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Siguiendo la idea del ensayo anterior sobre la adulteración perversa del concepto y sensación de la belleza, ahondaremos aquí en toda esta falsa filosofía del modernismo progresista, que no pasa de adoctrinamiento falaz y destructivo, amante del odio y la sinrazón, hermoseado de dulzura y libertad.
Antiguamente, hace tanto tiempo, en las universidades españolas se obligaba a los docentes a jurar el dogma de la Inmaculada Concepción, prueba de la noble obstinación española, en espera de su aceptación por Roma, que aún tardaría mucho en aceptarla. España lo entendió antes que el mismísimo Vaticano; como tantas cosas.
Muchos podrían, sin análisis profundo, burlarse de tal obstinación de los antiguos españoles, muy antiguos, ante delirios semejantes. Pero hoy, es difícil el acceso a las cátedras universitarias si evidenciamos no haber sido sometidos por los dogmas de la modernidad antidogmática al uso; claro, todo esto sin juramento, ¡válame Dios!, ah, no, perdón, me confundo mucho, quiero decir, sin necesidad de hacer un compromiso formal en público (uf, ahora sí).
Bueno, sea como sea, en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, la teoría crítica fomentada por nuestra tan querida (bueno, no) Escuela de Frankfurt, embotada de soberbia, se fue apoderando de las aulas, formando activistas radicales enmascarados y arropados por una falsa avanzada e irrefutable intelectualidad.
Es curioso observar el avance de tales ideas en la sociedad, con las proclividades vaticanas, manifestando y acomodándose a la moda materialista y destructiva del siglo. El Vaticano II creó su propia adaptación a la modernidad progresista, el aggiornamento, que es como la puerta abierta, no a la salida para evangelizar (creo que esta palabra está prácticamente proscrita, pues todas las religiones son salvíficas e iguales) y traer fieles, sino para que entraran las mefíticas corrientes modernistas y los hombres que la representan. La Iglesia deja de ser el abrigo de la Verdad Revelada, la defensa de la fe y la doctrina, y se convierte en una pieza más del siglo. Y, después, nos llegó la nueva Conferencia Episcopal Española, cada vez menos española, y menos episcopal, más mundana y política, más tolerante.
Ahora, la cultura occidental (no digamos la de esa parte llamada España o Hispanidad) es sospechosa, opresiva, y vienen, adalides de la moral incuestionable, a salvarnos: la familia natural es represión, célula del fascismo capitalista; la moral tradicional es dominación, la verdadera libertad consiste en la destrucción de las normas opresivas heredadas; la religión (católica, no piense mal el lector) es opresión supersticiosa. Hasta la maternidad es una construcción social opresiva, causante (según doctos psicólogos modernos) de neurosis.
Si esta canalla consigue destruir, desnaturalizar o simplemente debilitar a la familia natural-tradicional, habrán ganado la guerra, por eso se presenta como objetivo prioritario. El soporte de la sociedad y de la tradición heredada es la familia, en ella aprendemos las virtudes que nos forjan como verdaderas personas: fortaleza, generosidad, vinculación, carácter, responsabilidad, orden, disciplina, buen gusto, respeto, convivencia, convicciones, autoridad, excelencia… amor.
La familia es también la más importante transmisora del amor a la patria; si no nos hubiéramos dejado absorber por la mediocridad perversa, sin valores morales claros, de la degradante moda, España seguiría siendo una patria unida, libre de las mezquindades del destructivo globalismo homogeneizante. ¿Cuántas madres siguen cumpliendo con el sagrado deber de rezar y contar a los niños antes de dormir la grandeza de su historia nacional y de su familia? ¡Si solamente ese gesto hubiera sobrevivido…!
Han llegado a decir en esta farsa espeluznante, que la enfermedad mental es un invento de la social, y que los locos son los cuerdos en una sociedad enferma. Que la alta cultura es obscena. Cual el corazón tiene, tal dice de la gente, esto lo digo yo, con el amparo de nuestros clásicos.
Ahora, qué difícil es explicar que existe una biología que define el exterior, e, incluso, el interior, las inclinaciones de comportamiento, según la ley biológica de la herencia, pues tanto el aspecto exterior como el comportamiento, tiene una base genética. ¡Razzista! Pero, si es etología pura; bueno, eso ya no importa, no me sea inmovilista, la Escuela de Salamanca murió hace mucho.
Hay culturas más avanzadas que otras; ¡xenófobo! El mérito debe determinar el puesto y la responsabilidad; ¡clasista! El patriotismo es pilar del desarrollo moral y cultural de los pueblos, pues es amor a lo propio; ¡supremacista! Bueno, perdón, claudico, ya no me etiqueten más.
Y así, como el que no quiere la cosa, olvidado el honor, la razón y los principios, degradada, el alma, desnaturalizada, la invasión (que ya no es invasión, sino riqueza multicultural y alianza de civilizaciones) se consolida. Aunque sea de ingenieros oscuritos; total, ya todo es igual.
Y es que, cuando la objetividad y la razón se desvanecen, cualquier aberración es posible, y tienen que evitar cualquier discusión, cualquier análisis, con personas racionales, especialmente con un mínimo de cultura. Cuando no hay razón argumental, queda siempre el insulto, el dicterio.
Siglos de evolución cultural y desarrollo de la idiosincrasia nacional, vertidos al albañal del progresismo.
Es curioso (o no), que la tan mencionada y afamada Escuela de miserias intelectuales, perdón, de Frankfurt, tan izquierdista y progresista, fuera fundada por el hijo de un millonario, y su primer director un declarado marxista; que sus miembros tuvieran que refugiarse, tras la llegada al poder de Hitler, en el país más capitalista y demócrata del mundo, infiltrando su universidad y lo tomara de trampolín para difundir sus ideas, su dogmatismo radical del antidogmatismo vacío.
Esa mezcla grotesca de ideas y personajes, que dominaron la escena social y educativa (que dominan), que proyectó la teoría crítica, solamente pretendía la destrucción de todo legado cultural de la tradición occidental; aquella teoría, es la teoría de la superchería y la aniquilación de todo lo que constituía la esencia de las personas y los pueblos; destrucción sin alternativas, solamente el vacío del alma.
Y, decíamos en el ensayo anterior, que es importante, con la cultura y la moral, destruir el sentido de la belleza, que nos vincula al alma, que la enriquece, que es sensibilidad, humanidad, trascendencia. La sociedad que pierde el sentido de la trascendencia, se bestializa.
Ahora, las universidades no son lugares de diálogo abierto, sincero, para descubrir la verdad; ya no enseñan la realidad, ahora protegen, difunden e imponen doctrinas; la realidad ya no importa, la búsqueda de la verdad no es el objetivo, solamente el consenso progresista.
Estas teorías destruyen el alma humana, porque en ella chocan con la razón natural y las virtudes allí atesoradas de manera rudimentaria, pero dispuestas; el alma se niega a aceptar aquella enajenación. Al someter la propia naturaleza del alma, crea aquella doctrina individuos esquizoides, desarraigados, al servicio del moderno e igualitario globalismo, enraizado en la podredumbre de los desechos de nuestra civilización.
El término actual con el que se nombra a la forma más extrema de esta corriente, es wokismo; horrible palabra que viene del inglés, con la que se quiere señalar la liberación absoluta, perfecta, y se puede traducir por despierto, despierto a esa liberación total. Pero, a mí, me parece todo lo contrario, que aquellos perturbados que lo defienden tienen, no dormida, sino necrosada la razón y la moral por falta de riego intelectual. Y es que, señores, no he sabido soltarme del hilo de nuestra magnífica tradición. Como dirían algunos que se han pasado al otro bando, no he evolucionado. Triste de mí.
Este hipertrófico virus del progresismo modernista, fue tomando las aulas, y explosionó de manera revolucionaria en Paris (todos recuerdan el mayo francés de 1968) y en otros sitios de Europa y América. En España, nos libramos del estallido revolucionario, pero siguió infiltrándose en las aulas durante toda la década de los años sesenta y los cinco primeros de los setenta; y, después, llegó la democracia, la Constitución del 78, haciendo una revolución más gradual, más suave, más sibilina.
¡Qué útil para este proceso ha sido la invención de las minorías vulnerables!, sustituto de los antiguos obreros oprimidos. El victimismo más desgarrador (¡ay, dolor!), es la sensiblera ocasión para toda manipulación.
Debemos retornar al análisis profundo de las circunstancias y las ideas, sin complejos, con sabiduría, con sosiego; a mirar por dentro, pues hállase de ordinario ser muy otras las cosas de lo que parecían; y la ignorancia que no pasó de la corteza se convierte en desengaño cuando se penetra el interior. La mentira arrastra necios por vulgaridad continuada.
Sin duda, el retorno a nuestras lecturas clásicas es un peligroso norte hacia la verdad y la identidad.
¡¡SI SE DEBE, ME ATREVO!!
¡¡SUUUS!!
Amadeo A. Valladares Álvarez | escritor. Presidente fundador del movimiento Nuevos Tercios
Tags: Tradición, Familia, Progresismo, Cultura, Iglesia, Adoctrinamiento, Wokismo
