Españoles en las cruzadas: las gestas olvidadas de los soldados borrados de la historia

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A pesar de que la mayoría de monarcas hispanos se quedaron en la península Ibérica para combatir a los musulmanes, las crónicas nos relatan las hazañas de combatientes españoles que viajaron a Tierra Santa

Urbano II fue una superstar de la Edad Media. Inmerso en una época en la que los caminos se recorrían a golpe de jamelgo o borriquillo según el presupuesto, el mismo papa que fue definido por Bernoldo de San Blas como un hombre «distinguido por su piedad y su sabiduría» se paseó por media Europa junto a un gigantesco séquito de cardenales, arzobispos y altos dignatarios durante el verano de 1095 con un solo objetivo: convencer a todo varón en edad de combatir de que abandonara su familia y su casa y recorriera miles de kilómetros para defender Constantinopla de los musulmanes. «Debéis apresuraros a socorrer a vuestros hermanos que moran en el este, necesitan vuestra ayuda», afirmó en el Concilio de Clermont.

Su «súplica más ferviente […] exhortada por Dios», en la que insistió durante un verano entero, funcionó y sembró el germen de la Primera Cruzada. A la petición respondieron una infinidad de nobles varones y soldados reconocidos. Muchos, es cierto, azuzados por la posibilidad de borrar sus faltas a cambio de prestar su espada en combate. «Cuando descubrieron que había remisión de los pecados, muchas personas de vocaciones distintas juraron ir con el alma purificada adonde se les había ordenado», escribió el cronista de la época Fulquerio de Chartres. Godofredo de Bouillón, Raimundo IV de Tolosa… La lista fue más que extensa, aunque, en ella, no se suele hallar ningún guerrero de la península Ibérica.

No es que sea extraño. Al fin y al cabo, por estos lares los reinos cristianos andaban en otros menesteres tales como orquestar la tan mitificada Reconquista. De hecho, ya en el año 1063 el también papa Alejandro II había barruntado la posibilidad de perdonar algunos pecados a los caballeros italianos o galos «decididos a partir a península» para colaborar en su liberación. Sin embargo, y aunque es cierto que los grandes nobles de aquella incipiente España hicieron su propia cruzada sin moverse de casa, también lo es que hasta Tierra Santa partieron un número considerable de guerreros de acento castellano, navarro o catalán. Combatientes que, por alguna extraña razón, han pasado de puntillas por la historia, olvidados.

Cuesta seguir la huella peninsular en Oriente. Con todo, es posible gracias al historiador del siglo XVIII Martín Fernández de Navarrete y a su obra «Españoles en las cruzadas». El también noble y marino definió estas contiendas como las Guerras de Ultramar y, en sus palabras, a pesar de que «bajo el honorífico pretexto de hallarse sus soberanos de Castilla, de Aragón y de Navarra demasiado ocupados en combatir a los árabes y sarracenos de España» se suele obviar la presencia patria en la zona, «partieron, sin embargo, muchas tropas españolas y gran número de campeones, que se distinguieron por sus proezas».

Entre las primeras tropas españolas que respondieron a las súplicas de Urbano II se hallaron las huestes dirigidas por Raimundo IV de Tolosa, veterano de las guerras de Alfonso VI contra los musulmanes a lo largo y ancho de la península. «Fue de los cruzados que, con más ardor, tomaron el empeño de ir a la Palestina. Pasó los Alpes con cerca de cien mil hombres, catalanes y de todos los demás reinos de España», desvela Navarrete. A su llegada a Tierra Santa, este contingente se unió al de Ademar de Monteil, obispo de Puy, que también contaba con un número considerable de hombres de armas reclutados en Cataluña.

Concilio de Clermont
Concilio de Clermont

En palabras del autor, en el seno de aquel contingente había «un tercio de españoles veteranos, que constaba a lo menos de siete mil hombres muy bien armados y de respetable presencia y ánimo esforzado». Combatientes versados en el arte de la guerra que ya habían demostrado su valía. El dato sorprende, pues buena parte de la Primera Cruzada estuvo protagonizada por campesinos sin formación ni oficio en sus países de origen que atravesaban medio mundo y se cosían la Santa Cruz al jubón con el único objetivo de sobrevivir a golpe de saqueos y rapiña. Así lo confirma el historiador Dan Jones en «Los cruzados»: «Muchos eran pueblerinos vulgares que carecían de todo recurso, excepto la fe».

Este «tercio de españoles veteranos» asombró a los cristianos durante el asedio cruzado de Antioquía entre los años 1097 y 1098. A pesar de que la ciudad era casi inexpugnable por sus altas murallas y sus más de 400 torres defensivas, combatieron con bravura en la llamada Puerta del Perro (o Puerta del Can) y se negaron a retirarse. Así atestiguó un testigo de la batalla su valor: «Y dijeron así unos a otros: gran merced nos hizo nuestro señor Dios, y muchos nos ama, que de tantos peligros nos ha librado y nos ayuntó aquí ahora para conquerir la su heredad. Y vil y deshonrado sea todo aquel de nos que huyere por moro».

El mismo cronista insistió en su dominio del arte de la guerra cuando fue preguntado por uno de sus superiores: «Señor, bien lo puedes saber que aquellos son los muy buenos caballeros del tiempo viejo que conquirieron a España por el su gran esfuerzo, que más moros mataron ellos después que nacieron que vos no trajistes aquí de toda gente: y aunque los otros huyan del campo, sepas que estos no huirán por ninguna manera, que conocen que han logrado ya bien sus días: y si les acaeciere querrán antes aquí morir en servicio de Dios que tornar las cabezas para huir». Cuesta, no obstante, saber qué fue de ellos después de que los cruzados tomaran Antioquía tras el extenso asedio.

Héroes olvidados

La lista de héroes peninsulares es extensa, aunque en ella brillan nombres como el de Golfer de las Torres. Durante el asedio de Antioquía, este caballero cruzado se enfrentó a cinco turcos «que venían a todo correr a incomodar a los cristianos que pasasen». Y lo hizo armado tan solo con una lanza. Al parecer, en su carga los enemigos levantaron tanto polvo que no se percataron de que el hispano iba hacia ellos a toda velocidad. Este «hirió entonces al primero que halló»; le ensartó de tal forma que el arma «salió un codo de la parte de las espaldas». Luego dio buena cuenta de uno de sus compañeros con un golpe seco. Arremetió de tal forma que el resto huyeron, aunque los persiguió hasta las puertas de la ciudad «clavándole la lanza por las espaldas en el pescuezo a otro».

Golfer de las Torres tuvo otra actuación heroica en defensa del conde de Tolosa. Al parecer, cuando este se hallaba «en el mayor apuro, lleno de heridas, maltratando el caballo y perdidas las armas propias para su defensa» mientras luchaba contra el hijo del sultán de Niquea. Nuestro protagonista fue uno de los dos caballeros que se lanzaron de bruces contra los enemigos. «Mató a uno de los oficiales y otros soldados enemigos, libertando así al conde, a quien hallaron entre quince moros que yacían en derredor suyo muerto por sus manos». Junto a él destacó, en aquella contienda, una unidad de jinetes españoles a las órdenes del castellano Pero González el Romero.

Urbano II
Urbano II

Navarrete explica también que algunos nobles catalanes viajaron a Palestina a partir de 1096. Lo hicieron animados por las historias de aquellos que regresaban y narraban de forma épica sus batallas. «Su ejemplo facilitó el camino para la Tierra Santa a muchas personas principales de la provincia, de diferentes sexos y estados que quisieron señalar su piedad y su valor». Poco después de que terminara la Primera Cruzada, por ejemplo, una «insigne mujer llamada Azalaida» viajó a Siria con las tropas que se embarcaron. Y tras ella arribaron otros tantos como Arnaldo Mirón, Guillermo Ramón y otros que, antes de dejar la península Ibérica, hicieron testamento en favor de la Iglesia.

No fue menor en Castilla el fervor religioso. En las crónicas de Alfonso VI se desvela, por ejemplo, la gesta del conde Rodrigo González Girón. Este, después de combatir a los musulmanes en su tierra natal y «hallándose gobernando la ciudad de Toledo y otros pueblos», marchó a Jerusalén tras perder el favor del monarca. «Allí labró un castillo muy fuerte llamado Torón, situado frente de Ascalona, el cual guarneció con tropa de infantería y caballería, y proveyéndolo de muchos víveres lo entregó después a los soldados del Temple», desvela Navarrete. No le fue demasiado bien. Cuando intentó regresar a la península le resultó imposible recuperar sus tierras y sus riquezas. Al final, regresó desesperado a Tierra Santa, donde dejó este mundo.

La última de las regiones patrias desde las que partieron cruzados fue Navarra. Se baraja la posibilidad de que el mismísimo Ramiro Sánchez, hijo de Sancho García, viajara hasta Jerusalén en el año 1096 junto a otros tantos príncipes europeos y unos 300.000 combatientes. Más segura es la participación de un tal Saturnino Lasterra, natural de Atajona, al frente de un nutrido contingente de soldados. «Godofredo de Bullón le regaló en premio de sus servicios una porción de tierra del santo Sepulcro y un “Lignumcrucis” muy precioso, que se conserva en la iglesia parroquial. En los primeros tiempos se llamó esta imagen Nuestra Señora del Olivo, por estar situado su santuario en un olivar del mismo Saturnino Lasterra», añade el autor.

Manuel P. Villatoro| ABC