Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua, que intolerancia es falta de tolerancia, y tolerar significa permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.
A la tolerancia por consideración y respeto, que puede estar muy bien, así me lo enseñaron desde pequeño mis padres y mis maestros, es necesario añadirle, en proporción necesaria, la prudencia, el buen juicio, y el sentido del honor y la dignidad personal y nacional.
Y aquí está el drama de los aciagos tiempos que vivimos. En el caso de España, la falta de identidad personal y nacional es una peligrosa patología, producto de la sinrazón, la incultura y la cobardía, inoculadas en el alma nacional en dosis progresivas desde el año 1975; o, al menos, cobra fuerza, se hace verdaderamente patente y se organiza desde el ámbito político en aquel triste año.
Sin juicio, sin verdad intelectual, no puede haber entendimiento, y se nos escapa la comprensión e importancia de lo propio, de la esencia de la persona y de la patria.
Esta sinrazón inducida crea individuos dúctiles a los intereses del tirano (¡qué completa y precisa es la palabra sinrazón!, no está de más definirla otra vez: acción hecha contra justicia y fuera de lo razonable y debido. Magnífico).
Muchas, veces la mejor guía para la razón es el retorno a lo esencial, a lo básico, sin perder el entendimiento por la imaginación (la loca de la casa, que decía nuestra genial Santa Teresa de Jesús), sin empantanar la razón en elucubraciones alambicadas e insensatas, generadoras de falsas y torcidas filosofías.
La tolerancia, que, como se indicó, puede ser manifestación de buena educación, de cortesía (virtud hidalga), se convierte en una trampa mortal cuando se utiliza de manera pervertida y absoluta, vaciando así el alma de las virtudes esenciales del hombre y la cultura.
La tolerancia mórbida, es muchas veces (demasiadas) la excusa del cobarde, del pusilánime, de personas sin vitalidad espiritual.
Estamos vivos biológicamente, porque nuestro cuerpo discrimina y rechaza todo aquello que le daña, lo contrario se llama enfermedad. Pues, en lo intelectual y lo moral, ocurre lo mismo. Salud moral es asumir los valores y principios esenciales y tradicionales (naturales), y enriquecerlos y protegerlos de las doctrinas perversas y dañinas, y de la manipulación del déspota.
El organismo sano no titubea para detectar y rechazar los agentes patógenos, que destruye.
El espíritu sano, aquel hidalgo espíritu regido por virtudes inmarcesibles, como el honor, la rectitud, el valor heroico, la benevolencia, la cortesía, la sinceridad, la reputación, la lealtad, la camaradería, rechaza con valiente determinación, con compostura y gallardía, toda mórbida infección, que detecta con claridad.
Sí, la razón y el sentido del honor hacen de la debida intolerancia un deber, necesidad especialmente acuciante en nuestros dramáticos días.
Amadeo A. Valladares Álvarez




