Contra los tecnócratas | Álvaro Gutierrez

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En nuestra búsqueda desesperada de autoridades que puedan ayudarnos a encontrar sentido a las cosas o encontrarnos un rumbo, hacemos en ocasiones las preguntas adecuadas a la gente equivocada. Así, Rafa Nadal, tenista sin parangón, hombre caballeroso y entregado y, en fin, buena persona en general en la estimación pública, se vio en la tesitura de responder sobre el manejo de la crisis del coronavirus y qué tendría que hacer el gobierno para salir al paso a la emergencia. Como su respuesta pudiera ser interpretada como una crítica (desde luego no feroz, pero crítica al fin y al cabo) al gobierno, sus defensores mediáticos y paladines de redes sociales le atacaron durante bastantes días. Y sin embargo lo que dijo lo suscribirían bastantes españoles: que reúnan a los mejores, al margen de la política, y sean quienes nos salven.  El problema de hacer preguntas sobre política a deportistas o artistas y la ventaja de hacerlo son exactamente la misma. La respuesta, generalmente hablando, va a ser el intentar esquivar la polémica (que ya ven venir) y dar una respuesta que sea aceptada generalmente. Y por mucho que se lamenten aquellos defensores irreflexivos del gobierno que muy posiblemente lo aplaudirían si gobernase la oposición, la suya es una postura generalizada. Entiendo también el lamento, que amargamente lo lamento también yo.

Nadal pidió una tecnocracia, y a primera vista parece una idea genial. Basta de politiqueo, decimos, y que entre la gente preparada, que sabe más que nosotros, y resuelvan el problema. Que nos vuelvan a poner en la senda de la prosperidad y el progreso perpetuo y podamos dormir tranquilos confiando en su competencia. Estamos hartos de la ineptitud de la clase política española y cada vez estamos más convencidos de que necesitamos neutralidad ideológica para que no nos distraigan esas menudencias del color político en la labor seria de gobernar una nación. Pero el mayor enemigo de la tecnocracia generalmente no llega de los sectores más ideológicos de la sociedad, los extremistas energúmenos de izquierda o derecha que no están dispuestos a que se les lleve la contraria aunque sea para beneficio de todos. No, el peor enemigo de la tecnocracia es la realidad de la tecnocracia. Siempre que se intenta encargar el manejo de las cosas a los mejores, sin dirección política más allá de lo que manden sus respectivas áreas de conocimiento técnico, no resulta ni en neutralidad ni en progreso. Ni siquiera nos asegura un gobierno competente.

Todos los que intentan hacer guiños a la mentalidad tecnocrática acaban haciendo frente al mismo problema: y es que los expertos también tienen opiniones. No es lo mismo decir que el cuerpo informe de sabios sin cara ha dictaminado tal o cual cosa para resolver el problema de las pensiones, o de la educación, o que ha decidido que es mejor ponerse máscaras a no hacerlo como se había dicho hasta entonces; que decir que Fulano Pérez quiere que hagas las cosas que le parecen bien a Fulano Pérez. Se ve bien en la transformación de Pedro Duque de astronauta y Experto a ministro del gobierno, o en el hecho de que nunca fueron capaces de vender a Ana Pastor, por muy médico que fuera, como figura neutral al electorado de izquierdas. Ocurre que los expertos son muy buenos para decirte qué camino hay que llevar para alcanzar tal o cual objetivo, pero una vez toca decidir qué meta vale la pena buscar, están tan perdidos como lo podría estar un tenista (o cualquier otro hijo de vecino).

Ocurre con la técnica como con el progreso según Chesterton, que se ha convertido en un comparativo sin superlativo conocido. No sabemos hacia dónde queremos ir, y en esas circunstancias es muy difícil que un técnico te diga en dónde queda eso. Ricardo Calleja escribió del tema en El Debate de Hoy, apuntando a la impotencia de la técnica para establecer objetivos. «El lenguaje tecnocrático tiende a dar los fines por supuestos, como si hubiera un consenso espontáneo y universal.» No nos paramos a hablar de qué es lo que queremos construir, preservar o potenciar porque son cuestiones políticas y lo queremos dejar todo en manos de los gestores, «pero la relación entre los fines y la técnica no es tan sencilla como que esta última se ponga al servicio de las preferencias expresadas por individuos o sociedades. La técnica, aunque es fundamentalmente instrumental, no es sin embargo neutral. Ni en sentido moral, ni cultural ni político.» Así es que, cuando inevitablemente erramos el rumbo, buscamos responsabilidades políticas que todos eluden, pues se habían puesto en manos de expertos, y no hay nada que se les pueda achacar. Los maestros en este proceder tecnocrático, en el que los responsables políticos se escudan de sus responsabilidades disfrazándose de burócratas y meros gestores, no está en España. Los maestros de la tecnocracia estéril están en Bruselas.

La Unión Europea tiene muchas cosas a su favor que hoy no nos toca discutir. En su contra tiene que ha pretendido sustituir la labor de dirección política de las naciones por un aparato burocrático formado exclusivamente por expertos gestores en diversas materias. Pero estos hombres y mujeres que podrán ser brillantes con las bases de datos, comparativas y gráficos, no tienen mejor idea que Rafa Nadal de qué deberíamos hacer con Europa (o acaso menos). Te pueden decir al detalle qué efecto va a tener sobre la inflación una política u otra del BCE, pero no son las personas indicadas para decidir si vale la pena que suba o baje. Hemos puesto a reinar a los consejeros, y resulta que el Rey estaba por algo. No sabemos qué es el progreso, ni hacia dónde debemos progresar, pero queremos más. No sabemos qué es la política, pero queremos menos. Y no es que necesitemos menos expertos, pero a pesar de las apariencias sí necesitamos más políticos, que ahora tenemos gente cobrando de las instituciones, pero pocos políticos que merezcan el nombre.

El problema no es que Pedro Duque haya sido o no buen ingeniero o Fernando Simón buen epidemiólogo. El problema es que son malos políticos, rodeados de malos políticos. El saber técnico tiene que estar guiado por gente con la suficiente prudencia gobernativa como para saber hacia dónde quieren que esa técnica les lleve. No se trata sólo de tener pedagogos en educación, industriales en industria, médicos en sanidad y militares en defensa (ay, no, eso no). Se trata de tener una idea de para qué es la educación y qué tipo de hombres queremos en nuestra patria. Se trata de saber para qué debe servir una política industrial y qué queremos potenciar en nuestra economía. Se trata de tener una idea de qué valor tiene la vida humana en nuestra comunidad y qué estamos dispuestos a hacer para preservarla. Se trata, no de tener expertos para ponernos en sus manos, sino de tener políticos buenos, y poner en sus manos a los expertos.

Álvaro Gutierrez