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La religión no importa. La religión no tiene que ver con ser español. Que rece al dios que quiera, qué importa. Cualquier religión es compatible con la nacionalidad. Una señal de respeto a su religión, no hay nada malo, otros hacen la señal de cruz al entrar al campo. Que haga lo que quiera, no importa. ¿Qué tendrá que ver la religión con la nacionalidad? Da gracias a Dios, igual que un cristiano. ¿Qué pasa, tú por ser católico eres mejor persona y más español? La religión no va de la mano de la nacionalidad.
Estas perlas (y otras por el estilo) intelectuales y sentencias morales, pude leer en las redes sociales de internet, al comentar el gesto de un muchacho miembro de la selección nacional (cada vez menos nacional) de inclinación islamista. Vamos, es que, para ser seleccionado, no hay más interpretación que pegar patadas apropiadas a un balón.
A mí me da la impresión de que los goles nos los meten fuera de la cancha, y después en ella se manifiestan. Cincuenta años de adoctrinamiento dan para mucho.
Es claro que, ahora, la pertenencia a una cultura y a una tradición se hace por consenso constitucional, vamos, por ley, como el cinturón de seguridad en el coche.
En este nuevo mundo del relativismo intelectual y moral, todo se hace, democrático él, por consenso; pero la realidad, tan simple, nos muestra que el relativismo es nihilismo, egoísmo, porque es inconsistencia, y sin fundamentos, no podemos construir.
El relativismo es terreno movedizo que confunde a la persona, crea ansiedad, neurosis y turba la razón. La moral por consenso es inmoralidad, ventaja para el déspota.
Por ello, el abandono de la religión es vacío existencial y fragmentación social, pues nuestra civilización se fundamenta en ella. Me refiero, para nosotros, los hispanos, al cristianismo, y, como nos robaron el término, concretamente al catolicismo.
Cierto popular escritor, dijo que España había elegido al dios equivocado, al rechazar el dios protestante, el del progresismo, la libertad, la razón, el trabajo y el comercio, para optar por un dios oscuro y reaccionario, el católico, cimentando así siglos de atraso.
Dice aquel autor: «Dos momentos donde perdimos el tren de la historia: en Trento por apostar por un dios diferente y en la guerra de independencia que luchamos contra el enemigo equivocado. Son nuestros grandes pecados históricos». No sé qué barbaridad es peor, creo que tener veinte mil libros, como presume, no presupone acierto intelectual.
Así se entiende que su personaje más famoso diga impertinencias tan grandes, tan fuera del contexto histórico, y es en realidad un desahogo vengativo y moderno de sí mismo, una proyección del capricho personal.
España, en Trento, no perdió el tren de la historia, lo condujo, lo gobernó, lo guio. España, en la guerra contra los franceses de 1808, no luchó contra el enemigo equivocado (aunque en realidad tuvo dos, uno de ellos disfrazado de aliado), lo que hizo fue resurgir heroico de un siglo de vacilaciones, desunión y decadencia, dar ejemplo raza (con perdón).
Nos llamó incultos el autor a todos los españoles, quizá, en sus veinte o veinticinco mil libros, no haya encontrado información sobre la Escuela de Salamanca; nos llamó oscurantistas, pero en la historia universal, dejamos claro, por primera vez, por escrito y en la acción, lo que eran los derechos humanos y la dignidad de la persona. La mayor manifestación de sentido del honor de todo un pueblo; incluso contra sí mismo.
Quizá, la síntesis más limpia esta realidad se manifieste en aquellas palabras tan conocidas (¿o ya no?) de D. Marcelino Menéndez Pelayo en su obra Los heterodoxos españoles: «España evangelizadora de la mitad del orbe; martillo de herejes, luz de Trento…». Para qué seguir, si bien la conoce el lector, aunque, en estos tiempos, no es ocioso recordarlas.
Sí, España se forjó en la lucha contra el islam, y se templó en la lucha contra la herejía y la injusticia por todo el mundo, evangelizando y civilizando, con unidad hidalga, aquella hidalguía que trascendía el linaje y la sangre, desangrándose por enseñar a todos los hombres la hermandad que nos une, hijos del mismo Padre. Ningún otro pueblo hizo nada igual.
Algunos señalan (liberados de toda atadura intelectual, bueno, creo que algo así dicen) que esa es solamente la visión tradicional de España; pero es que, la visión tradicional de España, está explicando España; sin el sustento firme de la tradición propia, no hay patria, no hay legado, no hay sustancia.
Si todo es relativo, no hay verdad objetiva; sin verdad no hay justicia, ni virtudes, ni principios a los que debamos someter nuestro comportamiento. Sometimiento, esa es a palabra clave, la terrible palabra: ¿qué poder tiene la sabiduría de nuestros antepasados para someter nuestra ilimitada y personalista libertad moderna, nuestro derecho al egoísmo?
Todos estos críticos de la realidad, pues lo que llamamos los carcas realidad, no es otra cosa que una construcción social opresiva, cuando tengan dolor de cabeza, siguiendo su lógica, no buscarán un paracetamol, pues su dolor de cabeza es de interpretación relativa. ¡Paracetamol, constructo patriarcal opresivo!
Por eso, el Estado Español no puede ser laico, es decir, libre de toda interpretación ética predeterminada, porque España es católica o no es, independientemente de toda sesuda creencia personal. Es decir, en nuestro ser existe algo que nos trasciende, superior a cada uno de nosotros, de nuestros egoísmos y comodidades, que nos hermana, que nos hace humildes.
El relativismo parece algo cómodo, quita responsabilidad, pues cualquier pensamiento o acto puede ser justificado, cada uno tiene su verdad (un absurdo racional, una aporía interesada); nada merece la pena ser defendido. No hay compromiso, no hay lucha. Excusa perfecta para la cobardía. Uf, qué tranquilidad.
Aquella aparente tranquilidad, como hemos indicado antes, es el camino del desequilibrio y la aniquilación de la persona, del criterio y de la sociedad, sustento del canalla, pues nos convierte en masa manipulable, y así, a golpe de Real Decreto, vamos perdiendo España.
Con el espíritu relativista, la falsa tolerancia se convierte en dejadez, y el alma se debilita, se incapacita para entender la verdad, para distinguir el bien del mal, la belleza de la fealdad y nos aleja el heroísmo. Qué conveniente.
La falsa compasión, incrustada en la mente del relativista, nos destruye: dejad que la naturaleza crezca libre, no interfieras en ella; destruye los pantanos para que los pececitos naden con feliz libertad; los pobres ocupas tienen derecho a una vivienda; las fronteras son inhumanas; repartamos la riqueza… Evolucionemos hacia el progresismo de la agenda verde, tan benevolente, tan libérrima, tan progresista.
No juzgues, deja vivir; y así, dejamos de comprender. Sin juzgar no podemos tener criterio, sin criterio no podemos actuar, no podemos comprender, no podemos ser justos. Quizá sea eso lo que quieren.
Como el ser humano necesita trascendencia, puntos de referencia superiores, al alejarse de la religión, al perder los puntos de referencia, comienza a sentir como religión, a tratar como tal, a cualquier doctrina de moda, por estúpida que esta sea.
El antidogmatismo es una forma de dogmatismo encubierto, estéril y peligroso; y, si todo es adoctrinamiento, elijamos el del bien, la verdad, la belleza; el nuestro, que, además, es el más sublime.
Por todo esto, nos hemos alejado del rito, de la cortesía, del estilo, pero el rito es lo que nos une a la tradición; a mayor alejamiento de las maneras, del rito, social o religioso, mayor ruptura con nuestras raíces, quizá por ello esta nueva Iglesia de la trivialidad, desnaturalizada, menosprecia el rito que facilita el recogimiento, la piedad, la comprensión.
Ahora, presos de la gratificación inmediata, nos animalizamos, vivimos para la satisfacción del placer inmediato; sin arraigo en la tradición, perdemos el presente y el futuro.
¡¡SI SE DEBE, ME ATREVO!!
¡¡SUUUS!!
Amadeo A. Valladares Álvarez | Escritor. Presidente fundador del movimiento Nuevos Tercios
Tags: España, Tradición, Religión, Catolicismo, Relativismo, Identidad, Cultura




