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Durante años nos repitieron que la eutanasia era una medida excepcional. Sólo para adultos. Sólo para enfermos terminales. Sólo para casos extremos. Sólo cuando no existiera ninguna otra salida. Sólo, Sólo, Sólo, …Qué palabra tan peligrosa es «sólo».
Porque la historia demuestra que detrás de cada «sólo» suele esconderse un «todavía». Y el «todavía» termina convirtiéndose, antes o después, en «también». También para enfermos no terminales. También para enfermedades psiquiátricas. También para personas con demencia. También para menores. Y ahora, también para niños menores de doce años.
La noticia llega desde los Países Bajos, que cada vez caen más bajo. No desde una película de ciencia ficción, ni desde una novela distópica, ni desde una advertencia de esos exagerados provida a los que siempre se acusa de ver fantasmas donde sólo hay progreso, derechos y comités de expertos. No. Llega desde la Europa civilizada (¿?), ilustrada, burocrática, amable y perfectamente satisfecha de sí misma.
No conocemos su nombre. No conocemos su enfermedad. No conocemos prácticamente nada de él. Pero conocemos un dato que basta para estremecer cualquier conciencia: era un niño. Y un niño, por definición, todavía no ha terminado de ser niño.
Lo verdaderamente llamativo no es únicamente que haya muerto mediante eutanasia. Lo verdaderamente llamativo es comprobar la velocidad con la que cambian las palabras cuando una sociedad decide cambiar sus principios.
Hace veinte años se nos decía que hablar de eutanasia infantil era una exageración de los alarmistas. Después nos dijeron que jamás afectaría a menores. Más tarde explicaron que sólo sería para adolescentes. Luego llegaron las excepciones. Y ahora asistimos al primer caso de un menor de doce años.
Curiosa pendiente resbaladiza. Aquella cuya existencia se negaba con tanta indignación. Resulta que existía. Y además resbala. Incluso parece que va adoptando la verticalidad.
Naturalmente, enseguida aparecerán quienes nos digan que era un caso extraordinario. Que sufría muchísimo. Que no tenía esperanza. Que todo se hizo siguiendo protocolos. Que había médicos, informes, comités, revisiones, autorizaciones, evaluaciones y todos esos sellos administrativos con los que la modernidad intenta perfumar las decisiones más graves.
Como no lo sabemos porque la cultura de la muerte tiene prohibido hablar de estos temas para evitar la verdad, puedo suponer y supongo, que el niño en cuestión estaba ya inconsciente (lo contrario me pondría los pelos de punta) y los padres eran los que sufrían. Los padres lo habrán autorizado (esto me pone los pelos de punta) y los sesudos políticos habrán autorizado el infanticidio (da miedo). Y todos a casa a descansar. ¿De verdad van a descansar?
Pero ninguna de esas respuestas elimina la pregunta fundamental. ¿Desde cuándo un niño posee la madurez necesaria para decidir que su vida ya no merece ser vivida?
Porque aquí aparece una contradicción fascinante. Un niño de doce años no puede comprar una cerveza. No puede votar. No puede conducir. No puede firmar una hipoteca. No puede abrir una cuenta bancaria. No puede celebrar la inmensa mayoría de los contratos civiles. No puede decidir casi nada de lo que compromete seriamente su futuro. Pero, al parecer, sí puede verse inmerso en un procedimiento cuyo resultado irreversible es su propia muerte.
La lógica contemporánea tiene estas cosas. Para unas decisiones seguimos considerando que los menores carecen de madurez. Para otras, sorprendentemente, la madurez aparece por generación espontánea, siempre que el resultado coincida con la nueva religión del deseo, de la autonomía absoluta o de la muerte presentada como prestación sanitaria.
Aunque quizá ni siquiera sea ésa la cuestión principal. Porque en niños tan pequeños, precisamente por su edad, la decisión recae de forma decisiva sobre adultos: médicos, padres, comités y autoridades. Y entonces la pregunta cambia.
Ya no es sólo si un niño puede decidir. La pregunta es mucho más incómoda. ¿Quién decide por él? ¿Quién determina que el sufrimiento ha dejado de ser soportable? ¿Quién fija la frontera entre aliviar el dolor y provocar la muerte? ¿Quién establece el momento exacto en que la medicina deja de cuidar para comenzar a matar?
Porque eso también merece ser dicho, aunque moleste a los administradores oficiales de la sensibilidad pública.
Durante siglos la medicina nació para combatir la enfermedad, aliviar el dolor y acompañar al paciente. Hoy, en algunos lugares, también administra la muerte. Y no como tragedia inevitable, sino como solución planificada, aceptada, protocolizada y, por supuesto, convenientemente reglamentada.
Siempre reglamentada. El mal moderno rara vez entra gritando. Entra con formularios. Nos dicen que todo esto se hace por compasión. La palabra compasión vuelve a aparecer. Siempre aparece. La compasión para justificar el aborto. La compasión para justificar la eutanasia. La compasión para justificar que la solución definitiva al sufrimiento sea eliminar al que sufre. Curiosa compasión. Jamás elimina el sufrimiento sin eliminar antes al paciente, que es con el que nadie tiene compasión.
Y mientras tanto seguimos avanzando, paso a paso, excepción tras excepción, protocolo tras protocolo, siempre con excelentes intenciones, siempre con informes impecables, siempre con comités de expertos, siempre asegurándonos de que no habrá una siguiente línea roja. Hasta que la siguiente línea roja deja de existir. Y aparece otra.
Quizá el verdadero drama no sea sólo que un niño haya muerto mediante eutanasia. Quizá el verdadero drama sea que una parte de nuestra sociedad ya no se pregunte si eso debería hacernos temblar. Porque cuando dejamos de estremecernos ante la muerte deliberadamente provocada de un niño (ya hay una parte muy importante de nuestra sociedad, a la que esto ya no les importa nada) aunque sea en circunstancias extraordinariamente difíciles, el problema ya no es únicamente jurídico. Es moral. Es cultural. Es civilizatorio.
Hay quien dirá que este artículo exagera. Que el caso es excepcional. Que no representa una tendencia. Que las garantías funcionan. Que todo está controlado. Que los médicos saben lo que hacen. Que los padres sufren. Que la enfermedad era terrible.
Por eso la pregunta ya no es sólo qué ha ocurrido en los Países Bajos. La pregunta es mucho más cercana. ¿Cuál será la próxima excepción?
Porque la historia reciente de la eutanasia en Europa parece enseñarnos una lección muy sencilla: todas las excepciones empiezan siendo pequeñas, técnicas, dolorosas y aparentemente irrepetibles. Hasta que un día dejan de llamarse excepciones y pasan a formar parte de la normalidad. Se protocolizan y permanecen para siempre. Véase en España el caso Noelia.
Y quizá sea entonces cuando descubramos que la frontera que creíamos infranqueable no desapareció de golpe. La fuimos borrando nosotros mismos, con extraordinaria educación, con impecables informes y con la mejor de las intenciones. Como casi siempre ocurre cuando una civilización deja de preguntarse dónde está el límite.
Porque si un niño enfermo, vulnerable, dependiente y sin plena capacidad decisoria puede terminar convertido en sujeto pasivo de una muerte administrada por adultos, entonces ya no estamos discutiendo sólo de eutanasia. Estamos discutiendo qué significa ser humano. Estamos discutiendo si la dignidad depende de la salud. Estamos discutiendo de si la vida vale por sí misma o sólo mientras no incomode demasiado
Porque la respuesta humana ante un niño que sufre no debería ser una aguja. Debería ser una cama acompañada. Debería ser una mano agarrada. Unos cuidados paliativos excelentes. Una familia sostenida. Un médico que no abandona. Una sociedad que no se rinde.
Y una cultura capaz de decir, incluso en medio del dolor más terrible: tu vida sigue teniendo valor. Eso es civilización.
Lo otro podrá llamarse derecho, prestación, protocolo o muerte digna. Pero hay palabras que no consiguen cambiar la realidad. Ya no.
Y la realidad, aunque la disfracen de compasión, sigue siendo ésta: un niño ha muerto porque unos adultos consideraron que la mejor manera de responder a su sufrimiento era terminar con su vida y dejar también ellos de sufrir.
Que cada cual lo llame como quiera. Yo lo llamo una frontera moral atravesada. Y cuando una sociedad cruza ciertas fronteras, lo más grave no es sólo lo que deja atrás. Lo más grave es lo que empieza a parecerle normal a partir de ese momento. Hemos cruzado ya tantas fronteras morales que ya somos ilegales en los mundos de la moralidad.
Una vez, en una carretera, en el pretil de un puente que la cruzaba, vi una frase pintada, que es verdad, tanto para un roto como para un descosido “El dolor es obligatorio, el sufrimiento es optativo”. En la sociedad actual, esta frase ha cambiado ciento ochenta gradianamente. Ahora
EL DOLOR ES OPTATIVO Y EL SUFRIMIENTO NO EXISTE
Toda una declaración de intenciones civilizatorias.
Dios mío, ¡qué cansado estoy…!
Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra | Colaborador de Enraizados. Coordinador Plataforma SiempreVida.org
Tags: Eutanasia, Niños, Moral, Límites, Bioética, Países Bajos, Medicina




