Por tierras de España: Calatañazor, Numancia y Soria capital | José Riqueni Barrios

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Pudiera parecer que el título de esta crónica, una de las que compone eso que hemos dado en llamar para nuestro contento “Por tierras de España”, es sólo eso, una adición de lugares, cuando en realidad se debe a un hecho cierto, tan cierto como que, alojados en su día en ese encanto de pueblo que es Calatañazor, una mañana de domingo de verano, bien temprano, que eso es hábito bien asentado en nuestro ser y al sensato propósito de aprovechar la luz de los largos días de verano, sorteamos la calle principal de esta antigua villa, salimos a la carretera general y llegamos a las ruinas de Numancia. De seguido, sin que ello nos impidiera empaparnos de la historia y tomar datos etnográficos de ese asentamiento, en su día sitiado por los romanos, introdujimos en el navegador “Museo Numantino” y éste nos dejó literalmente frente a la puerta de museo tan interesante. “Ha llegado a su destino”, habló la máquina, y una vez aparcado el carruaje, serenos los caballos, miramos a nuestra izquierda y allí estaba el rótulo del edificio: “Museo Numantino”.

Sí, cierto es, muy mucho nos gusta España, amamos con pasión sus paisajes, su historia, sus gentes y costumbres, su gastronomía, tradiciones y leyendas. Un país como el nuestro, tan denso en cultura, tan variado en vistas, te sorprende rincón tras rincón con algo inesperado y es en la charla con lugareños cuando conectamos con una hermandad que nos llena el alma de alegría y carga a tope nuestra mochila de la nostalgia de recuerdos y anécdotas con los que soportar el paso de los años, sobrellevar los achaques de una inevitable vejez que hasta se olvidan cuando uno accede a ese álbum fotográfico de la España vivida que pasa a ser por siempre recordada y más querida aún de lo que fue en su día, porque uno reama lo que amó.

Pero dejemos atrás nuestra tendencia a la melancolía, levantemos la mirada, recompongamos el vigor y determinación que precisa toda andanza y su posterior crónica de viajes hasta dar su sitio a nuestra alma, esa que cada verano nos llama a la acción, la que primero planea, la que después vive y de por vida se deleita con recordar, la que siempre sueña con volver a la carretera y encontrar una nueva plaza, una nueva voz, un nuevo ser lo que somos.

Tomamos nuestro cuaderno de viajes y en él leemos notas de aquel día: Calatañazor (Soria). 13 de agosto del Año de Nuestro Señor de 2010. Tarde despejada y muy fría. Migas pastoriles y cerveza en el Hostal Calatañazor.

Y así dimos con nuestros kilometreados huesos en una estancia decente y ventanuco lleno de sabor que compensaba su falta de realengo con el escenario en que estaba ubicada, en el corazón de unas callejas que te trasladan a otro tiempo, la vía principal que recorre el pequeño Calatañazor; que, en esta vida, pacientes lectores, todo es cuestión de compensación y equilibrio, de ahí que alternemos muslos con pechugas, aunque nos decantemos claramente por estas últimas, gastronómicamente se entiende.

Con Calatañazor nos ocurre lo mismo que con Albarracín, el primero es pequeño, el segundo es grande, pero ambos hay que contemplarlos a las distintas horas del día, a la luz pastel del nacimiento y la muerte del día, a la luz de las mañanas y las tardes, como también a la luz miel de las farolas, bajo la bóveda de un mismo tapiz de estrellas, ese que cubre nuestra piel de toro.

Calatañazor, bautizado por los árabes como Qalat an-Nusur (nido de águilas) aparece encaramado en lo alto de un agreste peñón y aún conserva un sabor arcaico de peculiar estilo constructivo, una arquitectura popular en la que cada casa sostiene su planta alta con una viga soportada por varias columnas de madera cuya suma en conjunto componen los soportales. Asistimos a un recinto medieval que sobrevive al paso del tiempo y que por reducido no deja de tener su encanto y magia, propios de un lugar con personalidad propia, una de las estampas más medievales de Castilla, una foto del ayer que aún es hoy.

La misma tarde de nuestra llegada visitamos la cocina museo de D. Víctor Ondategui. Se trata de una cocina medieval con su chimenea troncocónica, al parecer de origen celtíbero.

Deambulando al anochecer, al encanto de las últimas luces de una jornada agotadora de cientos y cientos de kilómetros a nuestras espaldas, leemos en un cartel que encontramos al paso: “sábados de agosto. Jornadas musicales de Calatañor. 20h”. Así que, mañana sábado, ya tenemos actividad cultural aquí mismo. Mañana toca reposo y estaremos por la zona, el domingo iremos a Numancia y Soria.

Bien de mañana tomamos el coche, aparcado en un rellano al final del pueblo que nos aloja, y pusimos rumbo a las ruinas de Numancia. El suelo de la entrada a este recinto aparece decorado con infinidad de molinos de mano. Pisamos la que en su día fue Numancia, asentada sobre el Cerro de la Muela,  es el nombre de una población habitada en su día por los arévacos, una tribu prerromana perteneciente a la familia de los celtíberos, situada a unos siete kilómetros de Soria capital, término municipal de Garray. Numancia es conocida por su historia de enfrentamientos con los romanos. En el año 137 a. C., 4.000 numantinos derrotaron a 20.000 romanos. Esto encrespó al Senado romano y en el año 134 a. C. confirió a Publio Cornelio Escipión Emiliano, El Africano Menor, la labor de destruir Numancia, a la que finalmente éste puso sitio, levantando un cerco de nueve kilómetros apoyado por torres, fosos y empalizadas. Tras meses de hambruna y enfermedades, agotados sus víveres, en el verano del año 133 a.C., los numantinos decidieron poner fin a su situación. Algunos se entregaron en condición de esclavos, pero la gran mayoría optó por el suicidio e incendiar su vivienda.

Numancia (Soria)

 La muralla defensiva de Numancia alcanza los 6 metros de altura en un cerco de 9 km de perímetro. A su alrededor, Escipión monta 7 campamentos. Entre 1906 y 1912, Adolf Schulten, un alemán, excava dichos campamentos, señalizados con columnas, y en una superficie de 7,1 ha, la que ocupaba Numancia, encuentra sus restos celtíberos bajo 30 cm de cenizas.

Los arévacos, quienes hablaban celta continental y escribían el alfabeto íbero, escalonaban las calles en un trazado curvo para controlar el viento. En esta zona domina el cierzo, un viento frío; al viento del oeste, el de poniente, lo llaman regañón.

La vivienda celtíbera, la de los arévacos (S. II a. C.) es una vivienda pequeña de unos 33 m2. Son viviendas adosadas con un cimiento a base de piedras y el hogar (fuego) en el suelo. Los arévacos fabricaban cerveza de trigo (caelia). Se cocina y se muele en el suelo. La vida se hace en una única dependencia. Los arévacos eran una tribu de mercenarios que empleaban como armamento su caetra, un escudo circular que les servía para protegerse y golpear, así como una lanza de madera llamada soliferrum, que terminaba en uno de sus extremos en un casquillo cónico y puntiagudo de hierro (regatón), mientras que el otro extremo consistía en una hoja (moarra). En la lucha cuerpo a cuerpo usaban la espada celta, de doble filo. Los romanos copian esta espada. El “ala prima arévaca”, integrada por soldados arévacos a lomos de un caballo pequeño y rápido, que desparecían entre la niebla de los bosques, lucharon en Germania (Alemania) formando parte del ejército romano.

También visitamos una vivienda del S.II (época romana). Orienta su patio al sur y en él encontramos el algibe. De piedra por fuera en su fachada, su interior es de adobe y paja. El techo es de madera y paja de centeno. El humo impermeabiliza el techo, espanta a los animales y ahúma la carne y el pescado. La habitación principal se localiza frente a la cocina, de manera que es cálida en invierno y fresca en verano.

Coche, carretera, entramos en Soria ciudad y aparcamos justo frente a la entrada del Museo Numantino. Observamos un telar celtibérico y un casco romano (Muriel de la Fuente). Nos llama la atención el rito funerario de los arévacos: En una pira quemaban a los muertos por enfermedad, en lo alto de los cerros depositaban los cuerpos de aquellos que morían en la guerra para que fuera presa de los buitres, animales sagrados, intermediarios entre Dios y los hombres.

Dejamos tanta cultura de otrora y nos disponemos a almorzar relajadamente en esta capital castellana, no sin antes visitar el convento de las clarisas y la iglesia de Santo Domingo. “Las clarisas rezan el rosario y cantan con acompañamiento de órgano”, eso leemos ahora en nuestro cuaderno de viaje, el mismo que consultamos al objeto de ir redactando el texto que nos ocupa y hasta nosotros llega ese dulce cantar eclesial. Como también queda anotado en nuestro diario el lugar y el yantar de aquella jornada en el bar restaurante “El portillo”: Lenguado relleno, judías verdes con jamón y solomillo con hongos. Pan vino y postre. Menú 12.

Y vaya por sentado que, de tarde en tarde, un menú aquí, allá o acullá, ajusta nuestro presupuesto diario, respeta nuestro largo patrimonio, estira nuestra bolsa y conforma un gasto óptimo en su relación calidad/precio, ya que no toda holganza debe ser por natura despilfarradora, que el gozo de retener y no soltar, más que lo justo, es santo y seña de nuestra hidalguía mundana, una cualidad, por cierto tan necesaria, pero que no siempre es bien entendida.

Almorzamos, pues, atendidos conforme a nuestro rango en las proximidades del Instituto Antonio Machado, centro educativo en el que nuestro admirado Don Antonio tomase posesión como catedrático en 1907.

Paseamos para hacer tiempo y hueco al café de la tarde. En nuestro deambular soriano, buscamos hasta encontrar y contemplamos el pórtico de la iglesia de Santo Domingo (S.XVI), su portada es conocida como “la Biblia en piedra”, fundada por Alfonso VIII, su efigie y la de su esposa (Leonor de Inglaterra) están esculpidas a ambos lados de la portada. Recorremos calles y plaza. Llega el café en una placita y cogemos el coche para aparcarlo de nuevo junto a la concatedral de San Pedro (S.XII) y es aquí donde comienza nuestra ruta de tarde:

Ruinas de San Juan de Duero (Soria)

San Juan de Duero (S XII): Ruinas que pertenecieron en su día a la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Ruinas del claustro (SS XII-XIII) a orillas del Duero.

Ermita de San Saturio (Soria)

Paseo a la orilla del río Duero: Cae la tarde de verano y las luces bajas bañan de oro el paisaje, titilan las hojas de álamos y chopos de ribera con la brisa de un lento e imperceptible atardecer.

Caminamos a paso suave recordando de tarde en tarde a nuestro amado poeta que tanto anduvo estos parajes y buscamos a lejos, encaramada a una ladera, la ermita de San Saturio, una capilla octogonal que recuerda la cueva donde se retiró el ermitaño del mismo nombre.

Con las últimas luces del día, volvemos al coche prestos a desandar la carretera y hasta llegar de nuevo a Calatañazor, que “algo nos servirán de cena”, eso pensábamos en aquella hora. Ya de noche, el pueblo que nos acoge muestra una panorámica bellísima a la luz de las farolas y nos resulta aún más encantador.

Tras la cena llega, con la noche más cerrada, llega el último paseo, una excusa para repasar el álbum fotográfico de un intenso día, ahora al silencio cómplice de la oscuridad, entre callejas desiertas y al frescor que crece por momentos, bajo una bóveda de azabache aterciopelada surcada caprichosamente por un manto de gasa, así entregamos, con el deleite de lo consciente, nuestras últimas fuerzas, las que nos restan de un día pleno en el que hemos vuelto a experimentar el gozo de conocer un poco más España, porque uno eso es lo que en el fondo pretende: conocer lo que ama de verdad.

José Riqueni Barrios | Escritor