La Religión del victimismo | Paco Álvarez

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Problems and stress, stressed man. A young man with his hands in the hair sitting on a bench outdoors. Concept of problems, stressful thoughts, difficulty and crisis.

La religión más extendida en el mundo occidental en estos años, no es el Islam, ni por supuesto el cristianismo; es el victimismo. La creencia mayoritaria de que “la culpa de todo, es de otro”. Este victimismo es el origen de colectivos subvencionados que proliferan en nuestras democracias, pero no en sistemas de gobierno menos permisivos. Este victimismo les hace fuertes, porque piensan que han estado oprimidos y que si no les va tan bien como creen que les debería ir, no es por su culpa. La culpa es nuestra, la sociedad es la culpable. El infierno son… nosotros.

En principio, hay un mecanismo básico psicológico que a todos nos hace echar “balones fuera”.

Un buen ejemplo lo expresa mejor: cuando nuestro equipo gana un partido, ¿qué exclamamos a gritos? Que hemos ganado. “Hemos”, como si hubiéramos rematado a las mallas desde el segundo palo. En cambio, cuando suspendemos un examen en el cole, ¿qué es lo que afirmamos rotundamente? Que nos han suspendido. “Nos han” como si nosotros no hubiéramos tenido nada que ver en lo escrito en el examen. Yo no estaba. Como si no fuera culpa nuestra no haber estudiado. A partir de este mecanismo básico y común a todos los seres humanos, se han desarrollado para nuestra desgracia cientos y hasta diría miles de colectivos que han descubierto que la culpa no es de ellos. Si acaso, la culpa es de los demás, que solemos resultar nosotros. Por ejemplo ¿Cuántas veces nos dicen que es una vergüenza para Europa que la gente esté emigrando de África ilegalmente a veces naufraguen en el proceloso mar? Dicen que la culpa es nuestra, pero… no, no lo es En absoluto. ¿Por qué iba a serlo? Quien quiera inmigrar a Europa legalmente, puede hacerlo, así que de hecho, la culpa es más de los que invitan a venir a todo el mundo a Europa ilegalmente, prometiéndoles subvencionarles y darles casa, comida, sanidad, educación y un sueldo (ingreso mínimo vital o incluso diputados de la Asamblea de Madrid) por la cara.

¿De dónde han salido todas estas bandas de creyentes en sus privilegios, estos “colectivos” que se dedican a sentirse oprimidos y victimizados por nuestras democracias desde el mismo día que se dieron cuenta de su propia existencia?

Estos nuevos colectivos reivindicativos crecen como hongos en nuestras democracias; bandas de supuestas identidades enfrentadas entre sí y que su único punto en común es que se sienten ofendidos, que son víctimas del sistema. ¿Colectivos? Los hay de todos los colores: neo-feministas, indigenistas, nacionalistas, trans, revisionistas, animalistas, pro-inmigración, etc. cada quien puede tener su propio grupo, su cuadrillita, su “identidad” siempre y cuando se sienta víctima. Siempre y cuando piense que la culpa no es suya, que es de los demás. Lo que sea, cualquier cuento vale, con tal de poder sentirse diferentes y de enfrentarse con la realidad. Lo malo es que mientras estos colectivos de última hora piden sus inextricables derechos, oprimidos por nosotros, se están cargando sin prisa pero sin pausa, las democracias. Me explico:

Hasta hace un rato, las democracias buscaban la normalización en horizontal, es decir, que todos los individuos independientemente de su origen, clase social, sexo, religión, lugar de nacimiento, etc. tuvieran los mismos derechos y oportunidades, todos iguales, como pone por ejemplo en nuestra Constitución… pero hete aquí que una nueva ideología pseudo-izquierdista, la hiprogresía, ha inventado a lo largo y ancho de la tierra, incluso de manera universalista, colectivos ofendidos, “seres diferentes” bandas de grupos que tienen hipotéticas identidades “verticales” que les unen y diferencian más allá de sus diferentes clases sociales y que, de hecho, socavan los cimientos de las democracias ya que defienden por encima de todo sus propios “derechos”, muchas veces inventados sobre la marcha, derechos a ser distintos, diferentes, mejores y a decirnos a los demás lo que está bien y lo que no…

La democracia propugnaba eso de Libertad, Igualdad y Fraternidad, pero los colectivos de victimillas, los ofendiditos, reivindicando “su libertad” y “empoderamiento” se han cargado esas bases; Libertad, sólo la de ellos, que pueden señalar por ejemplo, qué monumentos debe haber en nuestras ciudades, qué nombres deben de tener las calles o incluso qué películas o qué libros, se pueden leer (bibliotecas de género) qué canciones pueden sonar en las fiestas del pueblo… Libertad, entonces, sólo la suya, pobres víctimas, para dictar lo que tooodos, debemos acatar, porque “ellos”, sólo ellos, pueden afirmar lo que es políticamente correcto, es decir, admisible por el total de la sociedad.

Fraternidad, pues menos todavía, porque estos colectivos precisamente crean su identidad contra otros colectivos; por ejemplo, el feminismo “moderno” contra los hombres, o todas las razas contra los blancos, etnia que en general, se lleva las de perder en esto de averiguar de quién es la culpa. Un hombre blanco, hetero y por ejemplo, cristiano… es el peor opresor del mundo por excelencia. Pronto tendremos que escondernos. Fraternidad… hermano oso o hermana luna, vale. Fraternidad con los inmigrantes ilegales, vale, pero con los comerciantes de tu ciudad, pues tampoco. O es que los manteros no compiten ilegalmente con comercios que dan de comer a familias vecinas tuyas…

Así que ni Libertad ni Fraternidad, pero Igualdad… pues menos todavía, ya que ellos crean su identidad, su colectivo, precisamente a partir de la negación de esa igualdad. Ellos son distintos. Son las víctimas. Por ejemplo los nacionalistas se consideran por principio diferentes y mejores a los demás habitantes de su país y de su región, considerando a los no nacionalistas como “colonos” o de clase baja” (lo dice la encuesta oficial de la Generalidad de Cataluña). Por eso ellos quieren decidir el idioma en el que van a hablar los niños de su aldea, aunque sea un idioma minoritario y sin posibilidades para un mundo conectado y universal.

Cuando tuvo lugar la revolución francesa, teórica cuna de nuestras democracias, se calcula que de los veintiocho millones de habitantes de Francia, unos doce millones hablaban otro idioma (alemán, flamenco, bretón, gascón, incluso catalán o vascuence) o no sabían mantener una conversación ni por supuesto escribir en francés. Una de las primeras misiones de la Revolución con mayúsculas fue, para conseguir la Igualdad, fomentar que todos los niños aprendieran el mismo idioma, el mayoritario, para que a nadie se le pudiera discriminar por no hablarlo. Ahora los nacionalistas, con la tortilla al revés, quieren fomentar la diferenciación y encima llamarlo democracia. Pues no majete, a otro perro con ese cuento.

Por eso ellos, que quieren ser diferentes, porque creen que la culpa de todo, es nuestra, quieren hablar diferente. Imponer restricciones diferentes, ser otros ¿De qué c… les ha servido el toque de queda impuesto hace un mes, si tienen el doble de contagios que en Madrid, por ejemplo? “para defender” un idioma minoritario se termina imponiendo totalitariamente éste sobre la libre elección. Si no hay igualdad, no hay libertad. ¿Fraternidad? Quieren a los “colonos” fuera de Cataluña… Si ellos no son rubios, altos y ricos, es nuestra culpa. No somos hermanos.

Y ellos creen firmemente en esa religión. ¿Nosotros en qué creemos?

Paco Álvarez | Escritor