Relativismo cultural y Cultura relativizada | Javier Toledano

Relativismo cultural y Cultura relativizada

La percepción de la cultura, del hecho cultural, es algo desconcertante en estos tiempos tumultuosos y desnortados.

Cuando era joven (in illo tempore) el debate discurría entre dos posicionamientos antagónicos: materialismo vs culturalismo. En el ámbito de la Antropología académica, que es el que me ocupó en aquellos años, resumido a trazo grueso, la disciplina oscilaba entre la ortodoxia marxista, tan prestigiada entonces, y el refinado culturalismo intelectual, algo sibarita, de Clifford Geertz. Y en medio, matices y escaramuzas varias. La melodía es conocida: para la primera, la estructura económica determina la superestructura ideológica (la cultura) y, al contrario, para la segunda, la cultura prefigura las condiciones de vida materiales de las sociedades.

En todo caso, el concepto “cultura” gozaba de nombradía. Lo mismo daba que hablara uno de la cultura del período achelense, Paleolítico Inferior, o de la cultura clásica greco-latina. Hoy la “cultura” se ha depreciado de manera alarmante, se ha fragmentado y jibarizado. No tiene la importancia de antaño. Que la filosofía deconstructiva (décadas de los 60s y 70s del pasado siglo), la eclosión de la contra-cultura y el relativismo cultural han influido en ello, no cabe la menor duda. La manifestación más palpable de ese fenómeno es el triunfo global del “wokismo” y su séquito multitudinario de “culturas” (sic) infinitesimales y microscópicas: “cultura de la violación”, “cultura queer”, “cultura de la okupación”, etc. Quiere decirse que la cultura se usa para designar banalidades y darles cierto empaque, pero a la larga sucede que es la cultura lo que se banaliza, más y peor que cuando era adjetivada para enfatizar un ensayo sobre una materia específica: “cultura pop”, “cultura enológica” o “cultura futbolística”.

De este modo, última estación “woke”, “cultura” deviene un flatus vocis, un concepto nebuloso y fantasmagórico que significa tantas cosas distintas y contradictorias que, a la postre, no significa nada. Cuando mozalbete (ha llovido desde entonces) emergió en Barcelona una acepción de cultura que era la pera limonera, la cultura superferolítica, su estadio más sublimado jamás conocido por la humanal estirpe: “la cultura catalana”. Fue una auténtica eclosión. Era decir “cultura catalana”, lo mismo para la “Nova Cancó”, la literatura en catalán o la muy arraigada costumbre de recolectar setas por los alrededores de Berga y comarca, y entrar todo el mundo en un estado de elevación espiritual a un sólo temblequeo más de ese éxtasis levitatorio que cultivan los lamas tibetanos en los relatos de Lobsang Rampa. Durante años “la cultura catalana” fue lo máximo. Sus exégetas eran dioses y del resto de España se acercaban a ella mostrando la cerviz en actitud lacayuna y adoratriz, acomplejados y creyéndose indignos siquiera de dar lustre a sus zapatos. Es un uso del término “cultura” sobredimensionado, mistificador. Todo lo que a dicha “cultura” estuviera conectado era una exquisitez, una ambrosía para expansión de los más selectos paladares.

Sin embargo, lo que quiera que sea que llamamos “cultura” se ha depreciado vertiginosamente, digo. Incluso ese fenómeno que fue conocido como “alta cultura europea”. “Cultura”, pues, cotiza a la baja. Deviene “artificio” de escaso valor. Una morondanga de escurrajas destartaladas que habrían de estar en un trastero, apiladas sin ton ni son. “Cultural” es marchamo de artefacto desechable, de algo “contingente”, sobre todo, si nos referimos a la nuestra, a la occidental: “La divina comedia”, el “David” de Donatello, “La Marcha Radetzsky”, “Fort Apache”, el Citroën DS o “El asunto Tornasol”, entre miles de ejemplos. Una estafa. En tanto que serían necesarias para la Humanidad en su conjunto, para una humanidad más “humana”, la acepción de “cultura catalana” del párrafo anterior, la depurativa “cultura de la cancelación” o “la cultura del velo islámico”, pues “hay que respetar sus costumbres” (vale por su “cultura”)… y ojito, no se nos cuele de rondón la ablación clitoriana.  

Sea el caso de la adscripción de género invocada por los ideólogos del universo “no binario”, enrolados en el movimiento woke y derivados. En su docta opinión, el dimorfismo sexual de la especie no es un hecho científico, empírico y perfectamente contrastable por la observación directa. Que nadie se engañe. Es, atiza, un espejismo, un “constructo cultural”. Repito: “constructo cultural”. Queriendo decir aquí que la “cultura”, lo “cultural”, es pura filfa, una mercancía averiada que encorseta a las personas de manera arbitraria y, a menudo, injusta, pues reprime los posibles casos de disforia de género y estorba el libre desarrollo de la personalidad.

En otras palabras, la “cultura” se transforma en este supuesto en una herramienta que actúa a las órdenes de la opresión, ajena al individuo. Algo que juega en su contra. Y comoquiera que en el orbe planetario son incontables las culturas, por ser numerosos y variopintos los grupos humanos, el dimorfismo sexual (y correlato de ello, la pulsión heterosexual mayoritaria) no obedecería necesariamente, arrea, a un patrón biológico, sino a una mera convención “cultural”, válida aquí, pero no allí, qué sabe uno, entre los nambikwara del Amazonas. O sea, un capricho.

Con todo, no es preciso ser un lince para verlo: la heterosexualidad rige lo mismo, siquiera por un mandato reproductivo elemental, para las sociedades de baja densidad demográfica, esquimales o etoro papúes, que no han optado voluntariamente, que sepamos, por la autoextinción, que para la nutrida nación de los “derechointernacionalistas”, que tanto ha proliferado en apenas horas en tertulias televisadas, bares y cafeterías.

¿La Cultura ha muerto? Lo que es seguro que está la pobre muy pachucha.

Javier Toledano | escritor

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