johnson o la irrupción de VOX en España; todas se deberán, según esta narrativa, a un proceso de desinformación creciente y al impacto de los bulos en la población. Contra este proceso surgen grupos independientes verificadores de noticias (que no noticiarios) como Newtral o MalditoBulo y se unen las redes sociales para combatir este mal que corroe las bases mismas de la democracia.

Y, sin embargo, resulta que los protagonistas de estas narrativas, los medios de comunicación y los próceres del globalismo liberal no están exentos de crear, creer y propagar bulos. Precisamente en su furor paladín contra los populismos de derechas, acaban comulgando con ruedas de molino, insistiendo en dar por buenos rumores y acusaciones que tienen la misma verosimilitud que aquellas que pretenden censurar en los medios de comunicación. Podríamos decir, piadosos, que al menos los bulos que propagan ellos tienen algo más de sutileza; pero un periódico generalista hoy tiene más que ver con los tabloides británicos o el amarillismo de Pulitzer que con la idea noble de cuarto poder que tiene de sí el periodismo nacional e internacional. ¿El coronavirus empezó en un laboratorio o en una sopa exótica? ¿Jeffrey Epstein se suicidó o fue asesinado? ¿Podemos recibió o no financiación para su creación del régimen Chavista? ¿Permitió el CNI un ataque terrorista para distraer del independentismo? ¿Es el presidente de EEUU un candidato manchurriano? Éste tipo de preguntas, una mezcla de inquietudes serias e imaginaciones febriles, las vemos circular con tanta frecuencia, tanto en redes como en medios supuestamente serios, que llegamos ya hasta el punto de que hay hombres razonables que no son capaces de distinguir con total claridad cuál de ellas es una acusación seria (y digna por tanto de recoger en los medios de comunicación) y cuál propia de un bulo de WhatsApp. Según y qué postura ideológica sea la nuestra nos parece más o menos evidente cuál de estas es una pregunta seria y cuál una payasada conspiranoica, pero le aseguro que rara vez coincidirán en los criterios usted y el de enfrente.

Estamos, por tanto, en una crisis epistemológica. Una gran parte de la población, suficientemente grande como para determinar elecciones (y desde luego que suficientemente grande como para constituir un problema social de envergadura), no sólo no da crédito a los medios de comunicación, sino que no tiene más recurso que su propia intuición para diferenciar entre noticias verosímiles y noticias patentemente falsas. Y lo peor del caso es que no podemos decir que quienes aún creemos ingenuamente en las noticias de medios, gobierno o instituciones de prestigio estemos mejor informados que ellos. Y es que todos éstos trabajan con un sesgo ideológico implícito que confunden con la realidad y termina por falsear el mundo en el que viven. Y ahora, quienes no han sido capaces de predecir un solo acontecimiento político en los últimos diez años, difícilmente podrán ponerse por encima de aquellos que los están liderando.

La crisis de confianza en las instituciones es un síntoma más del declive del orden mundial liberal que se construyó después de la segunda guerra mundial. Instituciones como la ONU, la Unión Europea, la multitud de organismos internacionales y nacionales que lo promueven; todos insisten en seguir viviendo en los años 90, mientras la gran masa de la gente les abandonó por el camino. Esta lejanía entre las instituciones y las poblaciones es de por sí problemática, pero peor aún es el hecho de que no encuentran un elemento de cohesión alternativo. Si cada uno construye un relato de la realidad basandose en poco menos que su intuición y la lealtad de grupo, el distanciamiento no será solo vertical, entre instituciones y el pueblo, sino también horizontal, entre unos vecinos y otros. Todos hemos presenciado conversaciones surrealistas, poco más que monólogos yuxtapuestos entre las distintas facciones políticas españolas y mundiales. No hay comunicación posible, porque la realidad desde la que parte cada cual para construir su discurso parece una distinta. Y quien no vive en la misma realidad que su vecino dificilmente puede decir que vive en la misma comunidad; y si no vivimos en la misma comunidad, es imposible que podamos buscar juntos nuestro bien común.

Una crisis hace a menudo florecer otra latente, y la crisis sanitaria está haciendo más visible que nunca la crisis política de base que está definiendo los movimientos políticos de nuestro siglo. Es el panorama en el que nos toca trabajar, y acaso necesite una respuesta algo más rigurosa que decir que el de enfrente se traga más bulos que yo.

Álvaro Gutiérrez | Escritor