Lepanto y Lisboa, batallas decisivas | Pío Moa

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Con motivo del 450 aniversario de la batalla de Lepanto han salido algunos libros, leo que uno suelta la tontería típica de que lo que ganó la batalla fue “la técnica: arcabuces y galeras”; otro,  multidisciplinar y multinacional, calificado de “definitivo”. Siento gran desconfianza hacia ese tipo de libros, que normalmente embrollan los asuntos mezclando toda clase de elementos esenciales, secundarios y anecdóticos, según el enfoque de cada cual. Afirma que la batalla no fue decisiva porque el poderío turco quedó en pie, o se dice que la victoria cristiana animaría a España para el intento de la “invencible”. Hay también un prurito por disolver la participación española, que sin duda fue la principal. En Nueva historia de España traté la cuestión, y no veo por el resumen leído que haya nada significativo que añadir. Y en 2017 volví a tratarla en  el blog, relacionándola con la batalla de Lisboa, también decisiva, pero tan olvidada como hace pocos años lo estaba  la de Cartagena de Indias. El artículo era este:

Creo que ud buscará en vano referencias a la batalla de Lisboa en 1589. Sin embargo fue para España una de las batallas decisivas de su historia. Allí culminó la gran expedición inglesa, con parte holandesa, llamada “Contraarmada” o “Invencible inglesa”, que perseguía acabar de destruir la flota española, dañada después de la “invencible”, ocupar las Azores y rebelar a Portugal contra España. A tal efecto Isabel de Inglaterra promovió una armada más numerosa  que la española del año anterior, entre 150 y 200 embarcaciones con 27.000 soldados y marineros. El objetivo estratégico esencial era la secesión portuguesa, por lo que la pronta renuncia a atacar los puertos en que se reparaban los barcos españoles tuvo al respecto poca relevancia.

El momento culminante de la magna empresa fue el ataque a Lisboa. Allí los ingleses fueron rechazados con tan graves pérdidas, que ya no pudieron pensar en las Azores, clave de las comunicaciones españolas con las Indias. Los españoles tuvieron, entre La Coruña y Lisboa, unas 900 bajas mortales, en gran parte civiles, mientras que los ingleses perdieron entre 13.000 y 15.000 hombres, la mayoría por enfermedad y un porcentaje considerable por combates, en los que perdieron también numerosos barcos. Otros muchos desertaron. Solo les quedaron útiles unos 2.000 hombres y 20 naves. La gran armada española había fracasado el año anterior por las tormentas sin ser derrotada  por lo hombres, pero la contraarmada inglesa fue una derrota en toda regla, ocasionada por sus contrarios.

¿Por qué fue tan decisiva esta batalla? Para entenderlo  basta pensar en lo que habría supuesto el éxito inglés: España no solo habría perdido Portugal, sino que esta, con su  flota y su imperio, se habría convertido en un estado hostil y prácticamente vasallo de Inglaterra. Además, la flota inglesa, ayudada por la holandesa y la portuguesa, se habría enseñoreado del Atlántico, haciendo prácticamente imposible la comunicación entre España y América. Simplemente la potencia española se habría hundido, con repercusiones tremendas en Flandes, Francia y el Mediterráneo. Habría significado el colapso español con la mayor probabilidad.

¿Fue esta batalla comparable a la de Lepanto, ocurrida dieciocho años antes? Lepanto fue, más propiamente que Lisboa, un choque naval con enorme número de bajas y destrucción de naves, y su repercusión histórica fue más amplia. De haber perdido la flota cristiana, los turcos se habrían apoderado definitivamente del Mediterráneo, donde eran hegemónicos desde hacía tiempo, e Italia y España habrían corrido un peligro inminente. De modo que  Lisboa salvó a España, pero Lepanto, comparable a Salamina, salvó también a Italia y más indirectamente al resto de Europa (aunque Francia colaboraba con los turcos e Inglaterra y los protestantes los animaban constantemente contra España). A pesar de lo cual, el Imperio otomano consiguió rehacerse parcialmente,  tomar La Goleta y avanzar por tierra hasta Marruecos, mientras que la defección de Venecia hizo imposible a España una explotación más a fondo de la victoria. Ello,  más la incesante piratería berberisca, obligaban a España a mantener una constante y costosa vigilancia en el Mediterráneo; pero la hegemonía naval turca quedó definitivamente rota.

Una diferencia de interés entre ambas batallas es que el Imperio turco constituía  una verdadera superpotencia de la época, mientras que Inglaterra era un país pobre (suele calcularse que un tercio de la población vivían en la miseria, tras la expropiación de los monasterios y muchas tierras comunales). Pero estratégicamente contaba con grandes ventajas: no tenía que hacer frente a otros enemigos, como España,  que estaba rodeada de ellos y debía mantener la lucha en tres frentes. Por tanto, podía concentrarse en el mar, al tiempo que apoyaba a, y se apoyaba en, todos los enemigos de España, fueran franceses, holandeses, protestantes en general o turcos. Por tanto Inglaterra no era un enemigo desdeñable.

En fin, ustedes se preguntarán como un suceso histórico de tal transcendencia como la batalla de Lisboa no figura en los libros de historia españoles o solo como una referencia secundaria. Cuando publiqué Nueva historia de España le dediqué alguna atención, aunque menos de la que merece. Para mi sorpresa, hablando con profesores de historia, no conocían el hecho más allá del episodio anecdótico de María Pita o del fracaso inglés en Lisboa, al que no daban la relevancia histórica debida, y que no relacionaban con una empresa de la magnitud de la “Contraarmada”. Ni Fernández Álvarez, ni Ruiz Domènec  ni Domínguez Ortiz la mencionan siquiera en sus historia generales de España. Ni siquiera Ricardo de la Cierva, y lo señalo porque como historiador es muy superior a sus numerosos detractores.

¿A qué se debe un hecho tan extraordinario?  He dicho en varias ocasiones que, salvo excepciones, la historiografía española suele ser muy detallista pero con pobre visión de conjunto y escasa agudeza de análisis (recientemente hemos tenido un ejemplo en un libro sobre el fraude en las elecciones del 36, muy detallado en algunos aspectos, pero sin verdadero análisis de sus consecuencias generales, que incluso trata de eludir) . Y por otra parte, así como los ingleses tienden a disimular u olvidar sus fracasos, los más torpes de los españoles (y son muchísimos) gustan más bien regodearse en los fracasos de su país y menospreciar sus éxitos.

Como se recordará, algo parecido ocurría hasta hace cosa de quince años  con otra batalla decisiva, la de Cartagena de Indias y Blas de Lezo, un héroe comparable a Nelson. Creo que fui uno de los primeros en recordarlo, en Libertad Digital, y hoy día es bastante conocido e incluso se ha dedicado una pequeña estatua en Madrid a Blas de Lezo. Espero que pronto ocurra otro tanto con la tan decisiva batalla de Lisboa, muy mal analizada en su alcance histórico y hoy conocida casi solo por los especialistas.