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No es que las élites bipartidistas PP-PSOE compartan los valores de los inmigrantes ilegales. Simplemente odian o desprecian los suyos.
Mucho se ha escrito y debatido durante los últimos años acerca del apoyo incondicional y sistemático que el régimen bipartidista, compuesto por el PP y el PSOE, brinda a los procesos de inmigración masiva y descontrolada. Sin embargo, los análisis convencionales suelen errar el tiro al intentar explicar las verdaderas motivaciones de esta alianza fáctica. El problema fundamental no radica en que las élites políticas españolas compartan de manera profunda los valores, las costumbres o las cosmovisiones de los inmigrantes ilegales que cruzan nuestras fronteras, en especial, los islámicos. La realidad, aparte de los intereses electoralistas subyacentes, resulta mucho más cruda y desoladora para el porvenir nacional: los líderes del bipartidismo PP-PSOE simplemente desprecian los valores propios de la civilización que los vio nacer.
Asistimos al gobierno de una oligarquía dividida en dos facciones aparentemente enfrentadas, pero unidas por el mismo desarraigo moral. Por un lado, un sector de la izquierda -socialista o comunista-odia , y por ende, reniegan. activamente de la herencia histórica, cultural y religiosa de España; por el otro, una derecha acomplejada se siente profundamente avergonzada de su propia identidad. Esta falta de autoestima colectiva anula cualquier autoridad moral. Son cobardes ideológicos y culturales. Como consecuencia de ello, una élite bipartidista que desprecia su propia cultura no posee la capacidad de exigir a los recién llegados que se integren en algo significativo o respetable. Por lo tanto, los contingentes extranjeros que se asientan en los barrios españoles no realizan ningún esfuerzo de asimilación, pues nadie les marca un rumbo ni les exige el respeto a las leyes comunes.
La negligencia civilizatoria de las cúpulas del Partido Popular y del PSOE
Las cúpulas actuales del régimen bipartidista han olvidado por completo la esencia de la nación española. Los dirigentes de ambos partidos desconocen no solo lo que fuimos como sociedad histórica, nuestra identidad y esencia, sino también la razón fundamental por la cual existió y prosperó nuestra comunidad política durante siglos de historia común. Esta amnesia institucional los empuja a abrir de par en par las puertas de las fronteras a inmigrantes procedentes de otras sociedades y culturas radicalmente distintas, muchas de las cuales chocan de frente con la dignidad de persona, así como los derechos y libertades occidentales.
Esta política de fronteras abiertas no nace de un sentimiento genuino de compasión cristiana o altruismo humanitario, sino de una flagrante negligencia civilizatoria. Las élites del bipartidismo conciben a los seres humanos como simples unidades de producción intercambiables o como futuros clientes de subsidios estatales. Al despojar a la inmigración de su dimensión cultura, religiosa y de seguridad, el PP y el PSOE sabotean los pilares de la cohesión social. El resultado directo de esta irresponsabilidad se traduce en la ruptura de la paz civil en los barrios y en el nacimiento de guetos donde la ley del Estado ha dejado de regir de manera efectiva.
La dócil aceptación ciudadana ante el abuso de las burocracias estatales
Resulta sumamente sencillo y tentador focalizar toda la culpa de la decadencia actual en las decisiones corruptas de las élites del régimen bipartidista. Sin embargo, el problema de fondo y la verdadera tragedia nacional residen en la actitud de los propios votantes españoles. Una parte significativa de la población acepta dócilmente la tiranía cotidiana de unas burocracias hipertrofiadas que deciden sobre todos los aspectos de la vida civil. Los ciudadanos delegan todo lo que moldea su presente y su futuro en manos de burócratas globalistas que ni aman a sus naciones ni demuestran la más mínima capacidad para comprender las necesidades reales del pueblo soberano.
Los españoles se han convertido voluntariamente en meros espectadores pasivos dentro de sus propios hogares y municipios. El adormecimiento general que causa la comodidad material y el estado del bienestar subvencionado anula el espíritu de rebeldía que caracterizó a nuestra sociedad en épocas pretéritas. Además, el miedo psicológico paraliza a millones de personas. Existe un terror generalizado a que cualquier acto de resistencia o de protesta firme frente al absurdo institucional pueda hacerlos parecer descorteses, insolidarios o políticamente incorrectos ante los ojos de los medios de comunicación oficiales. Mientras la sociedad civil prefiera la tranquilidad ficticia antes que la defensa enérgica de su soberanía, las élites de los dos partidos mayoritarios continuarán desmantelando la herencia común sin encontrar oposición alguna en los colegios electorales.
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