El bocata de chopped | Javier Toledano

El bocata de chopped en busca y captura (que hasta hoy ha dado esquinazo a las autoridades) es a la peste porcina registrada entre los jabalíes del parque de Collserola (Barcelona), lo que a un humano el mordisco de un pangolín desaprensivo e incluso, se dijo, de un “perrito mapache”, en la pandemia coronavírica de 2019.

Illa, el ministro “mascarilla”, que lo fue de Sanidad durante la crisis, y ningún daño ha cobrado por aquella gestión cochambrosa, repite la fórmula de entonces punto por punto, sin desfallecer. Decreta algo llamado “Emergencia” y ordena confinar los jabalíes, portadores de la enfermedad, que no podrán abandonar Cataluña al no expedirles ningún salvoconducto.

A lo que se ve, los jabalíes campan a sus anchas por Collserola y alrededores y, en ocasiones, se aventuran por barrios más céntricos de la ciudad en busca de alimento. La razón es bien sencilla: la población de cerditos cimarrones está descontrolada de unos años a esta parte y hay que dar de comer a esa nutrida prole. Todos sabemos lo difícil que es sacar adelante a los churumbeles: comen como limas, con hambre atrasada. La cuestión es que han proliferado tanto porque las políticas falsamente ecologistas que descacharran la vida rural restringen drásticamente la caza de esa bestezuela.

Cuando las alertas de sobrepoblación saltaron a los medios, pusieron los “ecolobobos” el grito en el cielo preventivamente, “oh, qué atrocidad, los cazadores, esos trogloditas chapados a los usos y costumbres del neolítico, andan planificando una suerte de holocausto porcino”. Ni siquiera dieron por buena la propuesta de cazar cupos anuales a virotazos, a tiro de ballesta, por aquello de darles una muerte más conforme a medios y procedimientos artesanales, que no echando mano de la letal superioridad de las armas de fuego.

A mayor abundamiento, por esos parajes se talaron encinas, quejigos y alcornoques, siendo alcaldes de la ciudad condal Clos, primero, y Hereu, después, para plantar vides en su lugar, pues tuvieron la deslumbrante idea de elaborar un vino propio con D.O “Barcelona” cuando, fenómeno mimético, todo el mundo con ínfulas de bon vivant soñaba con dedicarse a la enología e inaugurar su propia bodega. De ese caldo que haría las delicias de los connoiseurs, nunca más se supo. De modo que tan insignes munícipes confundieron “etología” con “enología”, pues más les habría valido aplicarse en la primera e intuir que, privados los jabalíes de las bayas de las fagáceas, las bellotas, ampliarían su radio de acción en pos de manjares alternativos e, inevitablemente, incomodarían a los vecinos. Y así sucedió.

Automatismo: un bocadillo de chopped es el principal sospechoso. Y no lo dijo cualquiera, sino un ministrín del gobierno regional en comparecencia pública. Ese tipo hizo las veces de aquel Fernando Simón que auguró una pandemia, en España, de lo más llevadera: “Habrá muy pocos casos”. Más de 120.000 muertos. Sin duda el portavoz gubernamental consideró que esa patraña bastaba para enlabiar a sus crédulos administrados. “Tragan lo que sea. Por qué no esta gansada del bocata”. Y se quedó tan pichi. Pero ha resultado que ese jodido bocata es escurridizo como una anchoa y no se deja echar el guante así como así. De modo que ahora gana enteros la hipótesis de una fuga de un laboratorio cercano.

Uno se malicia que jamás conoceremos la causa del brote. A santo de qué ese derrotismo. Muy sencillo: el gobierno regional de Cataluña anuncia a bombo y platillo la creación de un comité de sesudos expertos para dar con su origen y combatirlo eficazmente. Y, ya se sabe, los comités de expertos, si en el mejor de los casos llegan a constituirse, no sirven absolutamente para nada. O esa fue la lección aprendida de la gestión coronavírica del entonces ministro.

En la presente hora, todo son mensajes de tranquilidad a la población y al sector afectado. Las exportaciones han registrado un descenso considerable, pero, eso nos dicen, no se han detectado infecciones en las granjas. Con todo, los más pesimistas pronostican que no menos de 30.000 cerditos serán sacrificados para contener la epizootia (a una especie animal lo que una pandemia al ser humano) que transmiten sus parientes asilvestrados. Por desistir antaño de mantener la población de jabalíes en unos límites tolerables, a flechazos, tocará acaso celebrar el año próximo un san Martín apocalíptico.

Consuela saber que los efectivos de la UME, pues en Cataluña el SEPRONA dejó de existir por imposición nacionalista, se han desplegado sobre el terreno desde el minuto uno. No fue necesario invocar aquel principio que hizo fortuna durante la DANA de Valencia: “Quien necesite ayuda, que la pida”. De modo que si usted se topa por ahí con un bocata de chopped huidizo, que maniobra disimuladamente, ataviado con gabardina, sombrero de ala ancha y lentes polarizadas, no dude en contactar con las autoridades. Podría ser nuestro bocata fugitivo. Si el pan lleva untada la pulpa de un tomate, no hay duda, es un bocata autóctono.   

Javier Toledano | escritor

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