Una historia de España imposible | Pío Moa

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Una pintoresca historiografía, autodeclarada científica para más chiste, se ha complacido en pintar un cuadro sumamente lúgubre de la España del siglo XVI. Se ha hecho tópica la descripción del siglo XVI español como época de  ruina popular y bancarrotas del estado, tras la relativa prosperidad  bajo los Reyes Católicos: hambre, pobreza, mendicidad, escaso comercio, una población despojada dominada por una oligarquía de grandes señores parásitos, cerriles, dueños de casi todo, y sobreabundancia de clérigos ignaros o corruptos y de hidalgos preocupados de su honor y de no trabajar. El mal habría nacido de la expulsión de los judíos, el sector supuestamente más culto y productivo, agravado en el siglo XVII por la expulsión de los moriscos, otro sector productivo, al revés que los cristianos viejos obsesionados por la limpieza de sangre y orgullosos de no saber leer ni conocer oficio práctico. Carlos I y Felipe II habrían desviado al país de su “natural” expansión por el norte de África, embarcándolo en  aventuras internacionales que solo interesaban a ellos: Carlos, porque le atraía el Sacro Imperio y no España, a la cual habría usado como simple peón; y Felipe II por un tétrico fanatismo religioso. Así España, en particular Castilla, habría quedado pronto exhausta en guerras absurdas, mientras el resto de Europa se modernizaba y prosperaba.

Punto esencial del tópico es la Inquisición, que habría asfixiado la vida intelectual y hasta despoblado el país. “Un imperio amasado con oscurantismo y miseria”, vino a resumir Azaña. Para unos, España constituyó una rémora para Europa entera y habría sido deseable su derrota por potencias más progresistas; según otros, el país se desvió del camino correcto y se volvió “anormal”, “enfermo”, como indicaba Ortega. Según quiénes, el “desvío” habría salido de la derrota de los comuneros, de la reconquista contra los ilustradísimos y tolerantes musulmanes, o del mismo Recaredo.

Estas versiones no suelen sustentarlas hoy los historiadores (a veces se traspasan al siguiente siglo), pero han calado en gran parte de la población, los políticos y los medios de masas. Manía algo cómica de muchos intelectuales, sobre todo después del “desastre del 98”, es la de señalar los “errores” del pasado, la política que habían debido seguir Carlos y Felipe para satisfacer a sus acertados jueces, o acusar al siglo XVI de los males actuales. Manías indicativas de una decadencia intelectual cierta.

Para justificar tales juicios se han invocado indagaciones en archivos, testimonios de contemporáneos españoles y extranjeros, obras literarias como El Lazarillo, etc. Cualquier tendencia histórica general integra siempre factores de sentido contrario o dispersivo, y basta centrar la atención en estos para trazar un panorama de aspecto documentado, pero ilusorio. Con respecto a la España del siglo XVI, un imperio construido con miseria e ignorancia habría sido tan imposible que el historiador H. Kamen ha concluido que no existió un Imperio español, que fue solo una especie de manejo del naciente capitalismo europeo que utilizó a España como instrumento. 

La evidencia, aquí muy someramente reseñada, es que España construyó un imperio gigantesco, en la mayor parte del cual se sigue hablando español, que exploró el océano Pacífico y puso en comunicación y comercio, por primera vez en la historia, a todos los continentes habitados, cuando las demás potencias europeas apenas iban más allá de la  piratería. Y que afrontó el expansionismo otomano, el francés y el de la internacional protestante, cada uno de ellos superior materialmente a España; y si bien no alcanzó a derrotar por completo a ninguno de ellos, los venció una y otra vez, los contuvo y finalmente les marcó límites. Simultáneamente  desplegó una cultura potente y original en literatura, pensamiento, arquitectura, música o pintura. Esta última recibió fuertes influencias de Flandes y de Italia, y contó con maestros como Juan de Juanes, Luis de Morales, Fernández Navarrete o Sánchez Coello, o Pacheco, que preludian a los grandes del siglo siguiente. El Greco, de origen griego y formado en Italia, pero españolizado, supo captar  aspectos místicos y caballerescos del espíritu hispano del siglo.

La visión de un país económicamente menesteroso, repleto de parásitos, falto de gente capacitada en casi cualquier terreno, cruel y fanático pero impotente, es absurda, como apuntaba el ya citado Julián Marías: habría quebrado muy pronto como una caña seca.

Otros datos descartan la lúgubre versión hoy tan popular. A falta de cifras precisas, suele aceptarse que la población pasó de cinco-seis millones a principios de siglo a siete-ocho millones al final. La población, por tanto, habría crecido considerablemente, cosa imposible en medio de la miseria e ineptitud técnica. Ponderar ese aumento exige contrastarlo con las epidemias y hambres que plagaban recurrentemente a toda Europa. No se repitió una peste como la del siglo XIV, pero Inglaterra sufrió en el XVI nueve episodios graves, y algo parecido Francia y los demás países. Por supuesto, también España, como las epidemias de 1507, 1557, 1580, y sobre todo la de 1596-1602. Estas plagas fueron las mayores causas de mortalidad masiva. Después vienen las hambrunas, que afectaban hasta a las regiones europeas más ricas, aunque posiblemente España las padeciera más, debido a su menor fertilidad general.

Las guerras, en cambio, dañaron poco a España, que se libró de las más mortíferas, las  civiles de  Alemania, Francia, Flandes o Inglaterra (si incluimos a Irlanda). Y las externas no parecen haber impuesto un grueso tributo de sangre: debieron de ser más despobladoras las incursiones islámicas por Levante y Andalucía. Tampoco pesaron los emigrantes a América, un máximo de 300.000, menos de 3.000 al año, y probablemente la cifra real sea la mitad. España recibió a su vez bastantes inmigrantes transpirenaicos.

Vale la pena señalar hasta qué punto los testimonios contemporáneos suelen ser impresionistas y parciales (como hoy: piénsese en las cifras de bajas de la guerra civil del 36 circuladas durante décadas). Los testimonios, necesarios, deben acogerse, no obstante, con espíritu crítico. Si tomásemos al  pie de la letra una multitud de quejas e informes del siglo XVI, concluiríamos que España hubo de acabarlo con la mitad de población que al principio. En el siglo XVIII, el marqués de la Ensenada atribuirá la “despoblación” del país a las guerras y la emigración a América. Pero España tenía la población que podía tener, pues su suelo, debe insistirse, tiene en general peor calidad y menos lluvias que detrás del Pirineo, y su parte húmeda es muy abrupta, condiciones determinantes cuando la  agricultura era en todas partes la base de la economía.

Felipe II ordenó medidas novedosas en Europa, como un recuento y descripción del país municipio por municipio. Por desgracia no se completó, pero abarcó a 700 pueblos que no ofrecen señales de estar arruinados. Otro indicio son las pinturas de ciudades españolas que el rey encomendó al flamenco Antoon  van der Wijngaerde (Antón de Viñas): se aprecian unas concentraciones urbanas considerables, monumentales y de notable belleza. Muchas de esas ciudades tenían estudios superiores. En ese siglo se fundaron las universidades de Valencia, Sevilla, Santiago de Compostela, Granada, Zaragoza y Oviedo, y otras luego desaparecidas como la de Oñate (la de Barcelona se fundó a mediados del siglo XV, y la Complutense a finales). La proporción de titulados universitarios, una de las más altas de Europa, indica lo mismo. La mayoría de las ciudades creció, y Sevilla se convirtió en una de las mayores de Europa. Obviamente, aquellas ciudades, como las universidades, las armadas, la organización militar, etc., no eran obra de analfabetos y gente alérgica al trabajo, ni tampoco de judíos o mudéjares.

En este contexto general deben entenderse factores contradictorios como las crisis de subsistencias, las bancarrotas, la mendicidad, etc., que relativizan, pero no impiden la situación y tendencia global, esto es, el mayor  esplendor político, bélico, de pensamiento, literario y artístico que haya vivido España en su dilatada existencia.

(Fragmentos de «En Nueva historia de España»)

Pío Moa | Escritor