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Hay una escena que se repite estos días en sobremesas, grupos de WhatsApp y a la salida de misa. Alguien comenta que las encuestas pintan bien y otro, con gesto de haberlo visto todo, sentencia: «Da igual. Ganará otra vez. Este no se va ni con agua caliente». Y el resto asiente, como quien acepta un diagnóstico terminal.
Los números dicen otra cosa. A poco más de cinco semanas del 29 de noviembre, Sigma Dos da a PP y Vox 203 escaños y el 51 % de los votos. 40dB les da el 50,8 %. DYM, entre 200 y 208 diputados. Y, sin embargo, buena parte de la derecha vive esta campaña como un velatorio. Las razones son tres: la astucia del personaje, la supuesta estulticia de un pueblo que «se lo traga todo» y el fraude, con Venezuela como espejo.
Hablemos del fraude sin ingenuidad, porque motivos para desconfiar sobran. El censo de residentes en el extranjero ha crecido en más de 400.000 electores desde 2023. El Supremo examina si el Gobierno estiró la ley de nietos más allá de su letra. Mientras lo decide, ha suspendido el voto de 163.020 inscritos por esa vía, porque ni la Oficina del Censo ni los consulados saben distinguir quién cumplía los requisitos. La Abogacía del Estado recurrió y perdió. Entonces Ángel Gabilondo, Defensor del Pueblo y exministro socialista, corrió al Constitucional a pedir medidas «cautelarísimas». Este miércoles, el Pleno le cerró la puerta por diez votos a dos. Añadan el voto por correo, gestionado por una empresa pública cuya cúpula nombra el Gobierno y de cuyos directivos Feijóo ha dicho abiertamente que no se fía. Y el precedente de Melilla, donde en 2023 se compraron votos por correo y hubo condenas.
¿Era paranoia? No. Era vigilancia, y de momento ha funcionado.
Esa es la diferencia con Caracas. En Venezuela, en 2024, la oposición reunió las actas de la inmensa mayoría de las mesas y demostró la victoria de Edmundo González. El régimen proclamó a Maduro sin enseñar un solo resultado mesa por mesa, porque allí ya no quedaba un juez capaz de decirle que no. Aquí todavía los hay. Y sigue en pie lo más sólido del sistema: cada mesa la forman vecinos elegidos por sorteo, el escrutinio es público y los interventores se llevan copia del acta firmada.
Las grietas existen, pero se tapan con la acción, no con lamentos. Que no quede una mesa sin interventor, que quien pueda vote en persona, que cada acta se fotografíe. Y, sobre todo, que el margen sea tan amplio que ninguna trampa alcance. El desánimo de cien mil votantes hace más daño que cualquier maniobra en una oficina.
Para un español de bien, además, la desesperanza no es una opinión política: es una tentación. La esperanza es virtud teologal, no un estado de ánimo que dependa de la última artimaña del gobierno.
Sánchez lleva años viviendo de nuestro cansancio. El 29 de noviembre podemos negárselo con algo tan poco heroico como ir a votar.
Alfonso P. Sanz | Jurista y escritor
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