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Qué no sabrán de violencia en Belfast y en los condados del Úlster. Allí se liaron a tiros el IRA y el ejército británico auxiliado por los lealistas de la UVF. Cifran en más de tres mil quinientas las víctimas mortales de la violencia sectaria desde los troubles, finales de la década de los 60 del pasado siglo, hasta la firma de los acuerdos de Viernes Santo (1998). Treinta años, dale que dale, descerrajándose tiros en la nuca y despedazando gente a bombazos. Un conflicto trufado de connotaciones nacionales y religiosas en Occidente que, de un modo u otro, apela íntimamente a quienes damos por bueno el haber nacido en Europa. Un conflicto que en su día seguimos con no menos interés y acuciamiento personal que las matanzas cruzadas en la antigua Yugoslavia. Belfast: un desafuero llevado al cine con notable acierto que siempre resonará en nuestras cocorotas con la voz de Dolores O’Riordan, malograda cantante de “The Cranberries”, interpretando “Zombie”, el desgarrador himno pop de la escabechina norirlandesa.
Como en todo acuerdo de paz hubo reticencias, pasos atrás… y la posibilidad latente de nuevos estallidos de violencia si en adelante se deteriora la convivencia. Un escenario que tampoco cabe descartar para el terrorismo de ETA si un día su brazo político deja de contar con la servidumbre infame del actual gobierno de España. Es decir, según les rente. En definitiva, en Belfast callaron las bombas y la inseguridad que desde entonces viven sus vecinos es la misma delincuencia común que rige para el ancho mundo: asesinatos, ajustes de cuentas entre bandas rivales, atracos, violaciones, vandalismo callejero, ese tipo de sucesos que informan la llamada “crónica negra”. Nada que avale un “hecho delictivo diferencial”. Tal así en las Vascongadas, cuando vemos en un noticiero que el paisanaje anda de uñas porque le atemorizan los “okupas” de un inmueble, bien entendido que treinta años atrás, los de una cierta edad, callaban como putillas, miraban para otro lado o descorchaban champán, según ganadería, si los matarifes de ETA ensangrentaban su calle dándole “pasaporte” a un vecino señalado por su desafección a la causa.
En ésas estaban en Belfast, pasándose los días con sus propios chorizos, asesinos y violetas, hasta que hace unos días un inmigrante oriundo de Sudán, demandante de asilo, agarró a un tipo cualquiera que se cruzó en su camino y le intentó decapitar con un cuchillo de cocina, ras-ras-ras, como si echara mano de una sierra de marquetería. La víctima se salvó de chiripa (permanece hospitalizado en estado crítico) gracias a la intervención de otros transeúntes.
Como en una letanía, el agresor repetía “allahu akbar”, “Alá es el más grande”, pero al decir de las autoridades, la cantinela nada tenía que ver con el islamismo, mira tú, si no con su deterioro mental severo. Comoquiera se han producido similares incidentes en toda Europa, aquí también, la psiquiatría sopesa registrar un nuevo diagnóstico: el allahu-akbarismo agudo, cuando el supuesto chifletas de turno invoca al dios de los musulmanes mientras le rebana el cuello a un peatón que, ya es casualidad, siempre es un perro infiel. No le busquen tres pies al gato, que es trastorno mental y no odio religioso… como si ambas cosas no pudieran coexistir en una misma cabezota.
Algo parecido sucedió en Southampton, sur de Inglaterra. Henry Nowak, un muchacho de 18 años, murió apuñalado por un joven sij que hizo uso del kirpán ceremonial, un cuchillo de hoja corva, como navaja de capar cerdos, pero mucho más larga. Cabe decir que los hombres de su comunidad están autorizados a portar la faca ritual por deferencia de la sociedad receptora imbuida de fraterna multiculturalidad. Por idéntica razón, uno se pregunta si permitirían a los samurai deambular por la calle con la katana al cinto y a los carniceros de las ablaciones clitorianas con la “filomatic” oxidada, que es el chisme más utilizado en esas mutilaciones espantosas, pues ambos elementos, katana y “filomatic”, forman parte de su acervo instrumental. Y, a mayor abundamiento, de plena actualidad la segunda, pues es noticia que el gobierno de Gambia, arrea, contempla hoy la posibilidad de despenalizarla. La tradición es lo que tiene.
Nowak se desangraba. Pidió ayuda a unos agentes de Policía que, solícitos, le esposaron, toma del frasco, en lugar de auxiliarle, pues su verdugo, presente en el escenario del crimen, adujo que le había dirigido graves insultos racistas. Le creyeron. Examinaron someramente al “sospechoso”. No vieron la herida, ni descubrieron en él nada que les recordara a George Floyd, el hombre negro que murió en Mineápolis por brutalidad policial hace unos años… luctuoso suceso que desencadenó una oleada mundial de indignación capitaneada por la organización BLM (Black Lives Matter). La muerte de Henry Nowak ha “importado” e indignado mucho menos, pues, al cabo, era un rostro pálido, descendiente quizá de traficantes de esclavos y de gentuza sin escrúpulos muy capaz de meterse entre pecho y espalda, todos los días, un puré de guisantes.
La cuestión es que, a las pocas horas, y en ambos casos, el interés informativo se desplazó a los altercados posteriores provocados, cómo no, “por la ultraderecha”. De tal suerte que las legítimas protestas por la muerte injustificada de Floyd, disturbios fenomenales y protestas que llegaron incluso al mundo del deporte, jugadores arrodillados al iniciarse los partidos, en Belfast y Southampton trocaron en “violentos alardes de intolerancia eurocéntrica”. La absoluta gratuidad de esos dos crímenes horrendos salió de la ecuación. Y en esas estamos, a la espera del próximo episodio de allahu-akbarismo agudo, esa patología que no tiene en la autofobia occidental mano ejecutora, pero sí necesario cómplice.
Javier Toledano | escritor
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