Blas de Lezo de Olavarrieta nació a principios de 1689 en la antigua Oyarzo, al pie del monte Ulía, en las Vascongadas. Fue bautizado en la iglesia de San Pedro, de Pasajes, el 6 de febrero de 1689. Era nieto del capitán Pedro de Lezo, que en 1657 había ganado ejecutoria de nobleza, e hijo de Pedro Francisco de Lezo y Agustina de Olavarrieta, quienes habían contraído matrimonio en 1683. Se crió a orillas del mar Cantábrico, en un hogar de marineros, rodeado de cuentos fantásticos de pesquerías insólitas y viajes fabulosos.

En 1702, cuando sólo contaba con trece años, ingresó como guardia marina en la Armada franco-española, en plena guerra de sucesión al trono español (1700-1714).

En la batalla de Vélez-Málaga, el 24 de agosto de 1704, el apenas adolescente Blas de Lezo perdió la pierna izquierda de un cañonazo, fue ascendido a alférez de alto bordo y continuó en el servicio con una pierna de palo.

Tres años después en otra batalla, defendiendo el fuerte de Santa Catalina en Tolón, perdería su ojo izquierdo.

Con la Paz de Utrech en abril de 1714, el trono español pasó a manos de los Borbones. El puerto de Barcelona no quiso entregarse y resistió por más de un año el asedio franco-español, el cual terminó con el asalto a la ciudad, el 11 de septiembre de 1714. En uno de los combates, el 14 de agosto de 1714, el capitán de fragata perdió el brazo derecho.

Así ya tenemos en el escenario al “mediohombre”, en vascuence lo llamaban sus paisanos guipuzcoanos «Anka-Mortz».

Blas de Lezo aparece en escena cuando se empieza a vislumbrar la rampa descendente por donde se iba deslizando el Imperio Español. Su gesta nos dice que no depende de nosotros la victoria sino solamente la pelea, la disposición, la generosidad en el servicio a causas más altas que nuestro propio beneficio personal o familiar. Se entrega no solo el valor, sino el desgaste físico. En el caso de Blas de Lezo, incluso partes de su cuerpo: la pierna izquierda, el ojo izquierdo y el brazo derecho.

Cojo, tuerto y manco “alcanzó las cimas del escalafón de la Armada en una edad tan temprana que no hayan existido casos semejantes en la dilatada historia de la institución naval”. “Con cada parte de su cuerpo que se fue dejando en los combates en los que participó, ganó un trozo de gloria para España”. “Gracias a la defensa de Blas de Lezo en Cartagena de Indias, –la llave del Imperio-, 500 millones del centro y del sur del continente americano hablan hoy la lengua española en lugar de la inglesa”.

Las primeras batallas de Lezo fueron a las órdenes del Conde de Tolosa, bastardo de Luis XIV de Francia. Tras la guerra de Sucesión, la Armada española con Lezo se dedicó a contrarrestar la acción de los piratas ingleses y holandeses. Después, sus viajes al nuevo continente se hicieron frecuentes desde Cádiz. Se casó con una peruana, Josefa Pacheco, y sus dos primeros hijos nacieron en Perú.

Las luchas contra Inglaterra y la pugna por los dominios españoles en el nuevo mundo fueron los que promovieron el asedio a Cartagena. Lezo consiguió vencer y no quedó ni una sola vela inglesa en las cercanías de Cartagena.

Lamentablemente, la gran victoria en Cartagena de Indias (1741) fue solo el canto del cisne para el Imperio Español. Luego llegaría Trafalgar, Cuba, Filipinas,…

¡Quien sabe que hubiera pasado si España y la Armada hubieran encontrado un Blas de Lezo en cada una de estas batallas!

Blas de Lezo murió el 7 de septiembre de 1741 en medio de dolores físicos y morales, ya que el virrey le había inculpado por los desastres del asedio en Cartagena. Sin embargo, recibió después el merecido reconocimiento de la Corona y a su hijo mayor se le otorgó, en 1762, el título de marqués de Ovieco. Dos siglos después, el 7 de septiembre de 1955, en Cartagena de Indias fue erigida una estatua donada por el gobierno español en homenaje a Blas de Lezo.

La memoria de Blas de Lezo ha surgido con fuerza en los últimos tiempos. El libro del colombiano Pablo Victoria “El día que España derrotó a Inglaterra” sobre la victoria de Lezo en Cartagena de Indias, cuenta con rigurosos detalles esta épica y trascendental batalla.

Tras la publicación de este libro se produjo una euforia histórica y el Instituto de Historia y Cultura Naval de la Armada puso en marcha una exposición permanente en el Museo Naval de Madrid, que bajo el título de “El valor de Mediohombre” contribuyó notablemente a difundir la biografía de este héroe nacional.

También está la novela “El héroe del Caribe” de Juan Antonio Pérez Foncea. Y la voluminosa y extraordinaria tesis doctoral de Antonio Pérez-Piqueras Gómez, con el título “Blas de Lezo, sus cirujanos y el nacimiento de la cirugía española moderna”.

Aunque no es un libro sino una película, en “Master and Commander”, la figura del protagonista podría sustentarse perfectamente en la figura del marino español. Lamentablemente a la filmografía española le falta una película que glose a uno de nuestros héroes navales. La figura y la obra de Blas de Lezo bien lo merecen.

Por último nos gustaría reseñar el libro “El Almirante“ de Luis Mollá, un emotivo relato como homenaje al mediohombre más portentoso, al vasco más español, al marino nunca derrotado.

Por Redaccion

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