La Expedición Balmis. Una aventura científica española | Albert Mesa Rey

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

La Expedición Balmis. Una aventura científica española.

En diciembre de 2019 se detectó por primera vez en la ciudad de Wuhan, provincia de Hubei, en China un nuevo virus que se denominó SARS-COV-2 de la familia de los Coronavirus que rápidamente se extendió y causó la pandemia de COVID-19, así se le ha denominado la enfermedad que causa y que asola hoy en día el mundo.

No deseo entrar en este artículo en la discusión sobre el origen, severidad de la enfermedad, ni en la eficacia y/o seguridad de vacunas o procedimientos terapéuticos para su tratamiento. Tampoco desearía entrar a discutir las medidas de prevención o confinamientos que con mayor o menor fortuna han implementado las autoridades sanitarias y los gobiernos.

Ante la gran escalada de casos en la Comunidad de Madrid, el Gobierno Autonómico después del éxito del hospital provisional que abrió en IFEMA acordó, con indudable acierto, la construcción de un hospital de emergencias sanitarias al que se dio el acertado nombre de “Hospital de Emergencias Enfermera Isabel Zendal” que será una de las protagonistas del objeto de este artículo:

Los antecedentes

Uno de los mayores azotes de la humanidad era la viruela. Esa enfermedad exantemática producida por un virus, el Variola virus (figura 1), fue una enfermedad infecciosa cuyas epidemias asolaron Europa hasta el siglo XVIII matando y desfigurando a millones de personas (figura 2).

                                           

Figura 1                                                                                                             Figura 2

En 1761 un joven estudiante de cirugía y farmacia llamado Edward Jenner (figura 3), se trasladó al pueblo de Sodbury (Inglaterra) para formarse a las órdenes del Médico local. Allí escuchó decir por primera vez en boca de una ordeñadora de vacas la siguiente afirmación: «Yo nunca tendré la viruela porque he tenido la viruela bovina. Nunca tendré la cara marcada por la viruela» (figura 4). Estas palabras dieron a Jenner la clave para el descubrimiento de la primera vacuna. De ahí el nombre de este procedimiento terapéutico.

En 1770, con 21 años, Edward inició sus estudios en el Hospital de San Jorge de Londres, donde fue discípulo del famoso cirujano y anatomista John Hunter.

De regreso a su Berkeley natal la epidemia de viruela que afectaba a la población ya había provocado numerosas muertes. Para tratar de ponerle freno, y pese a la cerrada oposición de otros médicos, Jenner intentó implantar un método que había estudiado en el Hospital de San Jorge y que se conocía con el nombre de «variolización». Este proceso, introducido en Londres en 1721 por la esposa del embajador inglés en Turquía, Lady Montagu, consistía en inocular a una persona sana con material infectado.

El 14 de mayo de 1796, Jenner decidió inocular a un niño de ocho años llamado James Phillips un poco de materia infectada que obtuvo de una persona que padecía la viruela bovina. El pequeño desarrolló una fiebre leve que desapareció a los pocos días. (figura 5)

 

Figura 3                                                     Figura 4                                                               Figura 5

Unos meses más tarde, Jenner puso en práctica la prueba definitiva para erradicar la epidemia. Volvió a inocular a James Phillips, pero esta vez con viruela humana para comprobar si el niño desarrollaba la enfermedad. Los resultados le dieron la razón y el niño ni contrajo la enfermedad ni murió

La expedición Balmis. Una epopeya poco conocida.

Los siglos XVIII y XIX proliferaron en toda Europa y también en España bajo los auspicios de los reyes borbones ilustrados todo tipo de expediciones de exploración, científicas, geográficas o políticas.

Quizás una de las más conocidas sea el viaje de Charles Darwin alrededor del mundo a bordo del Beagle que dio lugar a la publicación del libro: “El origen de las Especies por medio de la Selección Natural”

Una de las más originales fue sin duda la llamada Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que fue realmente el último de los grandes viajes ilustrados impulsados por los Borbones en este caso por Carlos IV, ya en los albores del siglo XIX.

La expedición a bordo de la corbeta María Pita partió del puerto de La Coruña en 1803 dirigida por el médico militar español Francisco Javier Balmis y con un objetivo absolutamente filantrópico: propagar en América y Filipinas la vacuna contra la viruela que acababa de descubrir en 1796 Jenner. Para ello, Balmis no dudó en dar la vuelta el mundo llevando consigo a veintidós huérfanos de La Coruña que fueron inoculados sucesivamente a lo largo del viaje para mantener vivo el virus vacunal. Uno de los datos curiosos de la expedición es que con ellos viajaba una mujer, caso raro en este tipo de expediciones. Era la enfermera Isabel Zendal y Gómez, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, cuya misión consistía en atender a los pequeños y, lo más importante, vigilar que no se rascaran las heridas para evitar cualquier contagio.

 

La también llamada “Expedición de Balmis”, fue realmente una hazaña científica, además de un viaje lleno de penosas peripecias, por caminos intransitables en los que era preciso transportar a los niños a hombros de indígenas, con fricciones con las autoridades locales que no comprendían el objetivo de la misión, y en el que Balmis desarrolló un notable talento para la organización y para conseguir la colaboración de las instituciones civiles, militares y eclesiástica. Balmis, como todos los viajeros ilustrados de la época, aprovechó además el viaje para interesarse por los problemas de las comunidades locales, por la naturaleza que encontraba a su paso y por estudiar su posible aplicación terapéutica.

 

¿Quién era Isabel Zendal?

Isabel Zendal nació en 1773 en A Greal, la aldea situada en la parroquia de Santa María de Viduido, del municipio de Ames, en la provincia de La Coruña. Era hija de campesinos y a la edad de 20 años se trasladó a La Coruña para trabajar en la Casa de Expósitos del Hospital de la Caridad donde era la única encargada de los huérfanos.

Isabel tuvo un hijo, al que crió sola dentro del hospicio, pero que no le impidió seguir trabajando como rectora del centro y durante su vida laboral destacó por ser una experta en el cuidado de niños huérfanos.

Dada su gran experiencia en el cuidado de niños, en 1803 el Dr. Balmis la contrató para su proyectado viaje filantrópico para propagar la vacuna de la viruela por todo el mundo.

El plan del Dr. Balmis y del Dr. Salvany era llevar el virus de la viruela bovina inyectado en los brazos de varios niños huérfanos, entre los que se contaba el propio hijo de Isabel Zendal. El plan trazado era que cuando la corbeta zarpó del puerto de La Coruña, dos de los niños eran los portadores y cuando los granos de viruela que tenían supuraran, se pasaría a otros dos niños y así sucesivamente hasta llegar a destino

La función de Isabel en la expedición era que los niños estuvieran bien educados, atendidos y cuidados. Como decía las normas de la expedición: … bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición

Después de escalas en Tenerife y Puerto Rico la expedición llegó a Caracas (Venezuela), allí se dividió en dos grupos:

Por un lado, Balmis se encargó de la tarea de propagar el antídoto contra la viruela en Caracas, La Habana, Yucatán y Veracruz en México, desde donde partió hacia Filipinas y China. En su viaje de regreso a España recaló también en Lisboa y en 1807 fue recibido en la corte española por el rey Carlos IV,

Por el otro lado la expedición continuó hasta el año 1814, porque el otro médico, José Salvany, prosiguió la ruta por Colombia hacia el sur de América y aunque murió en 1810, su grupo continuó cuatro años más propagando la vacuna contra la viruela.

Al comienzo de ese viaje le acompañó Isabel, pero en la expedición de Acapulco a Manila separaron sus caminos, ya que la enfermera fue reclamada para quedarse allí a cuidar de los hijos de algunas familias estructuradas que habían sido vacunados.

Al finalizar la expedición, algunos de los niños huérfanos fueron adoptados y otros terminaron en buenos colegios, pero poco más se sabe de estos pequeños héroes que se quedaron en América. Lo que sí se sabe con certeza es que Isabel se quedó a vivir en Puebla (México) con su hijo Benito Vélez, que también había sido uno de los niños de la expedición. Nunca regresó a España y la fecha de su muerte es todavía hoy en día una incógnita.

Epílogo.

Gracias al Dr. Edward Jenner, a personajes como el Dr. Balmis, el Dr. Salvany o la Enfermera Isabel Zenda y otros tantos, la OMS considera la viruela por incidencia natural erradicada en todo el mundo desde 1980, como resultado de una campaña de vacunación a nivel global sin precedentes.

Sin duda tú amable lector si tienes ya algunos años, conservas en el brazo o en el muslo la escara o cicatriz recuerdo de aquella vacuna que se aplicó en nuestra infancia por escarificación con una lanceta.

Puede afirmarse con casi total rotundidad que probablemente Edward Jenner ha sido el científico que más vidas haya salvado en toda la historia de la humanidad al descubrir la primera vacuna y abriendo el camino a otras tantas que nos protegen de enfermedades infecciosas tales como: el cólera, el tifus, el tétanos, la tosferina, la difteria y un largo etcétera por no alargar la lista.

Albert Mesa Rey | Escritor