No nos equivoquemos: la mayor corrupción no es ninguno de los escándalos que hoy acaparan los titulares, por muy graves que resulten. El problema no es un caso concreto de corrupción, sino la totalidad del sistema; el problema real es el propio Sánchez.
El aluvión de inmundicia es tal que empieza a ser fácil perderse en las diversas maneras de cómo se están dando los escándalos de corrupción en España. La acumulación diaria de portadas, investigaciones judiciales, filtraciones y comisiones de investigación genera un ruido ensordecedor que, paradójicamente, adormece a la opinión pública.
No nos despistemos, porque la mayor de las corrupciones no está en ninguna de las que más están dando que hablar en el día a día, aunque todas ellas son flagrantes y muy serias. El problema de fondo no radica en un caso aislado de enriquecimiento ilícito, un contrato amañado o un favor personal. Es estructural. La metástasis que corroe los cimientos del Estado de derecho, es la totalidad del sistema que se ha construido en la última década. El problema real tiene nombre y apellidos: es el propio Pedro Sánchez. Él es el epicentro, el promotor y el beneficiario directo de un engranaje diseñado para colonizar las instituciones con el único fin de perpetuarse en el poder a cualquier precio.
Para intentar aclararnos y no sucumbir a la estrategia de saturación informativa que Moncloa utiliza como escudo protector, resulta imprescindible diseccionar las distintas ramificaciones de esta quiebra ética y legal, categorizándola en sus diferentes dimensiones. Veámosla:
1.- La corrupción familiar: el nepotismo institucionalizado en la Moncloa
El primer círculo de la degradación se encuentra en el entorno más íntimo del presidente. La corrupción de Sánchez comienza en su propia mesa de comedor. El líder del Ejecutivo no dudó en utilizar el peso de su cargo para favorecer los intereses de sus allegados. Sánchez enchufó a su mujer, Begoña Gómez, en la Universidad Complutense de Madrid, un centro público de prestigio donde, además, ella se enredó en negocietes privados, cátedras exprés creadas a su medida y cartas de recomendación para empresarios que luego resultaban adjudicatarios de fondos estatales.
De igual forma, el nepotismo alcanzó a su hermano, David Sánchez, colocado de forma opaca en la Diputación de Badajoz mediante un puesto creado ad hoc en el sector cultural. Allí, ni siquiera se molestaba en fingir que iba a trabajar presencialmente, al tiempo que engañaba a la Hacienda Pública española haciéndose pasar por residente fiscal en Portugal para eludir el pago de impuestos en el país que su hermano gobierna. La importante universidad madrileña no habría reparado jamás en Begoña Gómez, carente de titulación universitaria oficial, ni la Diputación pacense habría rescatado a David Sánchez, un músico en paro que se había pasado ocho años estudiando en Rusia, de no ser por los cargos en la alta política de su familiar y el miedo al castigo —o el deseo de premio— de los gestores de turno.
2.- La conexión internacional: la sombra de Zapatero y el amparo a la narcodictadura
El segundo frente nos lleva a la complicidad con dictaduras comunistas. Se trata de la corrupción del caso de Zapatero, en el que Sánchez se ve triplemente salpicado por acción, omisión y beneficio mutuo:
- Instrumentalización geopolítica: Se sirvió activamente del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero para engrasar las relaciones opacas de España con la narcodictadura de Nicolás Maduro en Venezuela, legitimando un régimen criminal a ojos de la comunidad internacional.
- Rehabilitación y blindaje político: A pesar de todas las sospechas, informaciones de inteligencia y sombras de corrupción internacional que se cernían sobre la figura de Zapatero, Sánchez lo recuperó para la vida pública nacional de manera estelar. Lo convirtió en una especie de consejero áulico en la sombra, en embajador plenipotenciario ante el separatismo catalán y en mascota propagandística indispensable para los mítines más enconados del PSOE.
- Complicidad en el Consejo de Ministros: Al menos una de las grandes prebendas del entorno de Zapatero, el polémico rescate de la aerolínea Plus Ultra —una compañía vinculada al chavismo y sin apenas actividad real—, solo fue posible gracias a que Sánchez la aprobó de forma personalizada contra toda lógica económica y administrativa en el seno del Consejo de Ministros.
3.- La trama del trinque interno: las comisiones ilegales en el corazón del Gobierno
La vertiente puramente crematística y mafiosa del sanchismo se manifiesta en los sótanos de sus ministerios y sedes del partido. Es la corrupción de los socialistas de los Ábalos, Koldo, Cerdán y compañía. Estamos ante un esquema criminal de mordidas, comisiones y financiamiento ilegal por material sanitario durante los peores meses de la pandemia y desvío de dinero público que operaba en el propio corazón del Gobierno de España que presidía Sánchez.
Los implicados no eran actores externos, sino personas de la máxima confianza del líder, tipos de su guardia pretoriana que custodiaban sus avales y compartían coche en sus primarias. El escándalo se extiende de forma natural a las presuntas comisiones y manejos de Santos Cerdán desde su poltrona de secretario de organización en Ferraz, una posición de control absoluto para la que lo eligió, promocionó y defendió de forma directa e inequívoca el propio Pedro Sánchez.
4.- Los «Watergates» de Sánchez: la guerra sucia contra la disidencia y la justicia
Cuando la justicia y el periodismo libre empezaron a hacer su trabajo, el sanchismo activó los mecanismos de represión y sabotaje estatal. Aquí presenciamos la corrupción del PSOE y la guerra sucia política, los dos auténticos «Watergates» de la era Sánchez. El primero de ellos lo encarna el caso del Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, trabajando activamente desde la cúpula del Ministerio Fiscal para filtrar datos confidenciales de particulares y desacreditar a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, de manera ilegal; un atropello institucional sin parangón por el que ya ha sido imputado y acorralado judicialmente.
El segundo «Watergate» lo protagonizan las intrigas organizadas desde las terminales del partido y el aparato gubernamental, con figuras de la fontanería socialista Leire Díez maniobrando para entorpecer de forma sistemática la labor de los fiscales, recusar a los jueces instructores e intimidar a los agentes de la Unidad Central Operativa (UCO) que investigaban los presuntos delitos financieros de la familia del presidente.
5.- La hipocresía ideológica: la corrupción del feminismo de fachada
El sanchismo ha instrumentalizado las causas sociales más nobles para convertirlas en escudos humanos morales. El ejemplo más lacerante es la corrupción del feminismo socialista y gubernamental y su asqueroso doble rasero. El Ejecutivo que se autoproclama el más feminista de la historia ha demostrado una indiferencia cómplice cuando los agresores forman parte de sus filas.
Las estructuras del partido y del Ministerio de Igualdad no han movido un solo dedo a pesar de los numerosos y flagrantes casos de acoso sexual, abusos y comportamientos deplorables protagonizados por miembros de primer nivel del PSOE. El silencio corporativo, el encubrimiento de los culpables y la desprotección de las víctimas demuestran que, para Sánchez, la agenda de protección a la mujer es un mero eslogan electoral que se desecha de inmediato si amenaza la estabilidad de su Consejo de Ministros.
6.- La subasta de la legalidad: el chantaje de la permanencia en el poder
La degradación institucional tiene una vertiente de cesión soberana que amenaza la propia supervivencia de la nación. Es la corrupción del sistema, que se muestra dispuesto a doblegarse ante las exigencias del separatismo con tal de permanecer un día más en el palacio de la Moncloa. Es de justicia reconocer que esta debilidad ante el nacionalismo la ha practicado históricamente tanto el Partido Popular como el Partido Socialista en épocas pasadas; sin embargo, bajo el mandato de Pedro Sánchez, esta práctica ha abandonado el tacticismo político para alcanzar su máxima expresión de rendición incondicional. No se pactan transferencias de competencias; se pacta la impunidad penal de los delincuentes a cambio de los votos necesarios para una sesión de investidura.
7.- La corrupción parlamentaria: la compraventa de escaños y la traición constitucional
La culminación de este proceso de demolición es el fraude democrático definitivo: la corrupción parlamentaria en su estado más puro. Sánchez compró sus escaños de investidura mediante una ley de amnistía redactada al dictado por los propios delincuentes, una norma que vulnera el principio constitucional de igualdad de los españoles ante la ley. Para lograrlo, el presidente del Gobierno no tuvo reparos en enviar a sus emisarios a negociar en el extranjero con un prófugo de la justicia a las órdenes de un mediador internacional, cuando su deber constitucional como jefe del Ejecutivo era activar todos los mecanismos del Estado para intentar detenerlo. Una prevaricación política de libro de texto.
Asimismo, Sánchez compró los escaños de Bildu —el partido heredero del entramado político de la banda terrorista ETA— comprometiéndose a acelerar la reforma de la ley de seguridad ciudadana y a facilitar beneficios penitenciarios para liberar de forma encubierta a sus asesinos más sádicos. En la misma línea mercantilista, compró el apoyo de ERC para colocar a Salvador Illa en la Generalitat, comprometiéndose a otorgar un «cuponazo fiscal» singular para Cataluña, prometiendo romper la caja única de la Seguridad Social y la Hacienda común en favor de una suerte de miniestado catalán privilegiado. En definitiva, Sánchez cerró un pacto global con el conjunto del separatismo por el que se ha comprometido a demoler la soberanía nacional hacia la creación de un Estado «plurinacional» amorfo que, de culminar, daría pie a una Ex España.
El «Caso Sánchez» como denominador común de la decadencia
Son corrupciones de un calado tan inmenso que hacen que el público masivo se confunda y se pierda en algunas de ellas; la ciudadanía camina desorientada en el espeso bosque de la corrupción gubernamental sin alcanzar a ver dónde termina la maleza. Por eso es vital elevar la mirada.
Cada escándalo menor no es más que un síntoma secundario. La enfermedad real es el «Caso Sánchez», pues así es como debe ser denominado este periodo histórico. Al final, toda la podredumbre linda directa o indirectamente con él. Sin la aquiescencia, el diseño estratégico y la absoluta falta de escrúpulos morales de Pedro Sánchez, ninguno de estos casos individuales se habría producido jamás. Él es el denominador común que une los negocios de su esposa, las prebendas de su hermano, las maletas de Delcy, los fajos de billetes de Koldo y las cesiones ante el golpismo de Waterloo. Es el máximo responsable político y legal de la degradación general de la nación. Hoy en España, decir Sánchez es decir corrupción.
No nos equivoquemos: la mayor corrupción no es ninguno de los escándalos que hoy acaparan los titulares, por muy graves que resulten, incluida la guerra sucia política. El verdadero problema no es un caso concreto de corrupción, sino la totalidad del sistema; el problema real es el propio Sánchez.
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