Cuando la democracia nos quita la libertad

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El peligro del despotismo de la mayoría

El debate político contemporáneo tiende a sacralizar las urnas como si el simple acto de votar constituyera el principio y el fin de la dignidad humana. Sin embargo, un análisis riguroso de la historia y de la filosofía política revela una verdad incómoda que los discursos oficiales suelen omitir con frecuencia. La libertad es mucho más importante que la democracia. Cuando una sociedad olvida esta premisa fundamental, transforma el sistema de votación en una herramienta de opresión legalizada. La libertad y los derechos de las personas no nacen de los consensos parlamentarios ni dependen del permiso de un gobernante, sino que preexisten a cualquier estructura estatal.

La democracia invita al despotismo. Entendida como el gobierno de la mayoría, la democracia significa que cincuenta y uno de cada cien ciudadanos pueden imponer su voluntad a los otros cuarenta y nueve. Bajo esta lógica estrictamente numérica, los derechos de casi la mitad de la población quedan a merced de los deseos, caprichos o prejuicios del grupo mayoritario. El sistema carece de mecanismos de justicia intrínsecos cuando la masa decide despojar al individuo de su autonomía. Un ciudadano desprotegido frente al colectivismo suele encontrarse con una respuesta devastadora por parte del aparato estatal si intenta defender su soberanía personal.

La desprotección del individuo frente a la voluntad colectiva

La ilusión del contrato social moderno promete seguridad a cambio de obediencia, pero a menudo entrega confiscación y adoctrinamiento. Muchos ciudadanos conservan la esperanza de mantener su independencia frente a las decisiones gubernamentales, un anhelo que choca frontalmente con la voracidad fiscal y regulatoria del Estado. El individuo promedio razona bajo una lógica de autopreservación legítima: «Pero quiero conservar mis posesiones, mis armas y a mis hijos.» Lástima que la mayoría haya decidido redistribuir tus bienes entre esos vagos de allá, desarmarte antes de que puedas hacer nada al respecto e adoctrinar a tus hijos en las escuelas públicas para que aprendan a resentirte y a amar al Estado.

Este proceso de absorción estatal se ejecuta de manera gradual bajo la apariencia de una falsa legalidad. La democracia es peligrosa sin salvaguardias. A menos que una sociedad posea un fuerte sentido de la virtud moral que fomente la disciplina personal, el deber y el honor, el egoísmo más vil se convierte en la principal motivación de toda acción política. A menos que existan ciertas protecciones constitucionales que salvaguarden los derechos inviolables de cada individuo, las mayorías democráticas los vulneran cuando les conviene. La historia demuestra que las masas, movidas por el miedo o el interés inmediato, sacrifican las libertades ajenas sin el menor remordimiento moral.

El estado de naturaleza y las falsas democracias globales

Esto no debería sorprender a nadie. Filósofos políticos describieron el «estado de naturaleza» humano pregubernamental como un choque caótico y violento de intereses propios. En consecuencia, es fácil comprender por qué las formas de democracia liberadas de las restricciones morales y constitucionales llevan a la sociedad a retroceder a un estado de naturaleza en el que se dan rienda suelta a los peores impulsos de la humanidad. El sufragio sin límites morales no civiliza a la sociedad, sino que traslada la conflictividad al parlamento, donde las facciones mayoritarias votan legítimamente el destino de las minorías indefensas.

Cuando los líderes occidentales hablan con admiración de «nuestra democracia», los ciudadanos deberían prepararse para defender sus libertades. ¡Por Dios!, la democracia no tiene nada de intrínsecamente virtuoso. Kim Jong Un, de Corea del Norte, dirige el régimen más represivo del planeta, ¡pero su país se conoce oficialmente como la República Popular Democrática de Corea! Xi Jinping, de China, es el secretario general del opresivo Partido Comunista Chino, ¡pero su nación sigue siendo oficialmente la República Popular China! Las dictaduras de todo el mundo afirman gobernar en nombre del pueblo. El uso del adjetivo democrático sirve habitualmente de pantalla para camuflar los sistemas autoritarios.

La ilusión de la legitimidad numérica y los derechos naturales

Cabría pensar que la difusa línea entre democracia y despotismo haría que los líderes occidentales fueran cautelosos a la hora de ensalzar la democracia. Las defensas del mayoritarismo se basan en la idea de que los votos de cien personas conducirán a un resultado más prudente que el que cabría esperar de la decisión de una sola persona. Pero eso no tiene sentido. ¿Preferirías vivir en un reino con un rey benevolente o en una democracia plagada de violadores, ladrones y asesinos? Si existe un 50 % de probabilidades de que un dictador sea bueno o malo, ¿no existiría también un 50 % de probabilidades de que la mayoría de los ciudadanos sean buenos o malos? Si un comunista te quitara todo lo que tienes, ¿no harían lo mismo cincuenta comunistas?

La democracia es una lotería sino hay contrapesos verdaderos. Es la apariencia de legitimidad que hace que el autoritarismo parezca brillante y reluciente. Eso difícilmente parece algo digno de celebración.

La democracia es un proceso, no un fin

La legitimidad no emana de la cantidad de papeletas introducidas en una urna, sino de la justicia de las acciones que realiza el poder. La democracia es simplemente un proceso. No debe ser idealizada por sí misma. Puede conducir a resultados justos o injustos, dependiendo de la virtud moral, la cultura compartida y la sabiduría general de los votantes. Más allá de estos atributos culturales de una sociedad, no hay nada más esencial para la paz y la felicidad a largo plazo de una nación que el reconocimiento y la protección de los derechos inviolables, naturales y otorgados por Dios.

La libertad de expresión, la libertad de religión, la libertad de asociación, el derecho a la autodefensa: estos derechos y otras libertades naturales no surgen del gobierno de la mayoría. Nuestros derechos naturales existen a pesar del gobierno de la mayoría. No somos iguales gracias a la democracia; somos iguales a pesar de cualquier votación democrática que pudiera afirmar lo contrario. Nuestras vidas, libertades personales y conexión con Dios existen por Su voluntad, no por la del gobierno. Ningún parlamento posee la autoridad legítima para arrebatar aquello que el Creador otorgó inherentemente a cada ser humano al nacer.

El gigantismo estatal y el despertar del pueblo español

La idea de que los derechos y las libertades existen independientemente de las leyes gubernamentales constituye la base de nuestro sistema social y político y, más generalmente, de los derechos de las personas. Cuando la ley positiva pisotea la ley natural, la legislación pierde su carácter de verdadera justicia y se convierte en mera presión administrativa.

Con esto en mente, una persona razonable debería preguntarse: ¿Cómo es posible que el gobierno sea ahora tan grande y poderoso que invada prácticamente todos los aspectos de nuestra vida privada? ¿Cómo es posible que decenas de millones de españoles trabajen directamente para el gobierno de alguna forma? ¿Cómo es posible que existan tantas agencias administrativas, comités y grupos burocráticos que una sola persona no pueda nombrarlos todos? El gigantismo del Estado hipertrofiado asfixia la iniciativa privada y convierte a los ciudadanos libres en súbditos dependientes de la regulación y de la ventanilla oficial.

El intervencionismo actual regula desde los aspectos cotidianos hasta el destino de los ahorros familiares a través de una presión fiscal rigurosa. Para rechazar el despotismo de la democracia, el pueblo español tendrá que exigir que se le devuelvan sus derechos y libertades. La regeneración exige cuestionar la autoridad absoluta de las mayorías y colocar nuevamente al individuo, a la familia y a la libertad en el centro de la organización social.


Tags: Libertad, Democracia, Despotismo, Individuo, Estado, Derechos, Gobierno

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