La locura social
Muchos piensan que no pasa nada por esas decenas de millones de seres humanos abortados voluntariamente al año, sobre todo si uno mismo no lo hace. Pero no es verdad. La locura se está adueñando de la vida de nuestras sociedades y naciones. Como en el cómputo de los setenta y tres millones anuales de abortos están incluidos los de nuestra sociedad española, y con una aportación de unos cien mil por año, no estará demás echar una mirada a nuestra propia situación social y política. Si a algunos compatriotas les parece que no está pasando nada es porque ellos y buena parte de nuestra sociedad siguen viviendo, aunque no se den cuenta, de algunas virtudes y valores cristianos proporcionados por nuestros predecesores. Creen que la honradez es fruto inmediato del corazón humano, y no se dan cuenta de que a su alrededor proliferan cada día más los que estarían dispuestos a robar, abusar, corromper e incluso matar para satisfacer sus deseos, y que, si no lo hacen, es porque no tienen ocasión o tienen miedo a las sanciones. Pero podrían darse cuenta, al menos, de que nuestra sociedad está enloqueciendo progresivamente.
No se pueden modificar los cauces de los ríos, ni remodelar los paisajes, para respetar la naturaleza inanimada, pero se pueden matar y aspirar los cuerpos vivos de los niños que están en el seno materno hasta desintegrarlos. No se puede matar ni maltratar a los animales, sean palomas o fieras, bajo severas multas, pero podemos decapitar y trocear a nuestros hijos con los gastos cubiertos por el Estado. Hay que preservar la naturaleza para legarla intacta a nuestros descendientes, pero se puede corromper a nuestros menores al poco de nacer, si es que no se los ha eliminado ya antes. Se protege a los okupas por riesgo de exclusión social, y se obliga a los propietarios a cubrirles los gastos, pero no se obliga a los que procrean a hacerse cargo de sus hijos cuando son más vulnerables; más aún, se les faculta y ayuda para expropiarlos violenta y mortalmente de la única vivienda en la que pueden vivir provisionalmente. Se indulta a los que roban y matan, pero se condena a muerte por ley a todos aquellos seres humanos no nacidos que les convenga o apetezca a sus padres, que son los obligados por naturaleza a protegerlos.
La aberración ética del aborto corrobora, en especial en los países de tradición cristiana, una lógica comunitariamente deletérea: el cinismo. Si procrear no origina ninguna obligación ni personal ni social, antes bien otorga un derecho de vida o muerte sobre el engendrado, entonces ninguna otra acción social la generará, de modo que para los que lo practican sólo existirán derechos, no obligaciones. Pretender tener derechos sin tener obligaciones es principio de un cinismo, que, si se generaliza, es desencadenante de demencia social. Lo vemos a nuestro alrededor. Reniegan de sus padres y también de su propia naturaleza, contando para eso con el apoyo legal para cambiar de apellidos o decidir cuál será su sexualidad. Están orgullosos de sus vergüenzas y crímenes, e intentan dar lecciones públicas de comportamiento social. Carecen de principios salvo para los demás, transgreden las leyes, pero se indultan a sí mismos, intentan ocultar bajo la mentira sus malas acciones, pero fingen públicamente ir en contra de los males que practican, e incluso llegan a acusar de sus propias culpas a los inocentes, al igual que hacen los que abortan respecto de sus hijos abortados. Algunos lo advierten y se quejan con razón del enloquecimiento social que estamos padeciendo, pero no dejan de votar a los que no detienen el progresivo y «progresista» hundimiento de la vida común, «porque, al fin y al cabo, si no tocan la economía, no es tan grave…». Es decir, están de acuerdo con la degradación moral: procurar el interés propio aun en contra del bien común y del derecho a la vida. No se dan cuenta de que padecen la misma enfermedad que los abortistas: el egoísmo, que sólo se mantiene públicamente en sociedad con comportamientos cínicos.
El suicidio social
La sociedad humana nace de la capacidad de dar y comprometerse de las personas. Y la escuela originaria de la vida social humana es la familia. La paternidad conjunta de varón y mujer es el vínculo social más intenso, personal e importante entre seres humanos. De él procede (i) el ejercicio más obvio y espontáneo del sentido de la responsabilidad, y por tanto del deber moral respecto de otros (esposos, hijos, parientes); y (ii) de él procede también como de su fuente la gratuidad natural del ser humano, lo más característico de la persona, a saber: su capacidad de dar desinteresadamente. La unión de ambas características propicia dos actitudes básicas que garantizan la confianza en que se apoya y crece toda sociedad entre seres libres: la del respeto mutuo y la de la generosidad, que concede a los demás igual libertad para hacer y fomentar el bien.
Es cierto que el aborto no es el único ni el más grave motivo de la progresiva descomposición social de nuestros días, pero sí es la metástasis práctica más agresiva del cáncer que padece nuestra sociedad por la gravedad y amplitud de su expansión. Una sociedad será tan humana y libre como sea su respeto y promoción de la vida y de la libertad (para el bien) de todos sus miembros. Ambas cosas tienen que nacer de la generosidad de las personas, justo en la medida en que quieran también para los demás lo que cada uno debe querer para sí mismo. Y eso es lo que socialmente persigue la virtud de la justicia. Lo mismo que la libertad no consiste en hacer lo que a uno le viene en gana, la justicia no consiste en darle a cada uno lo que le apetece, sino lo que es suyo: antes que nada, la vida, y con ella, después, todo lo que de bien consiga honradamente con su talento y trabajo. En eso, trasladado al ordenamiento jurídico y llevado a efecto, se funda la confianza imprescindible para las relaciones sociales. Tal confianza, como digo, ha de nacer de la generosidad personal, cuyo primer aprendizaje se puede obtener en las relaciones normales entre padres e hijos.
Por eso, al romper mediante leyes positivas la natural vinculación entre padres e hijos se produce un desastre personal y social: la pérdida del sentido de la gratuidad, del sentido de la responsabilidad y del deber como actividades desinteresadas de todos y de cada uno. El resultado de tal ruptura es la institución del interés individual como regla suprema del comportamiento, y con él el egoísmo como supremo valor personal. Pero el egoísmo como criterio supremo de la conducta es antisocial, porque traiciona la confianza otorgada por la generosidad personal ajena e induce en el otro la sospecha, tanto que sólo se puede proponer socialmente de un modo cínico, es decir, bajo la capa de un falso bien común. Una sociedad que funciona cínicamente es una sociedad que va hacia el suicidio moral y político, aunque, por lo general, siempre habrá de ser un suicidio asistido.
Como síntoma que corrobora la susodicha disolución social progresiva, nuestra sociedad subvenciona el suicidio con el bonito nombre de «buena muerte», y el aborto con el eufemismo de «interrupción voluntaria del embarazo»: es una sociedad que, cínicamente, se quiere engañar a sí misma, y que así está postulando líderes cínicos. Luego nos quejamos de políticos incapaces y corruptos, pero es ella la que con sus leyes los suscita. Nos quejamos del incremento del suicidio entre los jóvenes, pero una sociedad que promueve a capricho la muerte de los inocentes e incluso la muerte propia está gritando a voces que para ella la vida no tiene valor, que lo único importante es el antojo de cada uno, y que su valor supremo es la tiranía del egoísmo. ¿No se ve que, si no importa la vida, menos importará que haya justicia, ni paz, ni futuro para la sociedad? ¿No se ve que se está pidiendo a gritos que vengan otros y nos impongan una tiranía más fuerte aún que la de nuestro egoísmo?
Ignacio Falgueras Salinas | escritor




