Diálogos de actualidad, tras las enésimas elecciones | Jesús Aguilar Marina

tras las enésimas elecciones
Sergio Gonzalez Valero. 21-12-2025. Comunidad de Madrid. Elecciones en extremadura. Sede del Partido Socialista en Ferraz. Miguel Angel Gallardo. Foto. Maria Guardiola en el monitor Sede PSOE Ferraz

Según la ancestral sabiduría popular ya hemos dejado atrás el invierno («Ten el invierno por pasado, si vas a febrero empapado»), pero no hemos conseguido, ni hay visos de lograrlo, desembarazarnos de la pesadilla socialcomunista ni de la de sus excrecencias.

Y no lo lograremos mientras ocho de cada diez electores les sigan eligiendo. La peste, pues, amable lector, no se halla primordialmente en la funesta casta partidocrática, sino en una mayoría social que se encuentra a gusto hocicando en el cenagal político que inunda la patria.

Realidad ésta de la cual sólo unos pocos quieren percatarse. Del mismo modo que sólo unos pocos perciben la imposibilidad —aunque no se deje de insistir en ello— de un diálogo entre los dos partidos que dicen estar uno en el centro y otro en la derecha. Ni física ni metafísicamente es ello actualmente factible. Algo muy fácil de ver para el que quiera ver.

«¿No te cansas —le preguntan a veces al articulista— de escribir sobre engaños sin fin ni sobre tramposos y tarambanas?». Y el articulista se limita a sonreír amargamente y a pensar en la gran diferencia, también muy pocas veces advertida por la otrora ciudadanía, que existe precisamente entre mirar y ver.

El caso, mis pacientes lectores, es que, como los seres humanos no han de temer nunca que les falte compañía en las desdichas, me acojo a su tolerante acompañamiento para transcribirles unos diálogos que, tras las enésimas y —hoy por hoy— inútiles elecciones, me parecen de actualidad:

 —¿A cuál de los dos queréis que dé la libertad, a Jesús o a Barrabás? —preguntó Poncio Pilatos a la multitud.

 —A Barrabás, el ladrón —gritó la multitud.

Han pasado dos mil años y el pueblo sigue eligiendo a los ladrones.

 —¡Hola! Tengo 50 años, soy político español de la casta y soy honesto.

 —¡Hola! Tengo 30 años, soy prostituta y soy virgen.

Si creyeran en Dios, los socialcomunistas —con sus cómplices y excrecencias— podrían dirigirse a Él en estos términos:

 —Dios mío, dame ganas de respetar la propiedad privada y de trabajar, porque con las de robar y parasitar te estás pasando.

 —¿Tú crees que deberíamos dialogar con los rojos y con sus electores para hacerles entrar en razón?

 —Nunca discutas con un estúpido ni con un socialcomunista, te harán descender a su nivel y ahí te ganarán por experiencia.

—Tengo una duda.

 —¿Cuál?

 —Si atraco a un político de nuestra casta partidocrática, ¿es un robo o un reembolso?

—Yo les daría un solo consejo a quienes aún creen posible el diálogo y el entendimiento con los socialcomunistas y con sus compañeros de depredación.

 —¿Cuál?

 —No acaricies nunca a un perro en llamas.

  —¿Qué estás haciendo ahí?

  —Dos cosas: el mango de un cuchillo y el temple de su acero.

  —¿Para qué?

  —Para defender a España.

  —¿De qué?

  —Del odio secular de los parásitos y de sus intenciones vengativas y antiespañolas. Brazos y corazones podridos hay que matan a inocentes con sus manos y envenenan a todos con sus designios. Por las cuencas vacías de sus ojos se sale la ponzoña del crimen y del mal deseo, como el humo sale del estiércol.

 —He leído por ahí que en unos pocos años ya no existirá el dinero físico.

 —En mi casa, y en muchas otras de españoles que conozco, ya hace tiempo que nos hemos adelantado al futuro. Ni físico, ni psíquico, ni imaginario. Sencillamente, no hay dinero.

 —Sería buena la paz.  

 —No hay paz en el mundo, sólo pequeños descansos entre dos guerras.

Bajo la pulsión hispanófoba y la sed depredadora de los políticos de la Farsa del 78, España se ha convertido en el país de «Tócame Roque», una nación antaño respetada y temida y hoy débil, cobarde y rota. Todo en ella es disparatado y vil. Los asaltantes —invitados, en realidad, por los delincuentes que gobiernan— llegan a nuestras fronteras y parecen atenerse a aquel diálogo de besugos que nos contaron hace tiempo:

 —¿Este es el club de gente absurda?

 —Sí, ¿para…?

 —Cetamol.

 —Admitido.

Y, ¡hala!, se le entrega la paguita, la admisión a la SS y las llaves en habitación hotelera de cuatro estrellas. Y, aleccionado por sus humanitarios huéspedes, él y los que llegaron con él y como él, tienen barra libre —impunidad— para dedicarse al ataque terrorista, al atraco, al negocio de saunas, al uso caprichoso del machete o del bate de beisbol y a la violación indiscriminada.

Aquellos dos políticos de la casta partidocrática hablaban discretamente en la cafetería de las Cortes. Llegados a un punto, X hizo el ademán de un hombre que cuenta dinero en su mano, y dijo a Z:

 —Bien sabes qué clase de hombres somos.

  —Sí, sí —le respondió Z—, no sólo sé qué clase de hombres somos, sino también qué clase de hombre seremos toda la vida.

 —Y mientras los imbéciles nos sigan haciendo el juego y reeligiendo…

 —¡A vivir!

Parafraseemos unos instantes a Rabelais:

 —¡Cómo! —dijo Resistente—. ¿Vos también firmáis la resignificación del Valle de los Caídos, hermano José?

 —Sólo lo hago —dijo el prelado— para adornar mi currículo. Son colores de meritocracia vaticana.

 —A fe de cristiano —dijo Opositor— que mucho me hace cavilar la honestidad de este cardenal, pues nos deja pasmados a todos. ¿Y cómo es, pues, que los monjes sean rechazados de toda buena compañía, llamándolos aguafiestas, como las abejas rechazan a los abejones de las cercanías de sus panales?   

 —Nada hay tan verdad —respondió Infatigable— como que el hábito y cogulla, si son puros, atraen a sí los oprobios, injurias y maldiciones del mundo. La razón perentoria es que comen la mierda de este mundo, es decir, los pecados, y como masticamierdas se los rechaza a sus retiros, que son sus conventos y abadías, separados de conversación política.

 —Pero, veamos —dijo Calicanto—, ellos ruegan a Dios por nosotros. 

 —Nada menos —respondió Bolañitos—. Verdad es que molestan a toda la vecindad a fuerza de redoblar sus campanas. Y no digamos sus rezos. Mis cofrades no los aguantan.

  —¿Cómo pueden molestar las oraciones? —inquirió Tenaz —. Dios los ayuda si rezan por nosotros. Todos los verdaderos cristianos de cualquier estado, en cualquier lugar y en todo tiempo, rezan a Dios y laboran en bien del común, y Dios lo toma en gracia.

 —Pero no parece pertenecer a éstos nuestro buen hermano José. Y por ello ninguna gente de bien desea la compañía de este geranio enculado —aclaró Resistente—. Es beato y taimado; finge ser honrado, buen compañero; que labora y defiende a los oprimidos; que conforta a los afligidos y ayuda a los que sufren.

 —Mas no defiende el cercado de la abadía —concluyó Opositor—. 

 —Me parece —siguió Calicanto— que nuestro buen hermano José, con otras muchas eminencias, hoy susurra salmos, padrenuestros y avemarías mezclados con los anatemas de los luciferes, resultando ser sus plegarias meros burladioses y no oraciones.

 —Hago —dijo el prelado José— mucho más que rezar, pues mientras despacho nuestros maitines y aniversarios en el coro, me reúno a la vez con mis colegas rosas y limpio todos los archivos susceptibles de controversia; aparte de esto, hago redes y lazos para cazar privilegios. Nunca estoy ocioso. Pero, ¡por Dios!, ¿cómo dudar de mí y de mis afines? Hociqueamos en todos los pesebres y bebemos en todos los vados como caballos de comisionistas y de promotores.

   Entonces, Compacto le dijo: 

 —Hermano José, quitaos ese moco que os cuelga de la nariz. 

 —¡Ah, ah! —dijo el cardenal—. ¿Estaré yo en peligro de ahogarme, visto que estoy con el agua hasta la nariz? No, no. ¿Por qué?

 —¿Por qué —preguntó entonces Infatigable— el hermano José tiene una tan curiosa nariz? 

 —Porque —dijo Resistente— él fue de los primeros en la feria de las narices. Escogió la más afeminada. 

 —¡Quía! —dijo su eminencia—. Según verdadera filosofía masónica, que no monástica, es porque mi nodriza tenía las tetas blandas. Las tetas duras de las nodrizas forman narices chatas. ¡Paje, saunas! ¡Ítem, donceles!    

    Luego se marchó de la reunión, aludiendo a su gran fatiga y a que ya eran más de las ocho y aún no había cenado; y cuando todos estuvieron lejos dijo para sí: 

 —Señores, ¡diantres para todos ustedes y para los incautos feligreses! Y si se dice que maitines comienzan tosiendo, el cenar lo hace bebiendo, porque la jerarquía eclesiástica luciferina se aclara la garganta antes de cantar. ¡Hala, hala! —prosiguió— ¡cien diablos me salten al cuerpo si no hay más imbéciles entre los electores que gotas de agua en el mar! Así que, como exige el Nuevo Orden, venite prevariquemus —«Venid y prevariquemos»—que es parodia de la ya obsoleta venite adoremus

 —El mito del servicio a la verdad y de la libertad de Prensa ha pasado a la Historia —proclamó Franco, en su día—. ¿No constituye la información un negocio que puede venderse al mejor postor? Las pérdidas de las batallas de la guerra fría son más peligrosas y trascendentes para las naciones que las de los campos de batalla.

  —Pero nada de esto lo perciben los pueblos, al menos el pueblo español —responde Resistente, alias el Conspiranoico, décadas después—, y todo lo malo que hay en el hombre se arrodilla ante las viejas ficciones desacreditadas y los nuevos engaños plutocráticos. El hombre actual no parece ansiar una regeneración que evite la catástrofe, que salve aquellos principios por los que la vida es grata: la espiritualidad, el orden, la familia y las posibles libertades y las haga compatibles con la seguridad, la justicia social y el progreso económico.

 Si hoy vemos a nuestra Patria asegurada contra estos peligros —prosiguió el Caudillo, entonces— es porque hemos sabido ver a tiempo estas realidades y crear un ideario político eficaz, que bajo los imperativos de la fe cristiana recoge todo lo fundamental y eficiente de las teorías políticas pasadas.

 —Aquel ideario por el que combatieron antaño los españoles de bien —apunta, hoy, el Conspiranoicoy que se concretó desde los primeros tiempos de la Cruzada, se encuentra agonizante, y lejos de ofrecernos sus óptimos frutos, nos muestra desolación y muerte. Aquella paz, administrada para todos los españoles sin distinción de bandos, la ha transformado el rencor en ruinas y en sangre, porque de su naturaleza hace costumbre. Los obcecados enemigos de la Nación no quieren saber nada de progreso espiritual, social y económico. Sólo de destrucción y de codicia. Por eso somos hoy en el mundo motivo de represalias, invasiones, humillaciones y botín. Y, por muchas elecciones que se den, nada en el horizonte, mientras no exista dignidad popular, apunta a la esperanza.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador

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