⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos
El sorprendente desarrollo alcanzado por las ciencias técnicas al margen de la religiosidad ha transformado la civilización occidental en tecnológica. Y su nueva cultura, significada por lo anglosajón, esto es, por el dominio de lo material y el acopio de riquezas por cualquier medio, ha mudado las urbes humanistas en tecnópolis sin alma. De modo que a la ciudadanía se le está convirtiendo en carne alienada: humanoides enajenados incapaces de interpretar en su exacta magnitud y en su perniciosa influencia la realidad circundante.
Tanto las personas como las naciones se realizan mediante la complejidad de vivir; las personas desde el ser interior, las naciones desde la experiencia común. Cuando se deben cumplir actos de justicia y no se hacen más que iniquidades, como leemos en el Libro de Isaías, los seres humanos —en esa «complejidad de vivir»— no se están formando ni realizando, sino deformando y destruyendo.
La humanidad, en buena parte, es hija de su tiempo, y el tiempo está condicionado por las circunstancias que hacen posible la construcción del hombre en cada época. Y, en esta época nuestra, el individuo se debate en la gran paradoja: cree ser el dueño del cosmos cuando en realidad sólo es esclavo de sus pasiones. Imagina ser el promotor del progreso, pero no deja de andar sobre las brasas y entre las llamas que él mismo ha prendido.
De manera que las gentes eligen vivir en la ignorancia de lo que son y de lo que les rodea, y sin buscar aclaraciones. «No sé», dicen. «No quiero saber», deberían decir, mejor. Y así, desdeñando lo que son y lo que deben hacer, no conocen ni su condición ni su deber, creyendo, en su apatía, que pueden vivir independientes de los designios de la naturaleza y de su orden fatal.
Las muchedumbres de malvados e indiferentes no oyen —o no quieren oír— el derrumbe que sí escuchan los escasos prudentes. Es un pueblo duro de entendederas y de frentes insensatas, que no ve llegar su desastre. Porque, desligándose de lo natural y adecuado, no desea tener conocimiento de los escándalos cotidianos ni permitir que sus ojos vean y sus oídos oigan.
La conducta sociopolítica y cívica de la sociedad actual es irrazonable. Y habría que juzgar de acuerdo con esto a los que viven sin pensar no ya en lo trascendente de la vida, sino simplemente en lo cotidiano y doméstico que le concierne de inmediato, dejándose llevar temerariamente por sus inclinaciones y placeres, sin mayores reflexiones, responsabilidades e inquietudes.
Es necesario revelar la incivilidad de los hombres que viven con desapego suicida a la hora de buscar la verdad de una cosa que les afecta tan de cerca. Pese a que tratan de huir de ella, esa realidad que los amenaza existe, y aunque no lo vean así, los está colocando en la necesidad de ser esclavizados, aniquilados o meramente infelices.
De ahí que sea difícil pensar en la importancia de este asunto sin sentir asombro por una conducta tan extravagante. Pues este mantenerse en la ignorancia resulta estúpido más aún que monstruoso, viendo a gentes que pasan su vida presentándosela a ellos mismos con engaños, envolviéndose con la visión de su irrealidad.
España —la humanidad— se halla inmersa en una profunda crisis: una gestación de novedades en gran parte antinaturales e impuestas, no por el inercial devenir de los tiempos, sino por el egoísmo y la soberbia de unos demiurgos empeñados en esclavizar al hombre, destruyéndole el alma; esto es, la dignidad de persona y la inclinación hacia lo trascendente.
Esta civilización nueva, forjada en las infernales fraguas de los psicópatas del poder financiero no se detiene en los aspectos económicos o sociales, sino que trata de devastar lo más íntimo del género humano, sus raíces —la familia, la cultura— y tradiciones, su religiosidad y, particularmente, el humanismo cristiano en el que se asienta lo que siempre hemos conocido por Occidente.
Y es esta destrucción de la dimensión religiosa —o su encauzamiento en patrones siniestros—, la propuesta más nociva en la forma de vida pergeñada por los luciferes de la plutocracia: el mito del hombre nuevo, esclavo feliz enmarcado en una evolución y en un progreso indeseable, por alienante.
Tal vez la humanidad actual se haya aficionado en exceso a la palabra nuevo. Nuevas expectativas, nuevos tiempos, nuevas generaciones, nuevo orden… palabras que fascinan a las masas porque las introducen en un mundo ilusorio, pero falso, y que, despojado de su máscara, se queda en atroz distopía. Y esto es así porque el hombre de hoy, inoculado de propaganda desnaturalizadora, vive más para el futuro que del pasado, olvidando su raigambre y lo hecho por sus antecesores.
La lucha, pues, radica en impedir que ese hombre nuevo, abismado en el orden nuevo, pierda todo sentido real e histórico de sus posibilidades futuras. Para lo cual resulta imprescindible desvelar la alianza capital-socialcomunista, esa bazofia opresora de marxistas conchabados con las elites financieras —y ya también con la Iglesia—, aduladores todos ellos de las masas con vistas a su propio interés.
Si un pueblo incrédulo elige lo prohibido y sirve a traidores y a dioses extranjeros; si atado a sus bajos deseos, provoca sin cesar su propia ruina por la apatía o la complicidad ante los crímenes que se cometen en su nombre; si sacrifica con su acción o su silencio a todos sus símbolos y raíces y, sobre todo, a su Dios, ese pueblo está condenado al exterminio.
Continuar por mal camino es acabar disipado en humo el día, más o menos próximo, del furor. Ese día en el que padres e hijos serán pagados según sus obras, de acuerdo con sus iniquidades o sus bondades. Por eso, los veraces conductores de pueblos han de convencer al hombre actual, desatinado y confundido, para que, tras acabar con todo tipo de sectas, mafias, hermandades y cofradías diabólicas, prosiga la conquista de sí mismo y del futuro.
Porque lo vital para el género humano es persistir en el arriesgado y fascinante combate que entraña un verdadero conocimiento del ser —cuerpo y espíritu— y de la Creación.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
Tags: civilización, crisis, alienación, tecnología, occidente, tradición, humanismo




