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En puridad, y en términos generales, en nuestra época resulta arriesgado —cuando no tramposo— hablar de democracia en los países de Occidente. Entre otras cosas, porque la democracia es, en sí, una pretensión utópica. Ese riesgo se convierte en falacia cuando nos referimos a ella en los conflictos geopolíticos, como podría ser el de Israel contra sus adversarios en Oriente Medio. O cuando vemos a dos hombres de Estado darse la mano, abrazarse o besarse en las reuniones globales.
Salvo originalísimas excepciones, ningún gobernante del mundo es en la práctica demócrata ni ético. Algo que se evidencia de manera repulsiva cuando, entre ellos, una pareja o un grupito intercambia sonrisas, mostrando cercanía o afinidad personal.
Pero si tales gobernantes logran ser demócratas a ratos, lo son por motivos coyunturales propicios o particularmente beneficiosos, no por talante o convicción. Porque el poder no se quiere compartir. De ahí que discutir sobre si galgos o podencos, buscando o viendo actitudes democráticas en unos u otros resulte cándido, ya que no obsceno.
Por eso, quienes juzguen la política —universal o doméstica— han de ser cautos. La situación internacional es hoy tal vez más complicada de lo que ya venía siendo. Y, desde la perspectiva diplomática, y sin olvidar nunca los aspectos morales, hay que andar con pies de plomo y darles y quitarles la razón un poco a todos para no bieninterpretar definitivamente a nadie, pero sobre todo para no quedar en situación desairada ni faltar a la verdad.
Dicho lo cual, no se puede esperar más que aberraciones y deslealtades de quienes a lo largo de sus carreras políticas han conseguido convertir en sinónimos los términos «hombre de Estado» «delincuente» y «terrorista», según las circunstancias.
En el contexto de las relaciones internacionales entre Estados soberanos -que ya quedan muy pocos- hay que observar los gestos de quienes se saludan para decidir un objetivo o llegar a un acuerdo. Sus actitudes y ademanes, sus expresiones de identidad, de servilismo o de recelo con los otros… Incluso sus muecas, señas, tics y hasta rictus.
Algo que también debe observarse en un entorno nacional. Un monarca, un jefe de Estado, por ejemplo, nunca puede sonreír ni estrechar públicamente la mano con complacencia ni efusividad a un gobernante corrupto. Su postura, en estos casos debe ceñirse estrictamente a lo protocolario. O quedar retratado para la posteridad por débil o por vil.
Es fácil sorprender los parentescos políticos y las analogías morales -o inmorales- en estos casos. Cuando quienes participan en responsabilidades de Gobierno, demuestran compartir a su vez las cloacas, las ciénagas y las organizaciones delictivas. La proximidad de los mafiosos, de los delincuentes, de los déspotas se transparenta en las fotografías tanto como en las decisiones.
Y pocos de entre ellos —si es que hay alguno— se han hecho el propósito de acabar con el cenagal político que representa un Sistema con dos caras, empeñado, en definitiva, en un solo objetivo: manipular y controlar a las multitudes manteniéndolas en el corral mientras se les explota pecuariamente.
Decía Maquiavelo, en El príncipe, que al político le basta para no ser aborrecido con respetar las propiedades de sus súbditos y el honor de sus mujeres, algo que, inflados de soberbia, ya ni siquiera cumplen estos responsables institucionales. Su exceso de codicia y su política inmigracionista y permisiva con el violador lo corroboran.
Para adornar su linaje y cometer sus tropelías, a todas estas autoridades les gusta viajar y reunirse en asambleas variopintas envolviéndose en la «razón de Estado», pero a estas alturas todos sabemos que la teoría de la razón de Estado es sólo un nombre inventado para favorecer la tiranía. Porque eso es lo que realmente son: personajes totalitarios, carentes de escrúpulos y envueltos en disfraces democráticos.
De modo que no les importa dar la razón a Voltaire —«la política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria»— y seguir obstinados en lo que mejor saben hacer: debilitar a los débiles y revitalizar a los poderosos.
El caso es que la sinceridad, el desinterés y la lealtad están fuera de lugar en buena parte del alto funcionariado y en la totalidad de los ladrones, y ambas ocupaciones se reúnen en el conjunto de los políticos actuales.
Y el caso es, así mismo, que la inmensa mayoría de los dirigentes internacionales, como de los nacionales, son personajes nauseabundos. Su putrefacción salta a la vista, sin necesidad incluso de aguardar a sus decisiones. Nunca les mueve la filantropía, sino la sed de poder.
Un poder que ansían omnímodo y perenne, y que nunca depositan en el pueblo, sino en vanidades, codicias y arrogancias. Y entre ellos, por grupos partidistas e intereses coyunturales y cambiables, se ayudan para que la impunidad ante la justicia y el latrocinio de dimensiones multimillonarias se mantengan. Porque ellos son el Estado, y de ellos es el Olimpo político, y hasta el divino.
Si quedaran estadistas de verdad, líderes o caudillos con la libertad, la dignidad, la tradición, la familia y la vida como objetivos incuestionables, deberían denunciar y recordar esto a la sociedad diariamente. Para que despierte. Y para que mire y vea con los dos ojos cómo está humillada y engañada con alevosía, ventaja y traición por estos modernos dioses de purpurina del Nuevo Orden.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
Tags: Democracia, Políticos, Occidente, Tiranía, Poder, Corrupción, Maquiavelo




