«Dato mata al relato» o el choque entre el relato climático y la realidad

fanatismo climático

Del «invierno más cálido de la historia» a la nevada histórica

El fanatismo climático ha vuelto a chocar con la realidad tras la nevada y las bajas temperaturas que azotan España, justo después de que la AEMET anunciara «el invierno más cálido de la historia».

Las imágenes de carreteras colapsadas, conductores atrapados y avisos por frío extremo contrastan con un relato institucional que durante meses negó la posibilidad de un invierno severo. Una vez más, el dato desmonta la propaganda.

Las previsiones oficiales y el relato dominante

Durante el otoño, la AEMET difundió previsiones que apuntaban a un invierno anómalamente cálido. Ese mensaje encajaba a la perfección con el discurso global del fanatismo climático, impulsado desde la ideología woke y la Agenda 2030.

Desde ese marco ideológico, cualquier fenómeno meteorológico sirve para reforzar la narrativa del calentamiento global antropogénico. El calor se presenta como prueba. El frío se redefine como anomalía, aunque estemos en invierno y sea lo que siempre pasa: frío en invierno, calor en verano.

El problema no reside en estudiar el clima, sino en convertir la climatología en dogma político. El fanatismo climático no admite matices. Exige fe ciega en modelos predictivos que fallan con frecuencia.

Organismos públicos, medios subvencionados y actores políticos repiten consignas sin debate crítico. El ciudadano recibe un mensaje único: todo va peor y solo el control estatal puede salvar el planeta.

La realidad: frío, nieve y caos invernal

Sin embargo, la realidad ha impuesto su propio veredicto. España afronta uno de los episodios invernales habituales en invierno. Heladas, cortes de carreteras y retrasos masivos en el transporte. Lejos del invierno templado prometido, el país vive un escenario clásico de frío severo. El consumo energético se dispara. Los servicios de emergencia trabajan sin descanso.

Este episodio desmonta es el fanatismo climático como relato cerrado, incapaz de asumir la variabilidad natural del clima. El clima siempre ha cambiado. Lo que resulta nuevo es el intento de usarlo como herramienta de ingeniería social.

Clima no es ideología

Meteorología y climatología no son lo mismo. Una describe el tiempo inmediato. La otra estudia tendencias a largo plazo. Confundir ambas disciplinas favorece el alarmismo.

El fanatismo climático borra esa distinción. Presenta proyecciones como certezas. Convierte hipótesis en dogmas. Quien discrepa recibe la etiqueta de negacionista. Desde sectores ideológicos concretos, el clima se utiliza como argumento moral. Se culpa al ciudadano medio de una supuesta catástrofe global. Se justifica así la imposición de impuestos verdes, restricciones energéticas y recortes de soberanía.

El miedo funciona como instrumento político. La Agenda 2030 se apoya en ese miedo para legitimar cambios sociales profundos sin debate democrático.

La AEMET y el problema de la credibilidad

La AEMET juega un papel clave en este proceso. Como organismo público, debería ofrecer información técnica, prudente y neutral. Sin embargo, su discurso se alinea cada vez más con el fanatismo climático institucional.

Cuando las previsiones fallan, no hay autocrítica. Se reformula el mensaje. Se habla de episodios aislados. Se ajusta el relato para que nunca quede en entredicho. Ese comportamiento erosiona la confianza ciudadana. Las instituciones pierden credibilidad cuando parecen más interesadas en sostener una agenda política que en explicar la realidad.

La ciencia necesita independencia. Cuando se mezcla con activismo y sectarismo, deja de ser ciencia y se convierte en propaganda.

Agenda 2030 y control social

El fanatismo climático no actúa solo. Forma parte de un proyecto más amplio. La Agenda 2030 impulsa un modelo de sociedad basada en restricciones, vigilancia y dependencia estatal.

Bajo el pretexto del clima, se limitan libertades económicas, se encarece la energía y se penaliza la industria nacional. Todo en nombre de un futuro abstracto que nadie puede verificar. España paga el precio de ese modelo. Menor competitividad, mayor pobreza energética y pérdida de soberanía. Mientras tanto, los grandes contaminadores globales siguen sin asumir compromisos reales.

El discurso climático sirve como coartada para imponer políticas ideológicas que nada tienen que ver con la protección real del medio ambiente.

Dato mata al relato

La nevada ocurrida estos días invalida es el uso sectario de esos estudios. El fanatismo climático pretende convertir la ciencia en religión. Cuando el dato contradice el relato, el relato se ajusta. Nunca se cuestiona el dogma. Nunca se admite el error.

El fanatismo climático demuestra una vez más su fragilidad frente a la realidad. El clima es complejo, variable y dinámico. No admite simplificaciones ideológicas.

Separar ciencia y activismo resulta imprescindible. El debate climático debe basarse en datos, no en miedo. En análisis, no en dogmas.

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