Armas de destrucción masiva: Armas biológicas| Albert Mesa Rey

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Entre las múltiples teorías de la conspiración que rodean al SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, una de las favoritas del público es la de que estamos ante un arma biológica creada en un laboratorio y lanzada por Estados Unidos o China. Aunque la comunidad científica asegura que el origen del nuevo coronavirus solo puede ser natural, el posible bulo ha servido para sacar a escena un término que ha protagonizado sucesos de la historia para olvidar: las armas biológicas.

Sin pretensión de entrar en opiniones sobre ese tema, como exjefe de Equipo en defensa ABQ diplomado en 1974 por la subdirección de la Guardia Civil quisiera compartir con los amables lectores algunas consideraciones históricas, técnicas y sanitarias sobre este tema.

Llamamos arma biológica a todo ser vivo, virus o cualquiera de sus productos tóxicos empleado con el fin de producir la muerte, incapacitar u ocasionar lesiones a seres humanos, animales o plantas. A lo largo de la historia, distintas potencias beligerantes han experimentado con ellas para el desarrollo de armamento debido, entre otros factores, a su bajo coste económico y su elevada capacidad destructiva en objetivos civiles y militares.

Tanto la ONU como distintas convenciones internacionales, conscientes de la capacidad y la facilidad de destrucción de estos, han establecido convenios de regulación para evitar su uso y proliferación.

Antecedentes históricos

Las armas o guerra biológica, contra lo que pudiera pensarse, no es algo de aparición reciente, y cuando digo reciente m referiría a las conflagraciones que desangraron el mundo en el pasado convulso siglo XX.

Es bien conocido históricamente la utilización de “armas biológicas” encaminadas a debilitar o anular a un adversario provocando “enfermedades naturales”.

Alrededor del año 1400 AC los hititas enviaron carneros infectados a sus enemigos posiblemente con tularemia para debilitarlos.

Así mismo, los asirios contaminaban los pozos del enemigo usando el cornezuelo (Claviceps purpurea), un hongo que afecta sobre todo al centeno, entre otras plantas. La patología que desencadena la infección por este hongo y/o la consumición de las micotoxinas (ergostismo) que produce, se denominaría más tarde “fiebre de San Antonio” o “fuego del infierno”, debido a que comenzaba con alucinaciones, convulsiones y un frío repentino intenso en las extremidades que se tornaba quemazón para finalmente desembocar en una gangrena mutilante. Esto era provocado por la ergotamina del hongo, de la cual se deriva el ácido lisérgico, que produce intensa vasoconstricción.

En el siglo IV a.C. y de acuerdo con Heródoto, los escitas hundían la punta de sus flechas en cadáveres en descomposición, obteniendo una mezcla letal que bien podía contener Clostridium perfringens (causante de la gangrena gaseosa) y Clostridium tetani (causante del tétanos), al cual se añadiría veneno de serpiente.

En el siglo III a.C. el temible comandante cartaginés Aníbal, prendía fuego a la flota enemiga (como al rey Eumenes II de Pergamón) con vasijas incendiarias llenas de serpientes venenosas.

Es conocido que los ejércitos romanos envenenaban las fuentes de agua que abastecían las ciudades asediadas con los “humores” que provenían de enfermos de cólera, peste o lepra para diezmar a las poblaciones civiles enemigas.

El asedio de los mongoles a la antaña ciudad de Cafa (ahora Feodosia), en Ucrania/Crimea, un asentamiento genovés, constituye uno de los episodios más rocambolescos de la inventiva bélica. En 1346, el susodicho ejército oriental atacante sufría una epidemia de peste bubónica. De ello sacaron partido catapultando los cadáveres de los enfermos al interior de la ciudad. Cuando los barcos genoveses huyeron al Mediterráneo y sus respectivos puertos, cargados de sus soldados, ratas y pulgas, iniciaría la infinitamente inmortalizada en cuadros y películas, pandemia que diezmó un tercio de la población europea, más de 25 millones de vidas: la Peste Negra.

La viruela se convirtió en el armamento biológico más efectivo, si empleado intencionalmente, y más conocido en la guerra occidental e historia colonial. Introducida por los europeos en el continente americano, fue empleada varias veces contra los nativos americanos durante la denominada “Conquista del Oeste”. Entre 1754-67 el Ejército británico distribuyó mantas infectadas con viruela que acabaron con hasta el 50% de las tribus. El capitán británico Ecuyer ofreció a los indoamericanos en signo de aprecio mantas infectadas provenientes de un hospital de tratamiento de la viruela. En su diario anotó: … “espero tenga el efecto deseado” … Su intento resultó frustrado ya que los indígenas llevaban en contacto con la enfermedad desde hace más de 200 años, cuando Pizarro inició la conquista de Sudamérica en el siglo XVI.

Estos casos enumerados solo constituirían una muestra, pero podríamos seguir comentando casos y cosas haciendo este artículo largo y tedioso. El empleo de “guerra biológica” de una forma no científica no tomó carta de conocimiento antes que Louis Pasteur en el siglo XVIII demostrara que todo proceso de fermentación y descomposición orgánica se debe a la acción de organismos vivos y que el crecimiento de los microorganismos en caldos nutritivos no era debido a la generación espontánea y luego hubo que esperar al siglo XIX para que un médico alemán llamado Robert Koch estableciera la relación causa-efecto entre infección y microorganismo.

Fue durante la Gran Guerra (1ª Guerra Mundial 1914-1918) una guerra de trincheras y con los conocimientos en microbiología se comenzaron a emplear armas químicas y bacteriológicas como armas ofensivas cultivadas específicamente en laboratorios y lanzadas sobre combatientes o poblaciones exprofeso.

Las características ideales de las armas biológicas que tienen como objetivos a los seres humanos son una infectividad alta, alta potencia, disponibilidad de vacunas y lanzamiento como un aerosol.

La mayoría de los agentes biológicos son difíciles de cultivar y mantener. Muchos se descomponen rápidamente cuando están expuestos a la luz solar y otros factores del medio ambiente, mientras que otros, tales como las esporas de Bacillus anthracis, tienen una vida larga. Pueden dispersarse rociándolos en el aire o infectando a los animales que transmiten la enfermedad a los humanos a través de la contaminación de los alimentos y el agua. La dispersión de este tipo de armas es también compleja, dada la fragilidad de los entes vivos que la componen, y suele realizarse de las siguientes formas:

  • Aerosoles –agentes biológicos que se dispersan en el aire, formando un rocío fino que puede extenderse por millas, normalmente lanzados desde aviones o mediante bombas o misiles. Inhalar el agente puede causar enfermedades en las personas o los animales. Este es el método militar estándar.
  • Animales –algunas enfermedades se propagan por medio de insectos y animales, tales como pulgas, ratas, moscas y mosquitos. Deliberadamente propagar enfermedades a través del ganado también se denomina agro-terrorismo.
  • Contaminación de los alimentos y el agua –algunos organismos y toxinas patogénicas pueden persistir en los suministros de agua y alimentos, o ser arrojados deliberadamente a los mismos. La mayoría de los microbios pueden matarse y las toxinas pueden desactivarse cocinando los alimentos e hirviendo el agua.

Las enfermedades consideradas para ser usadas como armas, o conocidas por ser utilizadas como tales, incluyen el carbunco (TR), ébola, virus de Marburgo, plaga (LE), cólera (HO), tularemia (SR & JT), brucelosis (US, AB & AM), fiebre Q (OU), fiebre hemorrágica boliviana, coccidioidomicosis (OC), muermo (LA), melioidosis (HI), shigella (Y), fiebre de las Montañas Rocosas(UY), tifus (YE), psitacosis(SI), fiebre amarilla (UT), encefalitis japonesa B (AN), fiebre del valle del Rift (FA) y la viruela (ZL).2​ Toxinas surgidas naturalmente que pueden ser usadas como armas, incluyen ricina (WA), SEB (UC), Toxina botulínica (XR), saxitoxina (TZ) y muchas micotoxinas.

Son muchos los patógenos que liberados de forma indiscriminada podrían originar una epidemia, pero sus efectos podrían ser atenuados mediante el uso de la medicina convencional como los antibióticos. Sin embargo, mediante el uso de simples técnicas de genética molecular, como la transferencia de genes resistentes a estos antibióticos, bastaría para que la medicina convencional fuera obsoleta. Un ejemplo es la cepa recombinarte de Yersinia pestis (causante de la Peste bubónica) que crearon en los laboratorios rusos Biopreparat, una cepa resistente a 16 antibióticos distintos.

Las armas biológicas son consideradas armas de destrucción masiva tanto o más letales que las armas nucleares. A diferencia de estas (excepto la bomba de protones) solo afectan a las formas vivas respetando las infraestructuras.

La desventaja como en estas es la permanencia en el tiempo de la infección en el territorio infectado que requerirían unas recursos económicos y humanos.

Quizás todo los aportado en este artículo sea válido en unos tipos de conflictos centrados en los conflictos del siglo XX. La Gran Guerra de 1914 fue la última guerra de posiciones y trincheras. Las mayores bajas se dieron en los frentes de batalla. Ya en la Guerra Civil Española y en la 2ª Guerra Mundial, las poblaciones civiles de retaguardia fueron objetivos militares de primer orden. Tanto el bombardeo de poblaciones civiles (Guernica y Cabra en nuestra guerra civil) o Dresde, Coventry, Hiroshima y Nagasaki en la 2ª Guerra Mundial) tuvieron como objetivo primario la disminución de la moral bélica de la población y la debilitación de los gobiernos contendientes. La propaganda fue otro de los frentes en los que se actuó.

En esta época la informática tenía una escasa difusión y los sistemas que los empleaban eran escasos y bien protegidos.

Las guerras que pudieran venir en este siglo XXI van a tener otras características. Los ataques cibernéticos podrían paralizar toda la actividad tanto económica de una región o país sin destruirla y adquirible a precio de saldo. La eliminación o reducción de la población autóctona y su sustitución podría ser también un objetivo.

Sin ánimos de fomentar o desautorizar las conspiranoias circulantes sobre el coronavirus y la COVID-19, dejo a la opinión del lector sacar sus propias conclusiones.

Albert Mesa Rey | Jefe de Equipo ABQ