“Si la Unión Europea empieza a considerar ilegítimos a los gobiernos elegidos democráticamente simplemente porque no comparten la línea política dominante en Bruselas, entonces el problema ya no es Viktor Orbán.”
Richard Schenk dirige el Observatorio de Interferencia en la Democracia (DIO) en MCC Bruselas, un proyecto dedicado a rastrear las formas en que las instituciones europeas, las redes financiadas por Bruselas y ciertos actores políticos intervienen en las campañas nacionales en toda la Unión Europea.
Schenk cree que si Bruselas logra aislar políticamente a un gobierno elegido en las urnas o cuestionar su legitimidad desde dentro de la propia Unión, el problema ya no será solo húngaro. Afectará la relación entre la soberanía nacional y el poder europeo en todo el continente.
El periodista Javier Villamor conversó con él unos días de las elecciones en Hungría, y que otorgó el triunfo al hombre de Bruselas Péter Magyar, Por ello, reproducimos dicha entrevista que nos ayudará a entender cómo se ha conseguido ese triunfo electoral.
¿Qué es exactamente el Observatorio de Interferencias en la Democracia y por qué cree que es necesario?
El observatorio se creó para analizar cómo interviene la Unión Europea en las elecciones nacionales dentro de los Estados miembros y, en algunos casos, también fuera de ellos. En la última década, hemos observado que la Comisión Europea ha desarrollado un conjunto de herramientas cada vez más eficaces para influir en las campañas y en los resultados electorales.
Existen tres niveles principales. El primero es regulatorio y digital: la Ley de Servicios Digitales, el mecanismo de respuesta rápida, los denominados informantes de confianza, la red de ONG y el futuro «Escudo de la Democracia». Todo esto permite influir en qué contenido circula, cuál se censura y qué narrativas se consideran aceptables.
La segunda capa es la financiera. Hungría, y antes Polonia, son los ejemplos más claros. Bruselas puede retener fondos europeos y, al hacerlo, enviar un mensaje implícito a los votantes: si cambia el gobierno, el dinero volverá.
La tercera capa es la reputacional. Los informes sobre el estado de derecho, las resoluciones del Parlamento Europeo y las campañas impulsadas por ciertas organizaciones se utilizan para presentar a algunos gobiernos como ilegítimos desde el principio. Cuando esto ocurre de forma coordinada, la campaña deja de desarrollarse en igualdad de condiciones.
¿Cómo se están aplicando específicamente esas tres capas en Hungría?
Las dimensiones financieras y reputacionales han estado presentes durante años. De hecho, Hungría ha sido el modelo sobre el que se construyó esta estrategia. Fondos congelados, constantes acusaciones de autoritarismo y resoluciones europeas ya forman parte del panorama político húngaro.
La novedad de 2026 reside en la dimensión digital. En las elecciones de 2022, la Ley de Servicios Digitales aún no existía. Ahora sí. Y, por primera vez, vemos cómo se activa este mecanismo en plena campaña electoral.
Lo preocupante es que se trata de un sistema extremadamente opaco. El mecanismo de respuesta rápida queda fuera de muchas de las normas de transparencia de la propia UE. Desconocemos qué contenido se está señalando ni según qué criterios. Lo único que sabemos es quiénes integran esas redes de verificación y señalización: organizaciones financiadas por la UE, firmemente alineadas con una visión de mayor integración europea y profundamente hostiles a los argumentos soberanistas.
También hablas de una campaña de inteligencia y filtraciones dirigidas al gobierno húngaro. ¿A qué te refieres?
En las últimas semanas hemos visto una enorme cantidad de información basada en «fuentes anónimas de inteligencia occidentales». Aparece en ciertos medios de comunicación, se repite dentro de una red muy específica de periodistas, activistas y políticos, y luego se amplifica desde Varsovia, Berlín o Bruselas.
Si esas filtraciones son falsas, estaríamos ante una campaña de desprestigio a gran escala contra el gobierno húngaro. Si son ciertas, apuntan a algo quizás aún más grave: que se está llevando a cabo una operación de inteligencia contra un Estado miembro de la Unión.
No puedo demostrar quién está detrás de esto. Pero sí observamos un patrón. Muchos de esos mensajes están relacionados con personas cercanas al gobierno polaco, con figuras como Donald Tusk o Radosław Sikorski, y con medios de comunicación muy vinculados a esas redes.
¿Y qué papel desempeña Ucrania?
Kiev goza claramente del apoyo político de Bruselas. Esto no es una teoría; es la postura oficial de la Unión Europea respecto a la guerra.
Lo que vemos en Hungría no es tanto una coordinación formal entre la Comisión Europea y Ucrania, porque Bruselas no tiene un servicio de inteligencia propio, sino más bien una convergencia de intereses entre ciertas familias políticas europeas, especialmente dentro del PPE, los gobiernos nacionales y los actores ucranianos.
Cuando analizamos quién impulsa ciertas narrativas contra Budapest, quién las difunde y quién las amplifica, siempre aparecen los mismos nombres y los mismos círculos políticos. En ese sentido, la presión sobre Hungría no parece un fenómeno espontáneo.
Bruselas suele invocar el estado de derecho para justificar estas medidas. ¿Sigue teniendo ese concepto algún significado jurídico real?
Cada vez menos. El «estado de derecho» se ha convertido en un arma política.
Lo vimos en Polonia. Durante años, los fondos europeos estuvieron bloqueados mientras el partido PiS estaba en el gobierno. Semanas después de que Donald Tusk llegara al poder, esos fondos se descongelaron casi de inmediato, aunque muchos de los problemas legales seguían siendo exactamente los mismos.
Lo vimos de nuevo en Rumanía. Se tomaron decisiones muy cuestionables sobre el proceso electoral, y aun así la Comisión Europea apenas reaccionó. El criterio parece ser siempre el mismo: si gana el candidato adecuado, los problemas desaparecen; si gana el candidato equivocado, entonces de repente se convierte en una amenaza para la democracia.
¿Crees que lo que sucedió en Rumania podría ocurrir en otros países?
Sí. De hecho, ya hay quienes lo sugieren. Tras lo ocurrido en Rumanía, algunas figuras políticas europeas afirmaron abiertamente que algo similar podría suceder en Alemania si ciertos partidos llegaran a la victoria.
Eso revela un cambio profundo. Parte de las élites europeas han llegado a la conclusión de que el problema no son sus políticas, sino los votantes. Y cuando se piensa así, se deja de intentar persuadir al electorado y se empieza a intentar corregirlo.
Por eso vemos el uso de mecanismos de censura, control narrativo y tutela política. Se presenta como una forma de proteger la democracia, pero en realidad limita el pluralismo.
¿Qué podría ocurrir en Hungría después de las elecciones, independientemente de quién gane?
Ese es el verdadero problema: no existe un escenario sencillo.
Si Orbán gana, ya hay sectores de la oposición y del ecosistema político vinculado a Bruselas que han dejado claro que no aceptarán fácilmente el resultado. Algunas figuras incluso han hablado de una especie de «Euromaidán» húngaro: una movilización permanente o un boicot institucional.
Al mismo tiempo, ya se alzan voces en Alemania y otros países que defienden que Hungría debería perder influencia o incluso derecho a voto en el Consejo Europeo. Hay eurodiputados y ministros que hablan abiertamente de acabar con la unanimidad o impedir que Budapest bloquee ciertas decisiones.
Eso significa que una victoria de Orbán podría ir seguida de una campaña para deslegitimar al gobierno desde el exterior y presentar a Hungría como un miembro problemático de la Unión.
¿Y si gana Péter Magyar?
Eso tampoco garantizaría un escenario estable. Magyar ha logrado desmantelar el sistema político húngaro y concentrar a casi toda la oposición en torno a sí mismo, pero el país está mucho más polarizado hoy que hace unos años.
Aunque gane, se enfrentará a enormes dificultades para gobernar. La mitad del país verá su victoria como el resultado de la constante presión externa, una campaña internacional y la intervención política de Bruselas.
Lo que más me preocupa es que, gane quien gane, una gran parte de la sociedad húngara ya no confía en el proceso. Eso nunca había sucedido antes.
¿Así que la herida va más allá de Hungría?
Sin duda alguna. Lo que está sucediendo en Hungría es una advertencia para toda Europa.
Si la Unión Europea empieza a considerar ilegítimos a los gobiernos elegidos democráticamente simplemente porque no comparten la línea política dominante en Bruselas, entonces el problema ya no es Viktor Orbán. El problema reside en el funcionamiento de la propia Unión.
Porque una vez que se vuelva aceptable cuestionar los resultados electorales, congelar fondos, reducir el pluralismo digital o aislar a un gobierno desde dentro de las instituciones europeas, ese precedente podrá utilizarse mañana contra cualquier otro Estado miembro.
Y entonces la cuestión ya no será quién gana las elecciones, sino quién decide si ese resultado puede aceptarse.
Tags: Unión Europea, Hungría, Soberanía nacional, Viktor Orbán, Democracia, Censura digital, Estado de derecho, Bruselas




