Persecución de cristianos en Afganistán | Luis Antequera

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Mucha preocupación causa en el mundo la situación en la que se queda Afganistán con la retirada del ejército estadounidense y de la OTAN, que entró en el país en octubre de 2001, y lo deja ahora igual, o incluso peor, que lo encontró, con el retorno al gobierno de los mismos que lo ocupaban cuando todo empezó.

En la nueva situación imperante en el país es lógica la preocupación que en determinados ámbitos se pueda sentir hacia la hipotética minoría cristiana afgana, pero lo cierto es que Afganistán es uno de los países del mundo en que menos cristianos existen (si es que existe alguno, como veremos).

Históricamente hablando, hay un hecho determinante por lo que a Afganistán se refiere: su inextricable geografía que dificultará toda penetración extranjera en el país. Originariamente budista, de lo que son buena prueba los Budas de Bamiyan destruídos en 2001 por el régimen talibán, incluso esa islamización del país que hoy presenciamos como profundamente arraigada en su idiosincrasia es muy tardía respecto a la producida en otros países islámicos. No se inicia hasta el s. IX (a los efectos, considérese que para 730 incluso España se hallaba casi completamente islamizada), y no se consuma totalmente hasta la irrupción en la región del Imperio Gaznávida, de religión islámica, en el s. XI. Pero lo cierto es que a partir de ese momento, el islam va a constituir una de las señas de identidad del país, una roca contra la que se va a estrellar todo intento de alterar el perfil religioso local.

El islam afgano es un islam de raíz sunita, que profesa casi el 90% de la población, aunque con él convive una comunidad islámica de raíz chiíta que profesa el grupo étnico hazara, uno de los catorce que conviven en Afganistán, la cual podría representar un 10% de la población afgana. Todavía dentro del islam, se habla de una tercera minoría, la ahmadí, que apenas alcanzaría unos centenares de fieles. Y ya fuera del islam, se habla de comunidades sijes e hinduistas, las cuales, sin embargo, ni siquiera alcanzan el millar de fieles. Y eso es todo por lo que a composición religiosa del país se refiere. Cristianos cero.

Y es que nada en la historia afgana justifica o explica la existencia de una comunidad cristiana en el país. Dice la tradición cristiana que la evangelización de Asia correspondió, entre los apóstoles, a Tomás y a Judas. Y efectivamente esa evangelización registró pequeños éxitos en forma de comunidades cristianas en algunas partes de la India, de las que incluso habla Marco Polo en su “Libro de las Maravillas”, pero no, en modo alguno, en Afganistán.

Tras ser conquistado por los mongoles de Gengis Can a partir de 1221, y luego por Tamerlán, sólo en el s. XIX se registran intentos de penetración en el país por parte de potencias cristianas, Rusia por un lado, Reino Unido por otro. Pero más allá de un dominio nominal siempre contestado por los afganos -la gran potencia del momento, el Reino Unido, librará dos complicadas guerras en la región, una en 1839, la otra en 1878-, ningún proceso de colonización o modernización del país podrá ponerse en práctica, ni menos aún, algo parecido a una evangelización.

Según el “Informe de Libertad Religiosa” de la institución pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada, en 2018 se registraron en Afganistán 22 ataques o atentados contra la libertad religiosa, con 156 muertos, mientras que en 2019, el número de ataques descendía algo, hasta 20, con 80 muertos. Pero ninguno de esos ataques fue contra un templo cristiano, por la sencilla razón de que en Afganistán no existen templos cristianos. El grupo más atacado por esos atentados será el de los chiítas hazaras.

El único templo cristiano que se puede encontrar dentro de las fronteras que delimitan la geografía afgana es el que existe en la embajada italiana (técnicamente hablando, en suelo italiano), en el que, según su titular, el padre Giuseppe Moretti, apenas asistían a misa 10 personas, de los que probablemente ninguno afgano, sino personal diplomático italiano y puede que de otras legaciones.

También según el informe de Ayuda a la Iglesia Necesitada, sí se da, en cambio, algún tipo de presencia asistencial cristiana, cifrada en “tres hermanitas de Jesús dedicadas a la asistencia sanitaria; cinco hermanas de las Misioneras de la Caridad (la congregación fundada por santa Teresa de Calcuta) que atienden a niños huérfanos discapacitados, niñas abandonadas, y proporcionan ayuda a 240 familias pobres; y tres hermanas de la comunidad intercongregacional Pro Bambini di Kabul (“Por los Niños de Kabul”) que cuidan de 40 niños discapacitados”. Cabe preguntarse qué será de estas hermanas en la nueva situación imperante en el país, y lo más probable es que hayan sido evacuadas entre los miles de personas expatriadas de Afganistán con la retirada de la coalición internacional.

La Constitución afgana, aprobada en 2004, -ojo, con la presencia en el país de la coalición internacional y sin influencia talibán de ningún tipo por lo tanto-, es de tipo clarísimamente confesional. Su artículo 2 afirma que “la sagrada religión del islam es la religión de la República Islámica de Afganistán”, y el artículo 3 que “en Afganistán ninguna ley contravendrá los principios y disposiciones de la sagrada religión del islam”.

El artículo 1 del Código Penal afgano no es menos taxativo al respecto, cuando dicta que “quienes cometan delitos hudud, serán castigados conforme a las disposiciones de la ley religiosa islámica”, en definitiva, la sharia. Los delitos hudud, o gravísimos, son siete, entre los cuales la apostasía y la blasfemia, que la sharía castiga con la pena de muerte.

Todo lo cual no presenta un panorama ni propicio a la tolerancia religiosa, ni menos aún, a ningún tipo de proselitismo cristiano, presentado el cristianismo, en este momento, por si fuera poco, como la religión del invasor. Un panorama que ante el nuevo statu quo en que se desenvuelve el país no puede sino empeorar por lo que a libertad religiosa se refiere, con los talibanes en el poder y sin cortapisa de ningún tipo.

Algunos medios, Ayuda a la Iglesia Necesitada también, habla de pequeñas comunidades cristianas clandestinas que se reunirían en domicilios privados en número nunca superior a los diez individuos, pero es poca la información concreta que se aporta sobre esos grupos, y no es disparatado pensar que esos grupos no existan o que, si existieron alguna vez, dejen de hacerlo ahora, en una situación que por lo que hace a tolerancia religiosa, no podrá sino agravarse.

 Luis Antequera | Escritor