El gol de España contra España. El lento proceso de aniquilación | Amadeo A. Valladares Álvarez

La España pisoteada

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No me canso de hablar en charlas conferencias, cursos, tertulias, del lento proceso de la revolución pacífica (y pacifista, claro), silenciosa (bueno, casi), aquella que se inspiró en una celda del régimen fascista italiano, se perfiló en la Escuela de Fráncfort y con otros oscuros personajes, y hoy lo domina todo: la universidad, la academia, la política, la sociedad, la Iglesia, a pesar de haber sido completamente refutada (prácticamente burlada) en la Viena de 1927.

Aquel cambio de estrategia, la revolución repentina y violenta, por una pacífica y soterrada, más, digamos, intelectual, de infiltración paciente en todas las estructuras sociales, amparada (quizá definitivamente) por un azar histórico, determinara su dominio avasallador actual.

La última aberración de aquel proceso de destrucción de la razón, del alma individual y nacional, de toda tradición heredada, es lo que ahora (horrible palabra) llaman wokismo, consecuencia de aquel delirio mórbido que llamaron muy académicamente Teoría Crítica, que consiste en la destrucción de toda la verdad y riqueza heredada de nuestros mayores. Todo lo critica, todo lo destruye, pero no da ni la más elemental esperanza de una alternativa.

De tanto nos quiso emancipar esa nueva versión del comunismo, que nos liberó hasta del molesto estorbo de Dios. Pero es paradigmático observar que esta supuesta emancipación de Dios (ya practicada en el siglo XVIII en Francia, con los resultados que todos conocemos) y exaltación del hombre y de la razón (vamos, que ya no lo necesitamos porque somos muy listos), no dignificó al hombre, lo desnaturalizó, lo desvió de su propia dignidad, y lo sometió a la tiranía del nuevo dogma materialista, raíz del nihilismo más egoísta y devastador, al dejar al hombre sin principios morales esenciales, trascendentes, objetivos. El nihilismo, no nos engañemos, no es liberación, es egoísmo irracional y destructivo.

Ese proceso de degradación es muy evidente en Europa e Hispanoamérica, y, sensiblemente, en España, que poco a poco (o no tanto) dejó de ser una unidad de destino universal, al servicio de la unidad, grandeza y libertad de la patria, porque ésta ya no es un deber sagrado y tarea colectiva de todos los españoles.

Este lento proceso de degradación intelectual y moral, hizo que la noción de España se fuera perdiendo en el entendimiento y el corazón de los españoles. Y este proceso de dilución del concepto de la patria, de la propia dignidad, permitió ir introduciendo arteramente pequeños desvaríos, tan pequeños, tan inofensivos, tan amables, que contrariarles era una manifestación de intolerancia inmovilista inaceptable; entonces, por vergüenza o cobardía, nos hicimos cómplices silenciosos de la trama, porque, con ese silencio, se fortalecía el fraude.

Nos engañaron con las ideas y las palabras, y la falsa tolerancia (bonita palabra bien entendida) fue bandera del desconcierto organizado, y nos fueron marcando goles en la propia portería, convenciéndonos de que son a nuestro favor; valga hoy el símil futbolístico en pleno mundial.

España, lo español, se ha ido convirtiendo en una palabra vacía, un señuelo hacia la frivolidad, que de vez en cuando se exalta en busca de identidad, por ejemplo, en la pugna futbolística. Después, pasada la euforia deportiva, nos apremiaremos en quitar las banderas, o cualquier otra manifestación de unidad e identidad, para que no nos confundan con aquella denominada extrema derecha, tan peligrosa.

Ya no se es español por las razones antiguas, superadas; razones tan extravagantes como el amor a la patria, la conciencia de tener una misma historia, una misma cultura, un mismo espíritu, un mismo afán, un mismo idioma común, una misma tradición, incluida una misma raíz guía religiosa y moral (¡válgame el cielo!, bueno, quien sea, que ya somos libres; qué poca memoria tengo).

Todo lo anterior quedó obsoleto, superado. Ya no somos hermanos hijos de Dios y de una patria, ahora (qué orgullo), somos ante todo demócratas, faltaba más (creo que ahora debemos ser hijos de la Constitución). Podemos insultar la idea de España, a nuestros antepasados, a la mismísima Escuela de Salamanca (si alguien se acuerda todavía de qué es eso), le llaman libertad, pero no se le ocurra a usted atentar lo más mínimo (por ejemplo, con una sencilla opinión) a la sacrosanta democracia, madre de toda bondad.

Pero, la forzada y pervertida falta de identidad, es etológicamente un imposible, una aberración desquiciante. La patria no es un consenso democrático plasmado en una constitución oportunista, la patria es un hecho histórico. Claro que hoy la verdad no está de moda.

Ese criterio racionalista de este nuevo comunismo progresista, lo describimos muy bien en aquella estupenda tertulia de NT: La falacia como razón de Estado. El marxismo muta (parásito oportunista) para sobrevivir, amparado en la sinrazón democrática y liberal de occidente, incluido EE.UU.

Y, cualquier ámbito social es útil para el desarrollo del parásito, el deporte también, que va manifestando e imponiendo la realidad de aquella sociedad que se pervierte y que se va aceptando por imposición de la propaganda hipócrita del déspota corruptor. Tal parece, que ahora se acepta cualquier selección como española si tiene el uniforme (por fuera) y satisface (engañosamente) mi necesidad íntima de unidad e identidad.

Pero España es mucho más que un vestido, es el pecho que lo porta; es mucho más que el son de un himno, es el corazón que se conmueve. Es raza (casta o calidad de origen o linaje, así reza el diccionario, no sea que me detengan por racismo clasista, no tengo la culpa de leer. Uf, qué atrevimiento. No obstante, pido perdón, que parece que está de moda).

Sí, el deporte es un magnífico vehículo de propaganda, para bien o para mal, que hoy está integrado en el sistema de adoctrinamiento progresista, pues la emoción, sana casi siempre, empaña su interpretación. Y muchos, seguimos callando, aunque por dentro se nos parta el alma.

Ahora, por fin, ya no necesitas para ser español una historia común, un sentimiento común, una moral común, una cultura concreta; ahora, liberados de la opresiva carga de la tradición, podemos, incluso, así de libres somos, ser españoles importándonos un bledo España. Ser español es solamente un trámite administrativo, como la Oficina de Artes Escénicas de la Diputación de Badajoz, por poner un ejemplo.

Pero, aunque se críe entre gallinas, el recio halcón siempre caza. Confiemos en la estirpe.

¡¡SI SE DEBE, ME ATREVO!!

     ¡¡SUUUS!!

Amadeo A. Valladares Álvarez | Escritor.  Presidente fundador del movimiento Nuevos Tercios

                                                 NT


Tags: España, Wokismo, Nihilismo, Identidad, Tradición, Comunismo, Patria

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