Gracias a la Farsa del 78 y a su periplo bajo las botas del socialcomunismo globalista, España es hoy un reino temporal (sin rey, sin gobierno, sin instituciones y, lo que es peor, sin pueblo soberano) en trance de desaparecer. Al menos en su imagen y sentido tradicionales: como unidad de destino en lo universal, como patria grande y libre que fue.
Pero lo mismo que en las antiguas profecías referidas al desorden del pueblo de Israel, tal vez España (Occidente) merezca perder circunstancialmente su soberanía —como ocurre en la actualidad— para que en ella se manifieste el Reino verdadero, el hombre nuevo.
Al hombre, que no es nada sin cosas, como apuntó nuestro pensador Xavier Zubiri, no le basta poder y tener que hacerse, necesita además la fuerza de «estar haciéndose». Y esta idea de regeneración-tras-agonía refleja la lógica de la historia en cuanto que, con sus rupturas y pérdidas, con los avatares de la humanidad y de los imperios creados por ella, no contradice la profecía, sino que la confirma.
Es decir, nos hallamos ante el fracaso humano y sociopolítico como condición para la revelación espiritual. Y permítanme, mis amables lectores, que fatigado de ver tanta abyección y tanto crimen como nos trae cada amanecer en esta época amarga —y de escribir sobre ello—, dirija hoy la mirada —breve, modesta y respetuosamente— hacia horizontes más elevados.
Porque lo cierto es que el hombre es hijo de su tiempo, y este tiempo agónico que nos toca sufrir puede servir para preñez de unos límites nuevos que no se queden en simples cambios económicos o sociopolíticos, sino que profundicen en lo íntimo humano y en la religiosidad; y, más allá, en la fe cristiana.
El hombre rural, el hombre de antaño, vivía la naturaleza, la adoraba y la temía y, aun quizás sin saberlo, gozaba de su armonía, de su magnitud y de su relevancia. Por el contrario, el hombre urbano de hoy es un instrumento, junto con la ciencia y la tecnología, de la producción, del materialismo salvaje, en manos de los nuevos demiurgos.
Hoy, pese a sus pomposos discursos animalistas, ecológicos y climáticos, los Señores del Poder Oscuro tratan de dominar la naturaleza sin respetarla; la usan, ignorando o despreciando su belleza, y destruyendo el orden natural de las cosas y la totalidad de sus valores.
Contra esta ley no escrita de consumo y contra su montaje propagandístico, destinado a crear en la sociedad la necesidad hedonista y las generaciones de súbditos o de esclavos, debemos oponer una nueva cultura y una nueva mirada. En este sentido, la profecía no es un halago o un desdén nacionalista o imperial, sino una visión trascendente.
El «cetro de Judá», como ejemplo simbólico, no se refiere a un poder político continuo o exclusivo, como gustaría a los nuevos demiurgos, sino a la llegada de una profunda religiosidad, que no necesariamente religión, o, en su caso más distinguido, a la presencia de Cristo como rey eterno.
La cuestión es que la España agonizante de hoy (la civilización occidental) puede servir de estímulo o de ejemplo para leer la Escritura con mirada doble: histórica (la caída del reino temporal) y teológica (la llegada del Reino perdurable). De modo que la tensión entre lisonja política y verdad profética, nos muestre que la verdadera grandeza no está en la continuidad del poder, sino en la espera de lo eternal.
Con esta interpretación comprendemos que la desaparición de los reinos temporales no invalida la profecía, sino que la confirma. El pueblo queda sin rey, sin gobierno y sin soberanía (como nos ocurre en la actualidad) para que se revele el verdadero Reino, permaneciendo como tierra labrantía dispuesta a acoger una nueva cultura y una nueva religiosidad, o para regenerar las propias que en otras épocas lo hicieron foco civilizatorio.
Por un lado, la frustración política, es decir, esa pérdida de soberanía y esa humillación ante el Herodes de turno, es el signo de que lo temporal no basta. Por otro, la descomposición social, con la ruina del orden tradicional y esperado, obliga a buscar un sentido más alto.
Lo cual, a su vez, nos lleva a considerar dicha religiosidad en toda su trascendencia y significado: no como institución, sino como experiencia de lo absoluto que emerge precisamente en el vacío dejado por lo perecedero.
Es decir, allí donde se extingue el brillo del poder, se abre la posibilidad de una espiritualidad más honda: no la religión como sistema, sino la religación como experiencia de lo genuino.
El pueblo sin rey, la justicia sin valores, la educación sin rumbo moral, la casa sin techo ni seguridad: todo parece pérdida. Pero en esa intemperie se abre un resquicio de verdad. La herida nos enseña que lo eterno se busca en lo frágil, y que la religiosidad no es doctrina, sino respiración de lo auténtico en medio de la ruina.
De ahí que, si eventualmente somos incapaces de lograr una convivencia armónica, justa y de progreso, veamos al menos las crisis colectivas (corrupción, pérdida de referentes, desmoronamiento de instituciones) no sólo como decadencia, sino sobre todo como ocasión de renacimiento y de apertura.
La frustración, así, se convierte en pedagogía: muestra los límites de lo político, de lo económico y de lo técnico, y empuja hacia lo que no se puede reducir ni manipular. Y la sociedad puede aprovechar las fracturas sociales y los abusos sociopolíticos como camino hacia lo legítimo y verdadero.
Porque la descomposición social no es un accidente, sino un ritmo de la historia que revela lo esencial. Y puede y debe ser leída como señal de que lo verídico no se encuentra en la estabilidad aparente de una dialéctica falaz y de un pensamiento único, sino en la apertura al misterio. La religiosidad, entonces, no es sólo refugio, sino sobre todo respuesta lúcida: aceptar que lo temporal se quiebra y que esa quiebra abre un espacio de veracidad.
La historia enseña que los pueblos, cuando se ven privados de sus cetros y de sus seguridades, no quedan simplemente en la intemperie política: quedan expuestos a la verdad desnuda de su condición. La frustración de lo temporal, la descomposición de las instituciones y la ruina de las promesas terrenas no son un azar, sino el viso de lo relevante.
Si el desengaño colectivo es un espejo de la condición humana, siempre incompleta y necesitada de trascender, la religiosidad se manifiesta como fidelidad a ese vacío fecundo, como escucha de lo que no se agota en lo social. Como respuesta a la destemplanza; no como dogma, sino como experiencia de sentido, de vínculo y de gravedad.
De modo que la pérdida de lo temporal se transforma en condición de lo eterno. Es una invitación a leer las crisis sociales no como ruinas definitivas, sino como umbrales hacia lo fidedigno. La crisis, entonces, no es sólo pérdida: es comienzo, es herida que revela la necesidad de lo intemporal en medio de lo perecedero.
Y cuando todo parece derrumbarse —los gobiernos, las promesas, las seguridades— queda al descubierto lo que de verdad sostiene la vida. La crisis, pues, nos recuerda que no basta el dinero ni el poder: necesitamos algo más hondo, un sentido que no se quebrante. Esa búsqueda es religiosidad: la experiencia de estar unidos a lo que nos trasciende.
En definitiva, debemos entender que el pudrimiento institucional no es mero accidente histórico, sino la revelación de que lo temporal carece de fundamento último. Y que allí donde se extingue el poder, nace la posibilidad de un vínculo esencial que no se agota en lo social ni en lo político, porque su objeto es perdurable.
Por eso los líderes surgidos para la regeneración futura han de estar preparados para convertir la ruina en prueba: la ausencia de rey, esto es, de autoridad, es la señal de que el verdadero Rey no es de este mundo. Y han de saber que la convivencia ha de restaurarse —además de con una cultura nueva— con la perspectiva de lo espiritual y trascendente, desdeñando todo materialismo y todo liberalismo disolutos y disgregadores.
Estamos obligados, pues, no sólo a luchar, por supuesto, sino a ver la crisis desde la esperanza. Los que buscan la verdad y la trascendencia de todo corazón; los que no tienen otros enemigos que aquellos que les apartan de dichos bienes; los que odian el delito y se afligen al verse rodeados y dominados por tales enemigos, tienen el compromiso de consolarse, pues hay un libertador.
Ese libertador es la esplendidez de la justicia. No sólo la munificencia y la justicia legal o convencional en manos de ciertas asociaciones civiles, ciertos investigadores y ciertos jueces esforzados, eficaces y justos; también, sobre todo, la justicia eterna, esto es, la Providencia.




