El estado profundo y las élites: la gran farsa del control político y económico

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Siempre y en todas partes, las instituciones políticas están controladas por élites. Es una realidad constatable. Da igual si el régimen es democrático o monárquico. Da igual si existe o no una constitución escrita o no. Todas las instituciones políticas —y, sin duda, todo Estado soberano— están dirigidas por un grupo de élites que controlan los resortes del poder. El mito del «gobierno del pueblo» es precisamente eso: un mito, una falacia, e incluso, diría más, una mentira. Esta maquinaria opaca, que muchos denominan el estado profundo, opera detrás de una fachada de legitimidad institucional mientras extrae sistemáticamente la riqueza de las clases productivas para perpetuar sus propios privilegios.

La existencia de este entramado deja una gran incógnita en el aire: ¿quiénes son verdaderamente las élites? En el caso de las élites políticas, ser «élite» simplemente significa ser el más eficaz para estar y subir a través de la acción política. Esto puede hacerse con fines virtuosos o perversos. Las élites políticas sobresalen en la obtención y el ejercicio del poder político. Nada más. En las democracias contemporáneas, quienes obtienen y mantienen el poder son eficaces engañando al electorado y congraciándose con las coaliciones gobernantes de diversos grupos de interés. No pertenecen a una categoría superior por ser especialmente virtuosos o estar bien educados. Simplemente sobresalen en cultivar el conocimiento necesario para ejercer el poder del Estado contra sus enemigos y contra potenciales rivales.

El abismo entre la productividad y el parasitismo estatal

Sin embargo, suele haber confusión sobre la diferencia entre élites económicas y élites políticas. Podría decirse que las élites económicas se trata de personas expertas en emprendimiento, ventas, logística, inversión y demás aspectos de un mercado que funciona libremente. En una sociedad mayoritariamente libre, las élites económicas pueden dedicar la mayor parte de su tiempo a sus actividades en el mercado, y por lo tanto, son recompensadas por invertir sus esfuerzos en mejorar su propia productividad. Además, toda la sociedad se beneficia de este tipo de élites económicas, ya que las recompensas en el mercado provienen de ofrecer más bienes y servicios a más personas a un precio asequible para un número creciente de personas. El verdadero mercado premia la excelencia y el servicio directo al consumidor, obligando a los creadores de riqueza a competir mediante el ingenio y el trabajo duro.

El parasitismo estatal

Las cosas son diferentes en una sociedad donde la economía está dominada por el Estado y, por ende, por la élite política. En dicha sociedad, las élites económicas son las más hábiles en el uso del poder estatal para alcanzar el éxito en un mercado regulado por el Estado. En este caso, las élites económicas son aquellas que pueden aliarse con el régimen para obtener políticas que las beneficien mediante la manipulación y la regulación del mercado.

Estas políticas les aseguran prebendas inalcanzables en un sistema de libre competencia. Las corporaciones compran favores a golpe de talonario, financiando las campañas de los partidos políticos a cambio de leyes a su medida. Estas políticas incluyen rescates financieros, monopolios respaldados por el Estado y un sistema financiero basado en el dinero fácil. En este sistema corrupto, las élites económicas pueden mantener y aumentar su posición y su riqueza mediante una acción política eficaz y sirviendo a las élites políticas en lugar de a los consumidores en el mercado.

El saqueo institucionalizado y la fusión del poder

Cuando esto sucede, no podemos asumir que las élites económicas están ahí porque aportan valor a la sociedad. Más bien, en este último sistema, las élites económicas son parasitarias. Dependen de la explotación de otros para mantener sus posiciones y expandir su cuota de mercado. Uno de los ejemplos más dramáticos de esto se observa en la respuesta a la crisis financiera que comenzó en 2008. Aquel colapso demostró la absoluta impunidad con la que actúan estos grupos oligárquicos, privatizando los beneficios mientras socializaban las pérdidas de sus negocios ruinosos sobre las espaldas del contribuyente.

Si se hubiera permitido que el mercado funcionara libremente, muchos grandes bancos y otras empresas habrían quebrado, y sus activos habrían sido reutilizados por otros propietarios y gestores más eficientes. Estos nuevos propietarios podrían haberse convertido en una nueva élite económica. Pero gracias a la intervención de las élites políticas en el poder, las empresas en quiebra se salvaron mediante la redistribución de la riqueza de las clases productivas a empresas y propietarios influyentes y con conexiones políticas, cuidadosamente seleccionados.

Como resultado, la mayor parte de la «élite» económica que encontramos en el sector financiero debe sus posiciones a la acción política más que a una habilidad real en el mercado. Claro, a estas personas les gusta decirse a sí mismas que son ricas porque «el mercado» las valora mucho. En realidad, su éxito se debe a que los grupos de presión han logrado apuntalar sus empresas y asegurar, mediante una inflación monetaria constante, el crecimiento de sus carteras.

La fusión del poder

Pero este es solo un ejemplo de un mal endémico. En cualquier sociedad donde las élites políticas gastan grandes sumas de dinero o regulan la economía de forma generalizada, esta se distorsiona continuamente de manera que favorece a quienes tienen conexiones políticas a expensas de todos los demás. Por ejemplo, las «élites» económicas que dependen en gran medida de los contratos gubernamentales no pertenecen a la élite por ser especialmente productivas en un mercado libre, sino por su habilidad para apropiarse de los bienes de los contribuyentes mediante el sistema de impuestos y gasto público. De este modo, se produce una fusión corporativista entre la élite económica y la política, un verdadero estado profundo que actúa al margen de la voluntad real de la ciudadanía. Ambos tipos de élites suelen recurrir a algún tipo de engaño sistemático para respaldar sus pretensiones de superioridad y mando.

El entramado de mentiras que sostiene al régimen

La élite política, por ejemplo, justifica sus cargos porque, según afirman, reflejan la «voluntad del pueblo». Obviamente, todo esto son mentiras, pero aun así han servido para engañar y apaciguar a la opinión pública durante muchos años. Las falsas promesas electorales y el teatro parlamentario distraen a la población de la cruda realidad del saqueo fiscal.

Bajo un régimen de intervencionismo económico, las élites económicas también recurren a la mentira. Afirman ser élites por su eficiencia, su dedicación o por «servir al cliente». Esto también es mentira, ya que, en ausencia de un mercado libre —o incluso casi libre—, las élites, en realidad, ocupan sus puestos gracias a maniobras políticas. Son, en efecto, una mera extensión de la élite política. Cuanto más intervencionista sea el régimen, más cierto será esto. El sistema premia al burócrata astuto y castiga al auténtico creador de empleo.


Tags: Élites, Burocracia, Estado, Poder, Mercado, Corrupción, Parásitos

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