El hombre encogido | Amadeo A. Valladares Álvarez

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Cualquiera que fuere mi fortuna, no dirá el mundo que falto a lo que debo, a lo que soy. Algo así de tremendo sentenció un loco español, quizá, aquel que tuvo la dicha de estar en la más alta ocasión que vieron los tiempos.

Pero estos tiempos no parecen ser de grandes ocasiones, pues nos tocó vivir tiempos mezquinos y cobardes, zafios y estúpidos.

Hemos olvidado las grandes lecciones de nuestra historia, de nuestra hidalguía, porque nos hemos olvidado de ser españoles, de ser nosotros; de ser.

Hoy, nos toca sufrir el momento histórico más decadente, en el que nuestro peor enemigo no es el torpe que vocifera, que destruye y toma nuestras calles, que vive parásito del que trabaja y aporta a la sociedad, entendiendo esto, además, como un deber. No lo son las hordas que nos invaden asaltando impunemente nuestras sagradas fronteras, ni los que gobiernan desde Madrid, Estrasburgo o Bruselas, ni los grandes poderes plutocráticos mundialistas; nuestro peor enemigo es el hombre disminuido.

Nuestro momento, nuestra moda, es aplastantemente nihilista y hedonista, obsesivamente (por ello) egoísta, sin principios trascendentes por los que luchar, en los que creer; nuestra sociedad actual se bestializa, se animaliza, y, como los animalitos (que Dios bendiga), cada uno busca su bien personal e inmediato, y, narcotizado con esta obsesión, se incapacitan para tener voluntad y una visión trascendente.

Este hombre apático, egoísta, intrascendente, es nuestro verdadero enemigo, el que ha permitido la subordinación de nuestros principios a la moda antiintelectual y perversa. Incapacitado para la lucha, es la masa que hace el caldo de cultivo a nuestra destrucción.

Cultura, entendimiento, criterio: espíritu y estilo, esto es lo que necesitamos. Dicho en palabras de nuestro genio D. Francisco de Quevedo: «A la fuerza del entendimiento y la virtud no hay fortuna que la venza, ni tiranía que la oprima». Cultura, entendimiento y virtud, ¿será mucho pedir al hombre moderno?

Las culturas extrañas, exóticas, invaden y someten Europa, pero la culpa no es del invasor, la culpa es del hombre disminuido, que no se atrevió a ver, que nunca quiso mirar de frente el problema, y luchar por sus valores; que no se atrevió a aceptar la realidad. En España, aunque no quieran apreciarlo o aceptarlo, estamos acabando con las reservas de integridad de nuestros padres, de las que aún vivimos, por las que aún sobrevivimos.

Ilustre y destacada edad aquella en que el honor era la moda.

No nos engañemos, con todo y nuestro actual estado de bienestar, o quizá por ello, la verdadera edad oscura es la que nos toca sufrir hoy.

El ejercicio de las virtudes y los principios de ellas emanados, es la luz; su desprecio y olvido es la oscuridad. La comprensión de nuestra tradición y su defensa, es la luz, traicionarla es la oscuridad y la decadencia. Y, todo este vacío de entendimiento y heroísmo, se nutre en el caldo de cultivo de la masa aborregada del hombre disminuido.

Las leyes injustas, el atrevimiento soez y la estupidez que campea a su antojo por nuestra doliente nación, no existiría sin la indolencia del hombre (ser animado racional, varón o mujer, dice nuestro actual diccionario de la Real Academia; bueno, lo de racional podría discutirse)* disminuido.

La solución es tan clara como difícil y necesaria, y está señalada arriba: el retorno a nuestra tradición (que es historia y selección) y al heroísmo.

Otra curiosidad de nuestro libérrimo estado de bienestar (democrático, claro, muy democrático), es la epidemia de depresiones y el número de suicidios. Y es que en estos tiempos tan alejados del verdadero bien trascendente, se ha olvidado que el ejercicio de las virtudes es el único camino de felicidad y fortaleza, camino que, por extraño que hoy parezca, es más feliz y satisfactorio cuanto más esforzado y heroico sea.

Cuando yo estaba en el colegio, en aquellos lejanos y oprobiosos años de la terrible dictadura innombrable (¡hay que ver lo que sufrimos en aquellos tiempos!), me decían (pobre de mí) que el trabajo era la aportación feliz y debida al bien común y el desarrollo de la patria (perdón, ¿aún se entiende esta palabra?). Ese trabajo en la comunidad, era la apertura de la persona hacia el servicio a los demás, hoy degradado a concepto de opresión, era satisfacción personal y fuente de fortaleza y contento, garantía de futuro. Cosas antiguas, soy un nostálgico.

El hombre disminuido es débil y cobarde, busca el bienestar material inmediato, como cualquier animalito. La razón más elemental le dice que España se pierde, y que su estado de bienestar también peligra, pero es incapaz de reaccionar virilmente (con perdón), heroicamente, o, sencillamente, de una manera racional.

Y es que, la razón sin la voluntad, es solamente un adorno inútil; con razón decían antiguamente, muy antiguamente, que al hombre se le mide por su voluntad.

Y, para desgracia nuestra, ese hombre disminuido, mezquino y cobarde, también está en posiciones de poder político, social, y hasta en nuestras fuerzas de seguridad, de orden público. Ellos tienen una culpabilidad especial por su alta responsabilidad, pues al que más se le dio, más se le debe exigir. La traición está de moda, y hay culpables desde el rey hasta el último vasallo.

Parafraseando a nuestros clásicos para blasonar estas palabras, diremos: sabe el español morir, mas no rendirse a lo que es injusto, que el que tiene a la razón y la virtud por baluarte, la muerte le corona de victoria.

¡¡SUUUS!!

*Antes, nuestro diccionario decía que el hombre era un animal racional, y que comprendía a todo el género humano. Quizá nuestra Real Academia, benevolente, no quiso echar más leña al fuego en estos tiempos tan animalizados, y cambió animal por ser animado.

Amadeo A. Valladares Álvarez


Tags: España, Tradición, Honor, Nihilismo, Quevedo, Cultura, Virtud

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