No es lo mismo | Álvaro Gutiérrez Valladares

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Algunos españoles, hartos de su sensación de impotencia frente a un gobierno a la vez soberbio e incompetente, empezaron a organizar unas manifestaciones coincidiendo con el relajamiento de algunas de las restricciones a la movilidad del estado de alarma. No se hicieron esperar los reproches. Los míos también, lo reconozco, pero sobre todo desde la izquierda. Primero, el ataque a los «Cayetanos» como pijos egoístas que ponían en peligro la salud pública y el sacrificio de todos. Luego, cuando las demás manifestaciones sí mantuvieron medidas de seguridad (manifestándose desde sus balcones en caceroladas o desde sus coches en la calle) nos llegó a extrañar que los defensores del 8-M siguieran protestando como si los famosos fómites con los que tanto cuidado hemos aprendido a tener fuesen ideológicos. Y así se explica que los bulos que quiso conseguir controlar el gobierno se extendiesen no sólo a temas estrictamente sanitarios sino en general a cualquier malestar frente a su gestión.

Ya supondrán ustedes que hoy voy a hablar de la hipocresía de la izquierda con respecto a las manifestaciones recientes de solidaridad con Black Lives Matter en España. Pero es ya más que habitual en el discurso público español el dedicar una atención intensa a la hipocresía e incoherencia real o aparente del contrario. Desde luego que la hay en este caso, es imposible negarlo. Basta con ver que aplaudan las manifestaciones algunos de los mismos que se frotaban las manos como Echenique ante las manifestaciones de Núñez de Balboa por la oportunidad que les brindaba de blanquear la gestión del gobierno que permitió todas las actividades públicas del 8 de marzo (que se contagien los que haga falta con tal de llenar los periódicos de fotos de morado). Es evidente, y precisamente por evidente aburre. Y además, de todas formas siempre se puede señalar otros (muchos, aunque a veces parezca que no) que condenan ambas manifestaciones; con lo que no tiene demasiado recorrido como crítica política. Sea por coherencia o por tener el mínimo sentido de la vergüenza ante la idea de contradecirse sin que dé aún la vuelta el ciclo mediático y la amnesia colectiva haga asumible el cambio de planteamiento, el caso es que hay bastantes que aceptan la necesidad de criticar ahora a sus amigos con tal de no tener que disculparse con sus adversarios. No, no nos toca hablar tampoco de ellos. Hoy toca hablar de un tercer grupo, mucho más interesante. Una voz en el panorama político que nos tiene que llamar mucho la atención, porque nos deja vislumbrar un futuro sugerente para el debate público. No son los pandemistas coherentes, que mantienen las mismas premisas por las que criticaron a los ajenos ayer aunque tengan hoy que criticar a los propios. Ni tampoco son los incoherentes que condenan una manifestación por ser un peligro a la sanidad pública y aplauden otra porque se olvidan de la necesidad de mantener dos metros de distancia con todo hijo de vecino sobre todas las cosas. Son una segunda categoría de coherencia, que ataca al enemigo no por lo que hace, sino porque es el enemigo, y aplaude al amigo de la misma forma incondicional.

El gusto en parte de la derecha por la escrupulosa neutralidad del sistema liberal entre posturas ideológicas enfrentadas nos lleva a defender ideas extrañas. Hay quienes disfrutan de decir, con tonos solemnes y dándose palmaditas en la espalda, aquello de Voltaire (o más bien de su biógrafa): «estoy en desacuerdo con lo que usted dice, pero defenderé  hasta la muerte su derecho a decirlo». En ese momento alzan la frente y cierran los ojos, como para recibir el aplauso de la multitud que admirará tal magnánima defensa de la libertad de expresión y la convivencia en la pluralidad. Sin embargo a menudo esta postura acaba siendo la muerte del debate público, y es un planteamiento que nuestros oponentes no comparten. Si alegamos que cualquiera tiene derecho a decir lo que le parezca entonces es probable que no nos molestemos en preguntar si es verdaderamente bueno que aquello se diga. Y acaso sea imposible hablar de qué será realmente la mejor forma de garantizar el bien común si tengo que dar la vida por defender cada memez que pronuncia el tonto de turno.

Si no podemos hablar del contenido del discurso ajeno, por no entrometernos en su sacrosanta libertad de expresión, entonces nos vemos limitados a ver si hay alguna laguna en la coherencia interna de su discurso. Si hoy dice azul donde ayer dijo amarillo podremos salir victoriosos mostrando que él y no yo adolece de hipocresía. Sin duda, una vez se sepa, sus votantes le abandonarán en tropel atraídos por nuestra sublime consistencia y pureza dialéctica. Y sin embargo no ocurre. Y siempre perderemos con este juego, porque es tanto como insistir en jugar al ajedrez con fichas de parchís. El juego de la izquierda es otro, es el juego del poder. No se trata de si uno sigue un relato perfectamente coherente, ni mucho menos de si sigue unas normas procedimentales iguales para todos. El problema no es si una manifestación sigue normas de seguridad para evitar el contagio de los congregados y otra no. El problema, para ellos, es que una manifestación persigue un fin bueno y la otra un fin malo. Es decir, han recuperado desde la izquierda el lema abandonado de la Reacción: «El error no tiene derechos.» Y mientras nosotros estemos dispuestos a fingir que cualquier desvarío febril (desde el desmembramiento de España hasta el laicismo anticlerical, pasando por la declaración de la III República) son respetables siempre y cuando sigan los procedimientos establecidos, van a ganar ellos, que están dispuestos a decir «No, eso es inaceptable». Están dispuestos a decir que hay cosas que te vas a tener que callar.

La derecha, por su parte, vacila entre abrazar esta nueva tendencia al debate sustantivo (qué se puede decir y qué es tan aberrante que no tiene cabida) o mantenerse abrazada al procedimentalismo liberal. La respuesta del pin parental frente a la insistencia del gobierno a dirigir la educación moral de los niños contra las convicciones morales de sus padres, por ejemplo, es una respuesta desde la lógica del procedimentalismo liberal. No se trata de decir si es buena o mala la moral sexual que están intentando inculcar a las nuevas generaciones sino de si los padres consienten o no en que la enseñen. Como herramienta momentánea de defensa puede ser útil, pero si esa es nuestra única baza, perderemos irremediablemente. El debate insulso sobre si los derechos de los padres o la interpretación del gobierno del derecho de los niños a la educación tienen primacía no nos llevará a ninguna parte, igual que el debate sobre si se es o no hipócrita al criticar tal o cual manifestación no lleva a ninguna parte. Es hora de hablar de contenido. Debemos tener la valentía de decir que queremos un país que honre a Dios, no uno que lo desprecie; que busque el bien común, y no la satisfacción de los caprichos individuales; que mantenga la tranquilidad en el orden, y no se disuelva en la anarquía; que respete la autoridad, y no encumbre el egoísmo como norma última. Debemos decirlo, sí, y que sea ésta la norma por la que juzguemos la legitimidad de cualquier acto político.

Álvaro Gutiérrez Valladares | Escritor