La primera víctima cuando llega la guerra es la verdad”. Esta frase, atribuida al senador estadounidense Hiram Johnson en 1917, se demuestra vigente ante viejos conflictos persistentes y nuevas catástrofes inesperadas. Como en hoy en día, durante la pandemia que paraliza países y colapsa economías en plena Globalización, y donde la libertad de expresión y opinión parece encontrarse en entredicho ante las exigencias de unidad y solidaridad o frente a los miedos gubernamentales al error propio y la discrepancia ajena.

La justicia, la policía y los medios pueden, y deben, combatir noticias e informaciones demostradas como falsas con ánimo de lucro, objetivos delictivos o efectos perniciosos para la salud, la seguridad o el honor personal. Pero en estos meses de confinamiento y alerta sanitaria nos encontramos, aparentemente, con medidas de censura y control que exceden, a nuestro juicio, límites irrenunciables como sociedad democrática: escritores como Alfonso Ussía que ven prohibido un artículo en su propia columna de opinión en La Razón, periodistas como César Calderón expulsado del diario Público por criticar al poder, presentadores como Iker Jiménez vetado en la cadena Cuatro por sus diferentes teorías alternativas, personajes mediáticos como el coronel Pedro Baños bloqueado directamente en twiter por disentir, medios como VozPopuli censurado en las redes por una información considerada como falsa sin motivos reales.

Hechos que podrían ser puntuales, pero que se unen a polémicas diarias en nuestro país sobre los límites de dicha libertad, que siempre debiera ser plural y diversa: la primera y arbitraria selección de preguntas de los periodistas en las ruedas de prensa del Gobierno, encuestas del CIS donde sorprendentemente se pregunta a la sociedad si hay que legitimar la censura en plena crisis del Coronavirus, la casi unanimidad de los contertulios elegidos en los programas del canal 24H de TVE sobre el discurso oficial del Gobierno ante la crisis, las propuestas de un Vicepresidente de “expulsar” de la vida política y social a determinados medios contrarios, la monitorización pública de “bulos” sobre la pandemia en España (pero solo de los supuestamente creados por la oposición), censuras en Whatsapp o Facebook a contenidos considerados falsos por empresas privadas y supuestamente pro-gubernamentales (como Newtral o Maldita), e incluso cuando el número 2 de la Guardía civil, en rueda de prensa, señalaba que tenían como objetivo, y cito textualmente, “minimizar todo ese clima contrario a la gestión de crisis por parte del Gobierno” en las redes sociales. A lo mejor, como señaló George Orwell, la “libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír” .

Una situación amenazante cuando menos, que podría responder, simplemente, a las consecuencias lógicas de la necesidad social de unidad y solidaridad en el discurso oficial frente a la pandemia; que podría ser mero efecto de una hipersensibilidad ante la proliferación de mentiras o “bulos” en redes sociales tan abiertas; o que podría constituir, realmente, una estrategia mayor de restricción de la labor de vigilancia y fiscalización de la acción del Gobierno ante una crisis que ha desbordado y cuestionado sus capacidades de gestión política y reacción económica. El lector y ciudadano, como siempre, tendrá la última palabra sobre cuál es la causa verdadera o probable de esta amenaza real.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill señaló que “en tiempos de guerra la verdad es tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespaldas de las mentiras”. Salvar vidas y salvar la economía, pero también salvar esa libertad de expresión sin la cual nunca encontraremos la verdad de “nuestra guerra”: de la enfermedad que sufrimos y de la recesión que se avecina.

Sergio Fernández Riquelme | Profesor, Director de Razón Histórica

(Los contenidos de esta sección de Opinión no se corresponden necesariamente con el pensamiento y valores de Adelante España).

Por Redaccion

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