Al Gore o Greta Thunberg comparten la misma gramática ehrlichiana
Paul Ehrlich, el profesor de biología en Stanford autor de La bomba demográfica, murió a los 93 años. Fue el falso profeta más influyente del siglo XX, pasó décadas anunciando el colapso inminente de la civilización y se fue sin haber revisado una sola de sus predicciones. Las paradojas son crueles: vivió lo suficiente para ver cómo la realidad las desmontaba una por una. Ya en los años setenta, mientras proclamaba una explosión demográfica incontrolable, las tasas de natalidad llevaban tiempo cayendo. La hambruna que anunció como certeza nunca llegó. La población mundial creció y, con ella, los niveles de vida en todas las regiones del planeta han mejorado. Su error fue evidente desde el principio, y aun así nunca cambió de opinión.
El manifiesto del control poblacional
La bomba demográfica se publicó en 1968 y su prólogo no dejaba margen para la ambigüedad: «La batalla por alimentar a toda la humanidad ha terminado. En la década de 1970, el mundo sufrirá hambrunas: cientos de millones de personas morirán de hambre a pesar de cualquier programa de emergencia que se emprenda ahora. A estas alturas, nada puede evitar un aumento sustancial de la tasa de mortalidad mundial… Ya no podemos permitirnos el lujo de limitarnos a tratar los síntomas del cáncer del crecimiento demográfico; hay que extirpar el cáncer de raíz». Y su solución era consecuente con ese diagnóstico: «Debemos controlar la población en casa, idealmente mediante un sistema de incentivos y sanciones, pero por la fuerza si los métodos voluntarios fracasan».
Legado ideológico y la Agenda 2030
Ese pensamiento de suma cero se volvió dogma para el progresismo, para buena parte de la clase política mundial y, cómo no, para la prensa. Fue el pensamiento que legitimó políticas de control poblacional que derivaron en atrocidades concretas y para el infausto plan de decrecimiento sobre el que se sustenta la tristemente célebre Agenda 2030. Su legado es una advertencia de los daños que puede causar el catastrofismo cuando encuentra audiencia entre quienes tienen poder.
Es difícil encontrar en el siglo XX un intelectual cuyas ideas erróneas hayan tenido tanto éxito con tanta impunidad. Ehrlich no se limitó a escribir un libro alarmista: construyó un movimiento. Fundó Zero Population Growth, inspiró el decrecentismo moderno y fue bienvenido en los medios más influyentes del mundo durante décadas. Recientemente, en 2023, la CBS le abrió las puertas de 60 Minutes para que anunciara, una vez más, el fin de la civilización tal como la conocemos. Su alarmismo encendió la imaginación de la izquierda ambientalista internacional y se convirtió en el marco intelectual desde el cual gobiernos, organismos internacionales y activistas leyeron el mundo durante generaciones.
Una lista de profecías fallidas
Y las predicciones concretas eran delirantes. Sostuvo que para 1980 la esperanza de vida promedio de los estadounidenses se reduciría a 42 años. Que entre 100 y 200 millones de personas morirían de hambre cada año durante los setenta. 65 millones de estadounidenses morirían de hambre en los ochenta. Que la contaminación atmosférica en Los Ángeles y Nueva York causaría 200.000 muertes anuales y que toda la vida marina importante se extinguiría hacia mediados de los ochenta. Que Estados Unidos racionaría el agua en 1974 y los alimentos en 1980. Y, quizás la más memorable, que apostaría a que Inglaterra no existiría como sociedad funcional en el año 2000 .
La realidad frente al dogma catastrófista
La realidad fue la inversa de todo. La población mundial pasó de 3.500 millones en 1968 a 8.300 millones hoy, y la tasa de mortalidad global cayó de 12 a 8 por cada mil personas. La esperanza de vida mundial aumentó de 57 a 73 años. La proporción de personas desnutridas se redujo del 27% al 8,2% . La pobreza extrema, que afectaba al 44% de la humanidad en 1981, hoy alcanza al 9% . Los océanos siguen vivos. Inglaterra sigue existiendo. Y la preocupación demográfica dominante ya no es la superpoblación sino exactamente lo contrario: más de la mitad de los países del mundo tienen tasas de natalidad por debajo del nivel de reemplazo, y la ONU proyecta que la población mundial alcanzará un pico de poco más de 10.000 millones hacia 2080 y comenzará a declinar. China hoy enfrenta una crisis demográfica sin precedentes y su población podría caer a menos de la mitad para 2100.
Sin embargo, el error de Ehrlich no murió con él. Su tesis central sigue operando como sustrato intelectual de organismos como Naciones Unidas que anuncian periódicamente el colapso inminente de la civilización por contaminación, por epidemias, por consumo energético o por cualquier vector disponible; operando siempre dentro del marco que él construyó. Hay algo en el catastrofismo que parece inmune a la refutación empírica.
El factor humano: innovación vs. escasez
Ehrlich y sus seguidores cometieron un error de base: subestimaron sistemáticamente la capacidad humana para resolver problemas mediante la creatividad y la ingeniería. No es un error menor sino, precisamente, el error que invalida toda su arquitectura intelectual. La Tierra tiene recursos finitos, pero en un sistema de mercado libre esa finitud no conduce al colapso sino a la innovación: cuando algo escasea, sube de precio; cuando sube de precio, aparecen sustitutos, tecnologías nuevas, soluciones que nadie había imaginado. La historia del siglo XX es, entre otras cosas, la historia de esa capacidad desplegándose una y otra vez contra las predicciones de quienes apostaron por el desastre.
La apuesta Simon-Ehrlich: una lección económica
Esto quedó plasmado en la famosa disputa de Ehrlich con el economista Julian Simon, de la Universidad de Maryland. En 1980, Simon desafió a Ehrlich a una apuesta sobre el precio de las materias primas a lo largo de una década. En el fondo no era una disputa financiera sino un choque entre dos visiones irreconciliables sobre la naturaleza humana. Si Ehrlich tenía razón, la presión de una población creciente sobre recursos finitos dispararía los precios. Si Simon estaba en lo correcto, el ingenio humano y el libre mercado responderían con innovación, abaratando los costos con el tiempo. Ehrlich, tan seguro de su apocalipsis, aceptó sin dudar y eligió personalmente una canasta de cinco metales básicos (cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno) valuada en mil dólares. Las reglas eran simples: si en 1990 el precio combinado de esos metales, ajustado por inflación, superaba los mil dólares originales, Simon pagaba la diferencia; si caía por debajo, pagaba Ehrlich.
En octubre de 1990, Ehrlich debió enviar a Simon un cheque por 576,07 dólares. Los precios no habían subido: se habían desplomado más del 50%. La escasez que Ehrlich consideraba inevitable no se había materializado porque la humanidad había hecho exactamente lo que Simon predijo: encontrar nuevas fuentes, desarrollar sustitutos, producir más con menos. La apuesta fue la demostración empírica más elegante de que el catastrofismo no entiende lo más importante: que los seres humanos piensan, inventan y se adaptan, y que los mercados libres son el mecanismo más eficaz que existe para convertir ese ingenio en prosperidad compartida.
De Malthus a Ehrlich: una comparación injusta
A Ehrlich se lo suele llamar neomalthusiano, y la referencia vale la pena explicarla porque la comparación, en rigor, le hace un favor. Thomas Robert Malthus (1766-1834) fue un economista y clérigo inglés que formuló la idea de que la población crece exponencialmente mientras la producción de alimentos lo hace aritméticamente, una fórmula que la historia desmintió con rapidez. Lo que pocos recuerdan es que el propio Malthus, al confrontar sus teorías con la evidencia, comenzó a revisarlas. Operaba además en un contexto radicalmente distinto: el amanecer de la revolución industrial, antes de que la humanidad demostrara su capacidad para multiplicar la producción agrícola, desarrollar fertilizantes sintéticos y alimentar a miles de millones más de los que él consideraba posibles. Ehrlich, en cambio, no tenía esa excusa. Escribió en 1968, cuando la Revolución Verde ya estaba transformando la agricultura mundial, y aun así ignoró la evidencia. Llamarlo heredero de Malthus es injusto con Malthus.
La mutación del alarmismo
Cuando sus predicciones fallaban, Ehrlich no las revisaba sino que las reemplazaba. Pasó de la «hambruna masiva» a la «catástrofe climática» y la «pérdida de biodiversidad» sin perder un instante de credibilidad mediática. El núcleo permanecía intacto: la convicción de que el progreso humano es un juego de suma cero contra una naturaleza frágil, y que los seres humanos son, en sus propias palabras, un «cáncer» para el planeta.
Su legado no es abstracto. Ehrlich fue el padrino intelectual del ecologismo apocalíptico moderno y sus herederos son legión: Al Gore o Greta Thunberg son un ejemplo de ellos. Todos comparten la misma gramática ehrlichiana: la humanidad como amenaza, el progreso como destrucción, la prosperidad como pecado. Medios de comunicación y gobiernos adoptaron ese pesimismo y formaron generaciones enteras en la premisa de que la especie humana es plaga. El principio rector de Ehrlich era que la humanidad era un problema a resolver y el Estado era un agente legítimo para intervenir donde la voluntad individual no alcance.
Autoritarismo y control social
Detrás del catastrofismo de Ehrlich había algo más que pesimismo, había un autoritarismo explícito. Sostuvo que vincular la ayuda estatal a la infertilidad era «coerción por una buena causa». Propuso que la Comisión Federal de Comunicaciones garantizara que las familias numerosas fueran «siempre tratadas de forma negativa en televisión». Y si la persuasión fallaba, el gobierno debería, en sus palabras, «meterte en la cárcel si tienes demasiados hijos».
En 1977, Ehrlich llevó esa lógica hasta sus últimas consecuencias en Ecoscience: Population, Resources, Environment, un voluminoso libro que coescribió con su esposa Anne y con John Holdren, quien décadas después se convertiría en el principal asesor científico de la Casa Blanca durante la administración Obama. El libro dedicaba secciones enteras al «control involuntario de la fertilidad» y concluía que leyes de control poblacional, «incluso leyes que exigieran el aborto obligatorio, podrían sostenerse bajo la Constitución vigente si la crisis demográfica se volviera suficientemente grave como para poner en peligro a la sociedad».
Propuestas radicales de esterilización
Los autores también discutían la esterilización forzada de mujeres tras el segundo o tercer hijo, implantes anticonceptivos colocados al inicio de la pubertad, y la adición de esterilizantes al agua potable. Cuando se les preguntaba por estas propuestas, su objeción no era moral sino práctica: el problema con envenenar el suministro de agua, señalaban, era la dificultad técnica de no contaminar también el ganado. Holdren intentó desvincularse de estas posiciones cuando fue nominado por Obama, argumentando que el libro era un compendio de ideas ajenas y no un programa propio.
El Club de Roma y la política climática actual
Ehrlich nunca encontró una predicción catastrofista que no adoptara como propia. Respaldó con entusiasmo las proyecciones del Club de Roma en Los límites del crecimiento, que anunciaban el colapso económico inminente por agotamiento de recursos no renovables, proyecciones que los mercados y la innovación tecnológica desmintieron punto por punto. En 2017, a sus 85 años, promovió la tesis de que la humanidad estaba al borde de una «aniquilación biológica» provocada por una sexta extinción masiva de origen humano. Era una alarma más en una serie interminable, con el mismo mecanismo de siempre: el desastre es inminente, es irreversible, y solo una intervención drástica puede atenuarlo. Los principales programas políticos de nuestro tiempo han incorporado elementos de esta filosofía. La política climática es el ejemplo más claro.
La persistencia del miedo como herramienta de poder
La muerte de Ehrlich dispara algunas reflexiones a la luz de su falaz y a la vez exitoso legado: ¿por qué el alarmismo persiste con tanta vitalidad después de tantas derrotas empíricas? La respuesta tiene que ver con algo más profundo que la política. Existe una dificultad genuina para comprender cómo los seres humanos pueden prosperar sin dirección centralizada, sin planificadores que administren la escasez, sin ingenieros sociales que corrijan los excesos de la libertad. El mundo de quienes piensan como Ehrlich es un mundo donde alguien tiene que decidir quién come y quién no, quién se reproduce y quién no, qué se produce y qué se sacrifica. Ese mundo requiere administradores todopoderosos. Y hay muchas personas dispuestas a ejercer ese poder.
Karina Mariani / La Gaceta (subtítulos nuestros)
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