Ya nos han dejado atrás | Fernando Paz

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Nuestras posibilidades de salir de esta crisis mínimamente bien parados son escasas tirando a nulas. Aunque los políticos, y el gobierno en primer lugar, echarán la culpa a la pandemia, lo cierto es que lo que ha hecho esta ha sido acelerar un proceso que ya estaba en marcha, bien que el impacto del virus está sobredimensionando aquello que de otro modo hubiese tenido magnitudes más modestas.

El discurso oficial explica lo que está pasando en España subrayando el contexto internacional, y cómo el mismo mal afecta igualmente a gran cantidad de países europeos. A fin de cuentas se trata de un enemigo invisible que no reconoce fronteras.

Pero la realidad es muy otra: puede que el virus no sepa de fronteras, pero desde luego la incompetencia gubernamental sí tiene una transcripción geográfica. Porque ha sido eso, una monumental incompetencia sin precedentes, la que nos ha conducido a ser golpeados por el COVID-19 como ningún otro país lo ha sido. Y, al igual que está sucediendo en términos sanitarios, tampoco ningún otro país va a sufrir las consecuencias económicas con la terrible intensidad con la que las vamos a sufrir nosotros.

Por supuesto, el establishment no querrá admitir la singularidad del padecimiento nacional, porque ello sería reconocer la gravedad de los hechos acaecidos y las responsabilidades derivadas, al tiempo que la admisión de que la economía española padece unas muy pronunciadas debilidades estructurales. 

Pues si España va a sufrir más que ninguna otra nación europea en términos económicos, ello se debe a dos factores:

– El primero es que las decisiones que ha tomado el gobierno han sido enormemente lesivas por su radicalidad; una radicalidad producto de la tardanza en adoptar las medidas sanitarias de cierre de fronteras y de confinamiento que, tomadas apenas 10 días antes, nos hubieran ahorrado más de dos terceras partes de los muertos y casi un mes de reclusión, evitando así el colapso de los negocios más débiles (pequeñas empresas).

– Esas medidas, además, se han tomado sobre el telón de fondo de una economía asentada sobre unas bases muy frágiles. La clave es su extrema vulnerabilidad, porque carecemos de economía real y porque en su lugar prevalece un sector servicios supeditado a la buena marcha de la economía europea. Por eso, cuando Europa se constipa, España coge la gripe.

El resultado es algo cercano a la catástrofe. España se las apañó para salir de crisis anteriores gracias a las exportaciones. Pero esa salida a base de exportaciones no se debía sino a que éramos competitivos debido a nuestros bajos salarios, producto de la precariedad. Ahora ni ese consuelo cabe, ya que vivimos una lógica contracción de estas, si bien venían cayendo aceleradamente desde hacía dos años (en 2019 apenas crecieron un 1.8%, por debajo de la media comunitaria).

La crisis por la que atravesamos destruirá una buena parte del tejido social, con la consiguiente destrucción de la clase media y la proletarización de la parte más baja de ese estrato social, en un país en el que los ingresos de un 14% de la población están por debajo del salario mínimo; y, como en crisis anteriores, veremos también un sustancial incremento de las diferencias sociales. 

Algunos cálculos – quiera Dios queden lejos de lo que va a suceder – elevan el porcentaje de paro real que España puede llegar a padecer en los meses que están por venir incluso por encima del 50%. Como lo leen. Cierto que se trata de una estimación muy pesimista, pero no imposible. España, en cualquier caso, será el último país europeo en salir de la crisis. La precariedad de nuestra economía se revela ahora en toda su crudeza, cuando una gran cantidad de negocios, tras un cierre de dos meses, amenaza con venirse abajo; en no pocos casos esa amenaza ya se ha cumplido. 

Por lo demás, ¿creen que vamos a librarnos del rescate? Ni lo sueñen. El gobierno nos pondrá en manos de Bruselas, que hará con nosotros mangas y capirotes. Fluirá el dinero, porque somos su negocio. La parte buena es la posibilidad de que nos exijan recortes en gasto político; fin del despelote autonómico – pero que nadie se haga ilusiones sobre el fin del sistema autonómico todo -, de la proliferación de ministerios, de cargos públicos de designación digital…la parte mala es que los recortes serán también sociales – lo que afectará a los sectores más vulnerables de la población – y que aumentará nuestra dependencia, convirtiendo nuestra soberanía en un aún más lejano espectro del pasado.

Para el español de infantería, al que se mantiene en la ignorancia, ¿en qué se traduce la pérdida de soberanía?

El gobierno oculta a la población que el coste social es el peaje que paga España por formar parte del  proyecto globalista; se le oculta que la precariedad y los salarios cada día más menguados, lo son porque España está sometida a un orden internacional que así lo exige. La clase política le oculta a ese español de a pie que le está traicionando, que le están sacrificando a mayor gloria del globalismo. Le oculta la tragedia de un paro entre los mayores de 50 años que solo puede conducir a la desesperanza, y la  ausencia de un horizonte no solo para ese 35% de parados en edad juvenil, sino para todos aquellos que con la precariedad sufren la angustiosa ausencia de todo proyecto de futuro personal. 

Si a nivel mundial se está produciendo una concentración de poder político y económico mediante transferencias masivas del uno y del otro en favor de las élites globalistas, el caso español puede considerarse el epítome de ese fenómeno. Lo más bochornoso, y desesperanzador, es que quienes más hablan de “escudo social” están ofrendando a los españoles, a “la gente”, al Moloch del globalismo.

El gobierno de Pedro Sánchez blasona de que “nadie va a quedar atrás”. De momento, la crisis sanitaria donde ha dejado a decenas de miles ha sido bajo tierra. Y, además, pueden tener la seguridad de que, a la hora de la verdad, amplias capas de la población serán sacrificadas. Ya lo están siendo. 

Fernando Paz | Escritor