La felicidad por decreto ya está aquí. La grotesca iniciativa del ayuntamiento de Parets del Vallés (Barcelona), claro que a más modesta escala, recuerda aquellos “ucases” de la Rusia soviética, y de otras dictaduras comunistas, que establecían la felicidad colectiva por imperativo de la nomenclatura.
Declararse “infeliz” en el paraíso socialista de los trabajadores era un acto contrarrevolucionario y punible. La legendaria Lubianka o el Gulag siberiano esperaban con los brazos (calabozos y barracones) abiertos a esos indeseables. “¿Cómo que no eres feliz?”, “¿Qué clase de gusano eres tú?”, “¿Acaso preferirías vivir en una decadente sociedad burguesa?”.
En la URSS, y en sus satélites europeos, no existían las disfunciones mentales, pues es sabido que el comunismo vela con mimo por la armonización espiritual del paisanaje. Por ello, tras la muerte de Stalin, decidieron incluir a los disidentes en la categoría de pacientes psiquiátricos y administrarles conversivos electrochoques y variados surtidos de pildorillas de colorines para amansarlos y dejarlos en estado catatónico.
Parecidamente, en la película titulada “Citizen X”, basada en hechos reales, el comisario del partido en el distrito amonesta gravemente al investigador de los crímenes perpetrados por el “Carnicero de Rostov” y le recuerda que “los psicópatas asesinos no tienen cabida en un régimen socialista y que esas conductas asociales son cosa del capitalismo”.
La concejalía de tan singular iniciativa (Parets del Vallés) recae en Paola Gratacós, del PSC. La doña factura 55.000 euros anuales, miau, por su, a buen seguro, magnífico desempeño en el cargo. Consultados los resultados de las municipales de 2023, ERC y PSC conforman gobierno. Suman catorce (empate a siete) de los diecisiete concejales en liza. Algo me dice que la “infelicidad” y la imbecilidad sientan sus reales anchurosamente en dicha localidad. Con semejante balance electoral podría parecer que el “bienestar emocional” en Parets, en efecto, está seriamente comprometido.
Pero lo más aberrante de todo es la doctrina que se deriva de la creación de una concejalía como ésa. Consideran los munícipes que gobernar la felicidad, o los estados de ánimo de la gente, es competencia suya, tanto como asegurar el correcto funcionamiento del alumbrado público o mantener el alcantarillado en perfecto estado operativo. De tal suerte que la felicidad deja de ser un asunto privado y ellos están para asegurar, encauzar o dirigir las emociones del personal. ¿Pero qué suerte de intromisión es ésa en la vida de sus administrados? ¿Quiénes se han creído que son?
Para eso mismo ya existen los amigos, en caso de “malestar” emocional, los viajes recreativos, los paseos por la verde campiña, las victorias del equipo de tus amores, los grandes éxitos de Astrud Gilberto o de Frank Sinatra, una buena ración de caracoles o las aventuras de Tintín y de Mortadelo y Filemón. Y nada de lo anterior le cuesta un céntimo de euro al contribuyente. En el peor de los casos, ahí están los psiquiatras, que han estudiado una carrera y para ganarse la vida ayudando a los demás, si requieren de sus servicios, tienen algo llamado “consulta”. El mecanismo es sencillo: basta con llamar por teléfono y pedir hora. También disponemos, si fuere menester y median convicciones religiosas, del sacerdote confesor para absolver al pecador atribulado.
En mi opinión un colectivo más o menos sano, con una mínima conciencia cívica, habría de horrorizarse y rebelarse airadamente ante pretensión similar. ¿De qué se trata, pues? ¿De colonizar las mentes, las emociones y ahormar a los individuos a un determinado estilo de vida? ¿Me vas a decir tú, pedazo de atún (va por Paola Gratacós), qué es lo que me hace o me debe hacer feliz? No decidas por mí según qué materias, como si fuera yo un menor de edad o de entendimiento. ¿Me vas a tratar de igual manera que a un “épsilon” de “Un Mundo feliz” y me proveerás del “soma” alimenticio?
Mis emociones son tan privadas como lo es la propiedad de mi humilde morada o de los vinilos que conforman mi discoteca, pues ellas, mis emociones, forjan los materiales que construyen mi espíritu y mi individualidad. Bastante ya me condicionan muchas de las disposiciones abusivas y liberticidas dictaminadas por diferentes instancias gubernativas, como el intolerable veto (qué insondable drama nacional) a escolarizar a los niños en español en algo más de un tercio del país o la necesidad de litigar durante años contra esos fulanos que “okupan” la vivienda que, gracias a una renta por alquiler, ayuda a pagar la costosa residencia de nuestros mayores… cuando en otras naciones europeas los desalojan de una patada en el culo, metafórica, en menos de 48 horas.
Y, ya metidos en harina… ¿Qué salvífica “terapia” ofrece la ilustre señora Gratacós para procurar la mejora del estado emocional de sus vecinos? Es suficiente un fugaz chapuzón en los “interneles” para averiguarlo. Va uno a “Google” e indica “Benestar emocional, Partes del Vallés”, en catalán, por supuesto, pues en Cataluña la felicidad es sensible al hecho lingüístico. Ahí uno se topa con una edificante conferencia sobre “contaminación electromagnética” a cargo de un experto de talla mundial. No falta una recomendación entrañable: “cal portar paper i llapis”. Debo admitir que, con esas cinco palabras, te ganan el corazón: “es necesario traer lápiz y papel”. El boletín destaca la composición del himno del “Benestar”. Su autor es el artista local “Blon” (Pablo Pérez), ganador de la “Batalla de Gallos España, año 2022”, patrocinada muy al caso por Red Bull que, no en vano, “da alas” y, va de suyo, felicidad. Y cabe otrosí la posibilidad de asistir a una charla monográfica sobre “conexión corporal, espiritual y emocional” que, me barrunto, ha de finalizar con un abrazo colectivo al estilo Teletubbies, emulando a Tinky Winky, Po y Laa-Laa. 55.000 euros sólo en la retribución del cargo. Chúpate ésa.
¿Nota usted ya como el “bienestar emocional” y la felicidad le trepan por el espinazo como una enredadera?
Javier Toledano | escritor




