Acabar con Sánchez —aun siendo imperativo— no resuelve el problema. Lo que dificulta la regeneración cultural y sociopolítica es el Sistema, la hegemonía cultural implantada por los amos. Sánchez y los de su calaña son hijos y peones de una estructura —plutocrática, pervertida y fanática— infernal. Y están amparados por ésta.
Lo que le ocurre a este lugar hoy confuso y sombrío llamado España es que le atormenta el recuerdo de la felicidad perdida y el inagotable dolor presente. España ha pasado de ser la octava potencia mundial, un lugar feliz donde reinaba la luz, a transformarse en un cuadro amargo, compuesto de centrífugas regiones y lúgubre oscuridad, una nación sin futuro donde la esperanza y el reposo parecen no poder morar jamás.
Un desierto moral dirigido por bultos humanoides cuyo fin consiste en no hacer nunca el bien, apropiándose entre tanto de las riquezas del Estado y de los bienes y la vida de la ciudadanía. Gobernantes empeñados en hacer del cielo un infierno, en llevar a cabo sus perversos designios, resaltando sus iras y su venganza, y cuya divisa es: «El mal será nuestra única delicia».
Estos sicarios, mandarines y auxiliares de los nuevos demiurgos, como ángeles inicuos, cercados por sus crímenes, revolotean en innumerable muchedumbre bajo la bóveda de la patria. Pasan sus días anhelando momentos de venganza, y en sus giros ubicuos y frenéticos llevan la corrupción a las multitudes a base de imposturas, induciéndolas a vivir envilecidas, a que abandonen a su Creador, veneren a leviatanes y belcebúes como dioses y se entreguen a la abyección y al libertinaje más turbios.
En España, los diablos, exaltados por su codicia y por su impunidad se han encumbrado a las eminencias institucionales, y aunque la apatía o el fanatismo de los votantes les han otorgado una dignidad que por sus méritos administrativos y morales no podían esperar, todavía ambicionan mayor altura y enriquecimiento. Y contumaces en su vengativa guerra contra cielos y patria, no dejan de vanagloriarse como causantes del desastre.
Ninguna facción se alza en guerra donde no hay bienes que disputar, pues nadie lucha por lo baldío. Pero tras el período franquista España era una joya muy codiciada. Y sus enemigos, con la impagable ayuda de los Oppas de rigor, se la están disputando hasta dejarla irreconocible. Unos y otros, enemigos interiores y exteriores, piensan que su poder particular y global es suficiente para trastornar cielos y tierra —civilización y riqueza—, por lo cual, ya que no victoria final, al menos la apropiación o ruina de la joya será venganza.
De lo que se trata es de que el mundo —la vida— deje de ser una mansión dichosa para el humanismo cristiano, esto es, para todo código de valores. Se pretende pervertir en su raíz a la raza humana, confundiendo la tierra con el infierno y renegando así de su supremo Autor. A ese fin, frunciendo el ceño y brillando sus ojos en sed de inextinguible venganza, encaminan todos sus proyectos. Y para ello se esfuerzan en comprender el alma de los hombres: cuál es su forma y su naturaleza, su fuerza y su debilidad; cuales sus dotes y si contra ellos han de emplear la astucia o la violencia.
El objetivo es acabar enseñoreándose de la humanidad como de cosa propia y expulsando a los más lúcidos y rebeldes. Y cuando no expulsándolos, atrayéndolos a su facción, de modo que sus semejantes y su Dios los miren como a traidores. Conseguir que maldigan su frágil origen y lo efímero de su dicha. Sería esto más que un vulgar desquite; sería como disminuir el placer de la derrota que la Verdad acaba siempre infligiendo a la Mentira.
El caso es que los escasos españoles de bien, con más escepticismo que esperanza, aguardan indignados al pie de la patria cautiva la caída de los groseros ídolos de moral mutilada. Fuerza tienen, sin duda, para sufrir lo mismo que para obrar. Y esperemos que no dejen de entregarse a la rebeldía cuando ésta es el mejor consejo: ya sea para destronar al Mal o para recuperar sus perdidos derechos y su violentada libertad.
Lo evidente, a la vista de los hechos, es que habrán de buscar su bien por ellos mismos. Porque, abandonados por sus instituciones, en soledad e indefensión como se hallan, si no expulsan de su patria a los criminales, ¿qué espacio quedará para ellos? ¿Qué paz ha de concederse a los esclavos más que una dura prisión y los rigores que se les impongan? ¿Qué reposo pueden encontrar en una convivencia con malhechores?
Ninguna; sólo agresiones, odio y represalias para asfixiar al Bien en cualquiera de sus formas. Sólo eso pueden esperar de quienes son tan ingeniosos para el vicio y el crimen, como torpes para el esfuerzo y la acción generosa. En sus brazos y en su alma —y en la imprevisible Providencia— está, pues, que la extinción del capital-socialcomunismo, con sus negras idolatrías y sus falaces estatuas de purpurina, se produzca más pronto que tarde.
Para ello —sin descartar, como decimos, la inesperada circunstancia histórica— hay que insistir en la unión y en el descubrimiento de los guías idóneos, porque la férrea unidad y la conducción hábil y vigorosa resultan imprescindibles en todo propósito, ítem más en aquel que tiene como fin la purificación.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
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