Cuando la política lo devora todo | Daniel Sánchez Páez

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Hubo un tiempo, hoy casi olvidado, en que la política ocupaba solo un pequeño espacio en la vida de las personas. El ciudadano cumplía con sus deberes públicos, votaba y debatía sobre impuestos o política exterior, pero luego regresaba a lo que verdaderamente importa: el trabajo, la fe, la familia, la literatura, la música o el deporte. Esos ámbitos eran santuarios de libertad, espacios neutrales donde la convivencia era posible porque no estaban contaminados por la lucha partidista.

Ese antiguo equilibrio se ha roto de forma violenta. La política ya no se detiene en el parlamento; impregna el entretenimiento, la educación, los negocios y hasta el lenguaje más íntimo. Hoy vivimos en una cultura de la movilización permanente donde todas las instituciones exigen una participación ideológica activa. Lo vemos en el esperpento de los boicots a Israel en el festival de Eurovisión por conflictos geopolíticos, o en la exclusión de atletas ruso o iraníes de competiciones internacionales por el mero hecho de su nacionalidad. Incluso el silencio o la indiferencia ante la última causa de moda se interpretan ahora como un acto de agresión política. Se nos ha prohibido el derecho a no tener opinión.

La desaparición gradual de la vida apolítica

El problema trasciende el simple desacuerdo. Estamos presenciando la desaparición gradual de la vida apolítica, esa dimensión del ser humano que existe fuera del Estado. Hoy, prácticamente todo —desde lo que compramos hasta lo que leemos a nuestros hijos— viene cargado de un significado ideológico prefabricado. Todo debe justificarse políticamente antes de poder existir legítimamente en el espacio público.

La sociedad moderna está repleta de instrumentos de control estatal, desde los más triviales hasta los más coercitivos, diseñados bajo la premisa de «ahorrarnos la molestia» de pensar por nosotros mismos. Estos mecanismos constituyen intrusiones brutales en la privacidad, ejerciendo una supervisión constante sobre la conducta. El Estado político moderno ya no se conforma con gobernar la sociedad; busca definir su significado por completo, convirtiéndose en el único árbitro de la moral y la verdad.

De la democracia a la dictadura permanente

Las sociedades democráticas occidentales están derivando, no hacia una tiranía manifiesta de estilo antiguo, sino hacia una condición de tutela permanente, esto es, una tiranía blanda. En este escenario, los ciudadanos se vuelven cada vez más dependientes de sistemas administrativos que regulan minuciosamente la vida cotidiana. Es un despotismo blando, una administración terapéutica que trata al ciudadano no como un adulto responsable, sino como un sujeto que debe ser gestionado y supervisado por su propio bien.

Esta tendencia ha infectado la cualidad misma del sentimiento. La comedia ya no se juzga por si hace reír, sino por si cumple con los cánones de la corrección política del momento. El arte ha dejado de buscar la belleza para convertirse en activismo de pancarta. El deporte, antes un espacio de mérito y evasión, se ha transformado en un teatro moral donde los atletas deben arrodillarse ante consignas ideológicas. Incluso la educación se centra más en la formación de cuadros políticos que en la transmisión de conocimientos sólidos. Lo más trágico es que las evidentes absurdidades de este activismo a menudo no provocan risa, sino temor, porque vienen marcadas con una connotación política que puede destruir la vida profesional de quien se atreva a señalar que «el emperador está desnudo».

El Estado terapéutico y la falsa liberación

El Estado moderno trata la cultura no como una herencia civilizatoria independiente que merece protección, sino como materia prima que debe ser supervisada, manipulada, corregida y alineada. El antiguo ideal del individuo realizado y autosuficiente está siendo sustituido por el «sujeto terapéutico»: un individuo gestionado, supervisado, adoctrinado y controlado, a quien se le garantiza perpetuamente su libertad siempre que esta coincida con los intereses de «nuestra democracia».

Es imposible no recordar el eslogan, ahora discretamente borrado pero siempre presente, del Foro Económico Mundial: «No poseerás nada y serás feliz». Esta es la culminación de la ilusión del hombre político. La dependencia total del Estado y de las estructuras globales se disfraza de liberación. La administración se convierte en terapia y la felicidad del hombre libre se transforma en la satisfacción impuesta de quien se ha sometido al sistema. Una vez que la política asume la responsabilidad de construir el significado moral de la vida, no queda límite real al control estatal. Cada ámbito de nuestra existencia se vuelve potencialmente político, pues cada uno puede contribuir a la conformidad o a la disidencia.

Fragmentos de civilización: La resistencia de lo apolítico

Pero no todo está perdido. A pesar de este asedio totalitario de la ideología, aún quedan reductos de resistencia. Las instituciones intermedias, la sociedad civil genuina, la prensa que se niega a ser una oficina de propaganda, las pequeñas empresas y, sobre todo, las instituciones y obras culturales de gran valor conservan todavía fragmentos de la civilización que la política por sí sola no puede sostener.

Estas «fuerzas apolíticas» son vitales. Nos recuerdan que el ser humano es un ser espiritual que no puede vivir completamente encerrado dentro de un sistema ideológico sin sufrir un empobrecimiento fatal. Una civilización solo sobrevive mientras existan ámbitos de la vida —el amor, la amistad, el arte, la contemplación— que la política no pueda absorber por completo.

Cuando la política lo abarca todo, la civilización comienza a desaparecer para dejar paso a la burocracia. Recuperar el espacio de lo apolítico no es un acto de egoísmo, sino un acto de supervivencia civilizatoria. Debemos volver a reclamar nuestro derecho a vivir, trabajar y disfrutar sin pedir permiso a los comisarios políticos de turno.

Daniel Sánchez Páez | escritor


Tags: Politización, Ideología, Control estatal, Libertad individual, Cultura de la cancelación, Ingeniería social, Sociedad civil

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