Dos titulares, y los dos del mismo periódico (El País), mostraban interpretaciones diferentes de un mismo fenómeno: en el primero, “Un padre mata a su bebé al tirarse con ella por una ventana del hospital de La Paz” (Madrid, 2017); en el segundo, “Mueren una mujer y su hijo tras tirarse ella de un sexto piso con el niño en brazos” (Murcia, 2018). En ambos casos, progenitores que mataban, y se mataban, con sus hijos; pero parecía, para la prensa, que la mujer no podía matar, no podía ser violenta, no podía acabar con la vida de su vástago.

Las redes sociales subrayaron, e hicieron viral, esta diferencia. Y han abierto el debate sobre la realidad, cualitativa y cuantitativamente, de una posible categoría sociológica y dimensión criminológica: la “violencia femenina”, o “las mujeres que matan a sus hijos” (o que los agreden o secuestran) y ejercen violencia contra sus mayores, sus parejas o en el ámbito juvenil.

Se estudia la gran lacra de la violencia contra la mujer (que hay que solucionar), de la emergente violencia filioparental (que tanto sorprende) o la recurrente violencia escolar (ahora llamada bullying) desde presupuestos interpretativos de naturaleza social y cultural, más allá de puntuales patologías psicológicas o el azar del destino. ¿Y se podría también hablar de esta “violencia femenina”, objeto de debate, como hipotética interpretación sociocultural, ejercida por las mujeres contra sus propios vástagos o en otras variadas dimensiones?; y si fuera así, ¿respondería, igualmente, a la manifestación de una mentalidad concreta que hay que estudiar y erradicar?.

Los llamados “filicidios” crecen progresivamente, pasando de aproximadamente diez cada año (entre 2008-2018 según el INE) a más de veinte en 2019, siendo parte de ellos cometidos por mujeres (con notable polémica, en algunos medios y partidos, sobre su número real). Hay casos históricos: la “parricida” de Santomera (Murcia) en 2002, la de Aragón en 2006, la de Valladolid en 2010 o la de La Alcantarilla (Jaén) en 2011, o en 2013 el famoso caso de Asunta Basterra y en 2014 el de una mujer en Madrid que acuchilló hasta la muerte a su niño de 2 años. Más recientemente, en 2018 podemos citar el ya señalado asesinato y suicidio en Murcia, el mediático homicidio del “niño Gabriel” en Almería o el cruel abandono de la bebé Camila en Málaga, y en 2019 el brutal crimen de Godella (donde la madre mató a sus dos hijos). Y en 2020 nos sacuden numerosos casos: una madre que mata a su niño de 5 años en un hostal en el centro de Madrid, un bebe recién nacido encontrado sin vida en una bolsa en Albacete, una madre detenida en Málaga tras ingresar su hijo muerto en el hospital con signos de malos tratos; y crecientes casos por medio mundo este mismo año: el de una madre alemana que mató a sus cinco hijos en Alemania (e intentó suicidarse sin éxito), el de una austriaca que le quitó la vida a sus tres niños y llamó tras ello a la policía, el de una irlandesa que hizo lo mismo estando en casa de baja por estrés, una brasileña que estranguló a su hijo de 11 años, o el de una boliviana que asesinó a su niño y le extirpó los órganos.

Hechos que podrían parecer puntuales y poco representativos. Pero, como señala la investigadora Beatriz de Vicente (ABC), mientras la mujer solo aparece en el 10% de los hechos de la criminalidad general en España, “el 70% de los filicidios están cometidos por mujeres” y “el 95% de los neonaticidios (cometidos en las primeras 24 horas de vida)” son responsabilidad de féminas. Al respecto, el profesor César San Juan señala que se “tiende a pensar que ellos son intrínsecamente “asesinos” y ellas intrínsecamente “enfermas”, por lo que es más probable encontrar padres filicidas en la cárcel y madres filicidas en el psiquiátrico” (The Conversation); y el Informe sobre el homicidio en España (2018) detectaba que, aunque la mujer cometía mucho menos delitos y homicidios que el hombre en nuestro país, ella lo hacía más en la dimensión interpersonal (80,6% de los casos) y con más frecuencia que el hombre en el ámbito doméstico o familiar.

Además, de los 320 “secuestros parentales” documentados en 2018, el 73% (233) fueron obra de mujeres (en el “Informe de Personas Desaparecidas en España” del Centro Nacional de Desaparecidos, dependiente del Ministerio del Interior), y por ejemplo, en 2019 decenas de mujeres de la asociación Infancia Libre eraninvestigadas por, supuestamente, haber secuestrado a sus hijos. Asimismo, por “maltrato infantil”, en 2019 una mujer fue condenada a un año y nueve meses de cárcel por agredir físicamente, vejar y maltratar psicológicamente a sus dos hijas en la comarca de San Sebastián, o en 2020 otra mujer fue sentenciada a tres meses de alejamiento en Vigo por maltratar a su hijo por sacar malas notas; y por violencia contra sus mayores, recientemente una mujer de 64 años fue detenida por maltratar a su madre anciana en Vitoria.

Además otras dimensiones de la supuesta “violencia femenina” comenzaban a estudiarse. Desde 2011 se empezaba a investigar sobre la posible “violencia invisible” ejercida por las mujeres contra los hombres en la relación de pareja (en menor número e intensidad que la ejercida por el hombre hacia la mujer): ese año siete hombres murieron a manos de sus parejas o exparejas, y el 25% de las denuncias por violencia correspondían a varones (“Informe sobre violencia doméstica” del CGPJ). Al respecto, para el abogado Felipe Fernando Mateo Bueno cada año entre veinte y treinta hombres fallecían a manos de esas “mujeres violentas”; y la abogada Yobana Carril denunciaba la existencia de numerosas “denuncias falsas” (aunque solo el 1% para el CGPJ) como forma de violencia (psicológica y legal) en procesos de separación y divorcio. Y en los últimos años se han publicado distintos trabajos sobre la violencia entre mujeres menores, especialmente en la educación secundaria y difundidas como “peleas de chicas” en las redes; fenómeno violento que para, Juana María Mejía Hernández y Eduardo Weiss, suponía la “construcción de una nueva identidad femenina” con “fuerte presencia de la violencia física que se difunde a través de los celulares, los medios y la red”, al asimilar atributos anteriormente considerados como propios de la masculinidad (RMIE)

Esta “violencia femenina” es un hecho. ¿Pero la misma es algo anecdótico o responde a algo más habitual?. Primera pregunta que debería establecer criterios científicos en este debate abierto, tanto sobre su cantidad (insignificante o relevante) como su calidad (psicológica o sociocultural), para poder aprobar o refutar esta categoría de análisis sociológico y criminológico. Y ahora bien, ¿qué provoca esa violencia real, siendo poca o mucha según se analice?. Encontramos en la literatura dos grandes explicaciones: simples trastornos psicológicos o una tendencia sociocultural. Y en la segunda, esta hipotética explicación, de base social y cultural como en el resto de violencias contemporáneas citadas, podría remitir hacía la realidad y ficción de un posible “matriarcado” dominante que quizás, y en cierta medida, tendría ligazón con términos usados ya desde hace años: “progenitoras tóxicas” (analizadas por Nerea Babarro), “madres dañinas” (estudiadas por la psicóloga Patricia Ramírez), “parejas manipuladoras” (diseccionadas por Marc Rodríguez Castro), “mujeres controladoras y maltratadoras” (como señala la jurista Esmeralda López), “depredadoras emocionales” (siguiendo la tesis de la psicóloga Neus Colomer), ciertas expresiones cercanas a la misandría y al hembrismo (como apunta el psicólogo Arturo Torres), e incluso la premeditación de las “mujeres asesinas” (subrayada por Alfonso de la Torre).

Por tanto, o una violencia insignificante y puntual, o una violencia matriarcal y sociocultural, u otra violencia parte de un fenómeno mucho más global (de la “familiar” tan creciente, a la “social” tan cotidiana). Tres hipótesis para entender por qué hay madres que matan a sus hijos.

Sergio Fernández Riquelme | Profesor Universidad. Director Razón Histórica

Por Redaccion

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