⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos
Hace unos días, se presentó como nuevo partido político una agrupación llamada Núcleo Nacional, un grupo de patriotas que, dolidos por la destrucción de la nación más grande de la historia universal, España, la nuestra, salen con limpio brío juvenil en su defensa, ineludible obligación de todo buen español.
Se declaran neonazis, sustento innecesario, pues el nacionalsocialismo es consustancialmente antiespañol, ajeno, antítesis, a toda la enseñanza de nuestra excepcional Escuela de Salamanca, a nuestra hidalguía; a la gran obra histórica de nuestra patria.
A este respecto, suscribo las palabras del generalísimo Franco en las pocas entrevistas que en su vida dio (interprétese el concepto también para el nacionalsocialismo): «Nosotros no somos fascistas, porque el fascismo es incompatible con el catolicismo». «Para nosotros, los españoles, no hay ideologías extranjeras que puedan convenirnos». ‘No tenemos necesidad de importar nada, España se realizará volviendo a ser fiel a sí misma’. «Nuestro movimiento no es una imitación de sistemas extranjeros… es una vuelta a las esencias de la España tradicional, que nada tiene que pedir a lo de fuera porque lo tiene todo en su propia historia». «Nosotros no seguiremos a nadie. El nuestro es un movimiento puramente español, con raíces en nuestro suelo y en nuestro pasado. No necesitamos importar doctrinas ajenas a nuestro genio». Basta.
No obstante, la clara contundencia de sus respuestas en la rueda de prensa, es el tono y el mensaje que necesita nuestra aturdida patria para despertar, para nutrir ese aliento histórico que nos hizo únicos, para sacudir nuestro genio. La supuesta corrección política, que no hace otra cosa que empañar las causas, ya hizo bastante daño.
A los españoles (no a todos, como resulta evidente), les ha pasado lo que se manifiesta en aquel experimento etológico, donde las aves que son presas de las rapaces, de tanto ver la silueta de su depredador en el cielo, sintieron que ya no serían sus víctimas.
Nos han atiborrado de inmundicia moral e intelectual, hasta el punto de no reconocernos a nosotros mismos, y han convertido a los otrora heroicos y orgullosos españoles, en afeminados cobardes sin identidad ni juicio. Y ya se sabe, pueblo afeminado, presto conquistado. La invasión actual de nuestro suelo así lo evidencia. Entiendan las feministas progresistas, el término está utilizado de manera laxa y peyorativa, para señalar una desnaturalización mórbida; como la suya, por cierto.
Volver a nuestras raíces es también recuperar nuestra bravura, nuestro arrojo perdido, esa valentía heroica, indómita, que hacía temblar al enemigo, y que blasonábamos con nuestra propia sangre.
Pero aquella audacia española no era bárbara, salvaje, era gallardía templada en la hidalguía, porque hidalgo podía ser desde el rey hasta el último vasallo, y aún este un poco más que aquel, cuando aquel era extranjero, incompetente o traidor.
Por eso, recuperar el estilo de la hidalguía es recuperar España.
Los españoles pueden ganar otro mundial de fútbol, o balompié, mientras pierden España.
Todos (bueno, los amantes del traidor secesionismo y los terroristas no), saldremos eufóricos a la calle, podremos festejar con emoción nuestro triunfo deportivo con la selección nacional (poco a poco menos nacional), pero no nos movemos ante la invasión promovida por los globalistas externos y los traidores internos, traición de la que, por activa o por pasiva, pocos escapan. El egoísmo y el hedonismo nihilista han tomado nuestra alma, y se apoderan, como parásitos de la moral y la razón, de nuestra patria.
España (como Francia, el Reino Unido o Alemania) se está convirtiendo en una palabra sin más contenido que el administrativo. El verdadero sentido de aquel término entrañable, pierde su significado.
Se queman nuestros bosques (la culpa es del cambio climático), se arruina nuestras industrias y empresas (ahora somos europeos), aumentan los impuestos (de algo tiene que vivir el Estado intervencionista), nos mienten en las escuelas y los medios (debemos seguir la ley), destruyen los pantanos y a nuestros campesinos y ganaderos (benevolente política verde), los españoles ya no quieren tener hijos (pero vienen a sustituirnos desde África los que sí los tienen), nos asesinan extraños y violan a nuestras mujeres en nuestras propias calles (sensible humanismo incluyente)… Lo importante ya no es España (España es solamente un nombre, una administración), lo importante es seguir siendo demócratas, europeos.
Ya no podemos ni tener la esperanza de aquella manifestación de D. Ramiro de Maeztu, España es una encina medio sofocada por la hiedra…, porque están envenenando su sabia, porque desaparecen sus hijos sustituidos por extraños; y sin hijos, ninguna patria se sostiene.
El patriotismo chiquito y emocional del mundial, ya infectado de modernismo incluyente, no sirve para hacer frente a tanto desastre, y quizá sea una vía para seguir el curso de los acontecimientos; total, si sabe dar patadas al balón, puede ser español. Buen artificio.
Tras la euforia, esconderemos las banderas (no sea que nos confundan con fachas), encogeremos el corazón, y volveremos a nuestra mezquina realidad cotidiana.
Esta euforia patriótica (sana pero débil), me recuerda a la febril manifestación de toda España ante el abyecto y crudelísimo asesinato del joven Miguel Ángel Blanco por los terroristas que hoy son legales, y están hasta en el gobierno de España; ¡por fin era la canalla terrorista la que temblaba! Parecía su fin, porque España unida es invencible.
Pero, aparecieron los sesudos famosos, los politicastros de turno (qué tendrían que perder): no a la violencia, no seamos como ellos. Paz, calma. Y aquella paz impostada, me recordó a las palabras de Unamuno en su obra Vida de Don Quijote y Sancho: «No oís hablar de paz, de una paz más mortal que la muerte misma, a todos los miserables que viven presos de la mentira… ¡Raza de víboras la de esos que piden paz! Piden paz para poder morder y roer y emponzoñar».
Manos blancas pedían, cuando el honor y la razón de España exigían manos rojas, rojas de la sangre de toda la canalla asesina. Pero las manos blancas de la cobardía y la pusilanimidad democrática, sin identidad, se impusieron, y España retomó el fácil camino de la dejadez insultante.
España ya no tiene gesto, porque ha perdido el pulso de su genio, de su alma.
¡¡SI SE DEBE, ME ATREVO!!
¡¡SUUUS!!
Amadeo A. Valladares Álvarez | Escritor. Presidente fundador del movimiento Nuevos Tercios
Tags: España, Política, Nacionalismo, Tradición, Partido, Identidad, Historia




