Y ahora imagina… (II) | Javier Toledano

Ley del sólo sí es sí

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La “manada de Pamplona” fue exprimida a conciencia por el gobierno de coalición para impulsar la ley del “sólo sí es sí”. Al decir de los expertos, una ley birriosamente redactada, un truño jurídico que propició la reducción de penas a violadores convictos. Cifran en más de un millar las condenas revisadas a beneficio de los delincuentes sexuales. La excusa perfecta para que Irene Montero, antes de imitar grotescamente a Marilyn Monroe en el parlamento europeo, proclamara ante el mundo su inopia abisal y también que la cadena Mercadona ha de extremar, a pesar de su excelente posición en el mercado, sus criterios de selección de personal en la línea de cajas. Pensar que siglos atrás España fue un gran imperio y que en fecha reciente la interfecta ha ocupado cartera en un gabinete ministerial, transmite al paisanaje desasosiego, consternación.

Antes de ésa, y después también, se registraron violaciones “manadistas” por docenas, e incluso mucho más violentas que, sin embargo, apenas tuvieron eco mediático, ninguna repercusión en el discurso político y protestas menos numerosas, circunscritas a las localidades donde se produjeron. Muchos de los agresores han sido identificados como extranjeros, no pocos, ilegales, con especial protagonismo de los llamados “menas” (también “manas”*) de origen marroquí. No en vano, y a pesar de los relatos oficiales sobre índices de criminalidad, más falsos que la tasación joyera del portavoz de Zapatero, estadísticas fiables de diferentes cuerpos policiales, que burlaron el cerco de la censura informativa, establecen una desproporción delictiva apabullante en materia sexual a favor del citado colectivo, superando a los violadores autóctonos incluso en términos absolutos: una productividad de corte estajanovista, siempre con el arma desenfundada.

La conclusión se impone al punto. Contando entre los connacionales con desenvueltos criminales en toda especialidad, no era necesario importar tanto elemento foráneo para reforzar la plantilla. Aquí no hace al caso enumerar las razones que explican el fenómeno desde un punto de vista estrictamente sociológico: jóvenes sexualmente activos y sin referentes familiares que modulen su conducta, sin apego, por desconocimiento, a las pautas relacionales entre sexos propias del nuevo entorno, su difícil inserción en el mercado laboral y su frustrante exclusión de los hábitos de consumo de otros jóvenes, etc. Todo eso en nada resarce a las víctimas que han sido violadas y a las que importa un bledo si el fulano que las agredió está enfadado con el resto del mundo.

Y voy a la conclusión anunciada anteriormente. En Occidente, por mor de la llamada “multiculturalidad”, se ha producido un giro copernicano en lo tocante a la percepción de los crímenes sexuales. La víctima se ha opacado a pesar de la atorrante monserga feminista y sororática que dimana del potaje ideológico woke. Sólo se beneficiará de cierta consideración si el luctuoso episodio encaja en un relato normativo donde la clave es ahora la tarjeta étnica de sus victimarios. Si son blancos y autóctonos: manifestaciones multitudinarias y debates TV a todas horas, con sermón incluido de la presentadora del pronóstico meteo. Si, a mayor abundamiento, a uno de los violadores le sacan vínculos con la derecha, miel sobre hojuelas y aquí se lía la mundial. Era de esperar: los fachas maltratan a las mujeres y las violan en cuanto pueden.

Pero si la manada violadora no responde a esos parámetros, la reacción será distinta. Se obviará, de entrada, su origen (o se dará traslado de su nacionalidad si es la española, aunque ésa no sea la nacionalidad “familiar”), pero si por descuido se difunde su procedencia extranjera, se evitarán airadas reacciones por aquello de no dar alas a los discursos de “odio” y ahorrar críticas a la política migratoria diseñada por el globalismo. De tal suerte que, asociaciones vecinales intervenidas por la izquierda, supuestas “oenegés”, sindicatos y entidades diversas se borrarán de la protesta y llamarán a “no estigmatizar” a colectivos especialmente “vulnerables”. Esa actitud que avala el auto-odio y el racismo inverso, traslada el foco de la violación de la víctima al tipo étnico del violador. Y eso precariza a la víctima del estupro. Queda en un segundo plano. Ese enfoque puede llegar a “desvictimar” a la víctima y, en casos extremos (véase “Y ahora imagina (I)”), transformarla incluso en una perra infiel, blanca y cristiana, y “algo más violable” que otras, lo mismo en Roterham que en Badalona.

Hace unos años absolvieron en Ciudad Real a un individuo de veinte años por abusar continuadamente de una niña de doce a la que dejó encinta. Ambos eran (son) gitanos. El tribunal entendió que no había caso de violación, ni cosa parecida, pues es moneda común, falló, “entre los gitanos mantener relaciones sexuales precoces”, instaurando una suerte de relativismo cultural que sobrepuja a la igualdad de los ciudadanos ante la ley, creando guetos judiciales. Una sentencia pionera en el marasmo desconcertante de la multiculturalidad. La próxima será absolver a un hipotético asesino oriundo de las Tierras Altas del West Sepik, Papúa-Nueva Guinea, por comerse el corazón de su víctima, pues allí se practica (cuando menos hasta los años 70 del pasado siglo) la cardiofagia ritual. O darle la blanca a un criminal criado en la selva amazónica que tuviera la deferencia de reducir la cabeza del tipo al que ha dado matarile siguiendo escrupulosamente las pautas “forenses”, ancestrales, de los jíbaros: culturas tradicionales en estado puro, tan respetables como la nuestra, o eso dicen.

Otro día, si hay ocasión, daremos un paseo por Belfast: se vienen cositas.

Javier Toledano | escritor

(*) “Manas”: mayores no acompañados


Tags: Ley, Violación, Inmigración, Multiculturalidad, Política, Feminismo, Justicia

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