¿Y si Rusia, China y Estados Unidos estuvieran dando forma a nuestro futuro inmediato?

El futuro no espera. Y mientras los diplomáticos occidentales debaten procedimientos y principios, alguien, mucho más al este, ya está sentando las bases del orden del mañana.

El orden mundial destrozado

Algo sumamente importante está ocurriendo, pero aún no podemos comprender su alcance total. La reunión en Pekín entre los líderes políticos de Estados Unidos, China y Rusia es un acontecimiento muy inusual, que oculta algo mucho más trascendental de lo que aparenta.

El sistema internacional liberal-occidental construido después de 1991 ha dejado al descubierto sus irreparables fisuras estructurales, hasta el punto de que ni siquiera Occidente en su conjunto puede creer ya en él. Los conflictos en Ucrania, Gaza e Irán; la competencia tecnológica entre Washington y Pekín; las tensiones en el Indo-Pacífico; la crisis energética europea posterior a 2022: cada uno de estos acontecimientos es, por sí solo, un signo de cambio que, en conjunto, traza una transición hacia un orden multipolar en el que ningún actor puede imponer sus propias reglas sin negociar con los demás. Como escribió Brzezinski: «La hegemonía no se pierde de un día para otro. Pero los signos de su crisis se acumulan silenciosamente hasta que se vuelven imposibles de ignorar» (La última oportunidad, 2007).

Telurocracias frente a Talasocracias: el pulso por el control global

En este contexto surge una cuestión estratégica fundamental: ¿Podrán Rusia, China y Estados Unidos —a pesar de las tensiones, las sanciones y la retórica de una Guerra Fría 2.0— encontrar un camino hacia una convergencia pragmática? Y, de ser así, ¿qué forma adoptaría este nuevo equilibrio?

Las respuestas a estas preguntas no están surgiendo en los pasillos del Consejo de Seguridad de la ONU ni en los comunicados del G7 o del G20, estructuras ya obsoletas incluso para la prensa convencional: se están construyendo, de forma pragmática y lejos del foco miope de la propaganda occidental, a través de acuerdos multilaterales, asociaciones, infraestructuras físicas y rutas comerciales alternativas que están dando forma a la geografía del futuro.

La geopolítica clásica siempre ha distinguido entre dos modelos de dominio global: las potencias terrestres (telurocracias) y las potencias marítimas (talasocracias). Esta distinción, desarrollada por Halford Mackinder a principios del siglo XX y retomada por Carl Schmitt y posteriormente por Alexandr Dugin, nunca ha sido una mera clasificación académica, sino que constituye una clave para interpretar el comportamiento estratégico de los Estados en función de su modelo de civilización.

La infraestructura continental como arma estratégica

Las telurocracias —históricamente Rusia, pero también China y los grandes imperios continentales— ejercen su poder mediante el control del territorio, los recursos subterráneos, los ferrocarriles y los corredores energéticos. Su estrategia prioriza la profundidad geográfica, la capacidad de sobrevivir a los bloqueos comerciales y la construcción de redes terrestres difíciles de interrumpir. Las talasocracias —desde Gran Bretaña hasta Estados Unidos— proyectan su poder mediante el control de los mares, los estrechos estratégicos, las rutas comerciales marítimas y las flotas militares y civiles. Controlar el mar significa controlar el comercio mundial: aproximadamente el 80 % de las mercancías del mundo se transportan por barco.

Hoy, Rusia y China actúan exactamente como cabría esperar de potencias telurocráticas: invierten en infraestructura física continental, desarrollan corredores energéticos (Nord Stream, Fuerza de Siberia, TurkStream) y construyen redes ferroviarias de alta velocidad que conectan China con Europa a través de Asia Central. La Iniciativa de la Franja y la Ruta de Pekín no es otra cosa que la estrategia más ambiciosa de control territorial euroasiático de la historia moderna. Estados Unidos, en cambio, mantiene su centralidad mediante su presencia naval: sus portaaviones patrullan los estrechos de Ormuz, Malaca y Bab el-Mandeb, así como los canales de Panamá y Suez. Sin acceso al mar y sin la capacidad de negárselo a sus adversarios, la hegemonía estadounidense sería vacía.

La guerra de los corredores: la Franja y la Ruta frente al Ártico

La competencia más importante del siglo XXI no se libra con bombas, sino con obras de construcción. En pocas palabras, desde 2013, China ha destinado más de un billón de dólares a infraestructura global a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que abarca 150 países. El ferrocarril China-Europa (con más de 80 rutas operativas) transporta ahora mercancías de Shanghái a Madrid en 18 días, frente a los 30-35 días que tardaba por vía marítima.

Por su parte, Rusia está acelerando el desarrollo de la Ruta Marítima del Norte, que podría reducir los tiempos de navegación entre Europa y Asia en aproximadamente un 40 % en comparación con el Canal de Suez. Con el deshielo del Ártico, acelerado por el cambio climático, esta ruta será navegable durante muchos más meses al año para 2040.

Estados Unidos responde con la Alianza para la Inversión y la Infraestructura Global (PGII), relanzada en el G7 como alternativa a la Iniciativa de la Franja y la Ruta: 600.000 millones de dólares prometidos a los países en desarrollo. Sin embargo, la capacidad de implementación estadounidense en este ámbito sigue siendo inferior a la de China, limitada por la fragmentación burocrática y la reticencia del sector privado hacia las inversiones con alto riesgo geopolítico.

Convergencia estratégica: Pekín es la mesa de negociación del mundo.

Imaginar una convergencia entre Rusia, China y Estados Unidos parece, a primera vista, contraintuitivo. Washington impuso sanciones draconianas a Moscú tras la invasión de Ucrania. La rivalidad tecnológica con Pekín se manifiesta en restricciones a las exportaciones de semiconductores, guerras arancelarias y disputas sobre la gobernanza de internet. ¿Cómo podrían estas tres potencias sentarse a la misma mesa?

La respuesta reside en la distinción —que los diplomáticos profesionales conocen bien— entre la retórica pública y los intereses estratégicos reales. Los Estados no actúan en función de simpatías ideológicas, sino en función de cálculos de costo-beneficio, y estos cálculos sugieren que una cierta forma de coexistencia pragmática es preferible —para los tres— a una escalada incontrolada.

Para Rusia, el colapso del comercio con Occidente después de 2022 ha convertido a China en un socio comercial indispensable: las exportaciones de petróleo ruso a Pekín han alcanzado niveles récord, y el comercio bilateral superó los 240.000 millones de dólares en 2023. Pero Moscú no quiere depender exclusivamente de China; busca múltiples socios y el reconocimiento internacional de su esfera de influencia.

Para China, la estabilidad de las rutas comerciales es vital: más del 60% de sus importaciones de energía transitan por el estrecho de Malaca, controlado de facto por la Armada estadounidense. Pekín tiene un gran interés en desarrollar alternativas terrestres y reducir su vulnerabilidad marítima, pero tampoco desea un conflicto abierto con Estados Unidos que destruya el mercado de exportación del que depende su crecimiento. El bloqueo del estrecho de Ormuz ya constituye un problema lo suficientemente importante como para merecer una seria consideración.

El nuevo realismo estratégico del siglo XXI

Para Estados Unidos, paradójicamente, la perspectiva de un mundo multipolar con reglas compartidas podría ser preferible a una confrontación simultánea en dos frentes con Rusia y China. La Doctrina Nixon, que en 1972 abrió la puerta a que Pekín aislara a Moscú, podría evolucionar hoy hacia una dinámica triangular más compleja en la que Washington acepte ser un actor más, manteniendo al mismo tiempo asimetrías en tecnología, finanzas y control naval.

El pragmatismo geopolítico no es una debilidad: es la forma más elevada de realismo estratégico.

Resulta significativo que el candidato natural para albergar este nuevo diálogo sea Pekín. La capital china ha invertido mucho en su imagen como mediador internacional creíble: la propuesta de paz para Ucrania de 2023, el acuerdo de normalización entre Arabia Saudí e Irán facilitado por Pekín, la presidencia de Xi Jinping de la APEC y los foros de los BRICS, todo ello contribuye a construir una narrativa alternativa en la que China es el polo de estabilidad, no de desestabilización.

En el plano simbólico, la imagen de representantes reunidos en Pekín —aunque solo sea para conversaciones técnicas sobre rutas comerciales y energéticas— señala un cambio radical en la dinámica del poder global. Ya no son el G7 ni Washington los centros de la normatividad internacional, sino una capital asiática la que acoge las negociaciones del futuro.

En la práctica, China ya cuenta con la infraestructura de negociación necesaria: la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), los BRICS ampliados (que, a partir de 2024, incluirán a Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Irán, Etiopía y Egipto), y una densa red de acuerdos bilaterales de intercambio de divisas que han erosionado el monopolio del dólar en las transacciones internacionales.

La crisis de Europa: espectadora en su propio teatro.

En medio de este realineamiento global, Europa se encuentra en una posición de singular fragilidad, sufriendo un déficit estratégico crónico que la incapacita para actuar como actor autónomo en los principales asuntos internacionales.

La Unión Europea es una estructura extraordinaria de cooperación económica y regulatoria fallida, aquejada de enanismo geopolítico. Las políticas exteriores de los Estados miembros se basan en tradiciones, intereses y visiones del mundo profundamente divergentes y obsoletas. En casi cuatro años de guerra de palabras, no ha logrado nada significativo más allá de llenar kilómetros de páginas con sanciones contraproducentes. El resultado es una política exterior europea que procede conformándose con compromisos, incapaz de responder en tiempo real a las crisis, siempre a la espera de que el líder de turno marque el rumbo a seguir. La apoteosis de la estupidez.

Declive de Europa

El declive del peso geopolítico de Europa es, en parte, estructural. Europa está envejeciendo demográficamente, con un crecimiento menor que el de Estados Unidos y mucho menor que el de China e India. Sus industrias de defensa, que durante décadas han sufrido una financiación insuficiente debido al paraguas de la OTAN, tienen dificultades para cumplir los nuevos objetivos de rearme. Su capacidad tecnológica, si bien es excelente en algunos sectores, se encuentra rezagada con respecto a los ecosistemas estadounidense y chino en inteligencia artificial, semiconductores avanzados y plataformas digitales.

Resulta evidente que, en este contexto, Europa se encamina directamente a ser sometida al nuevo orden en lugar de contribuir a su definición. Si Rusia, China y Estados Unidos alcanzaran acuerdos sobre rutas comerciales y la arquitectura financiera global sin la participación europea, Bruselas se enfrentaría a un hecho consumado: nuevos aranceles, nuevas normas técnicas y nuevas fronteras comerciales definidas en otros países. Europa corre el riesgo de convertirse en el «viejo continente» en el sentido más literal: una realidad rica en historia y cultura, pero incapaz de proyectar su influencia en el mundo que se está configurando.

La respuesta europea a todo esto es un conjunto de mecanismos obsoletos —Autonomía Estratégica, Unión Europea de Defensa, Mecanismo de Ajuste en Frontera del Carbono— que se han adoptado con la convicción de avanzar en la dirección correcta, de forma autorreferencial, a un ritmo institucional inadecuado, sin saber exactamente qué vendrá después, pero con la certeza de que los tecnócratas de la Comisión Europea encontrarán su propia satisfacción personal a expensas del pueblo.

Mirando más allá, hacia algo nuevo.

Si las tres superpotencias convergieran en un nuevo marco para la gobernanza de las rutas comerciales, las consecuencias serían profundas para el mundo entero y, hay que decirlo, sería un paso increíblemente poderoso hacia la multipolaridad (que, recordemos, solo puede darse por etapas, no de golpe).

Las rutas terrestres euroasiáticas se convertirían en alternativas viables a las rutas marítimas tradicionales, reduciendo la dependencia de los puntos estratégicos marítimos y, por ende, el poder de interdicción estadounidense. El comercio entre Asia y Europa se diversificaría, con nuevos corredores que atravesarían Kazajistán, Irán y Turquía. Al mismo tiempo, la internacionalización del yuan —ya en marcha mediante acuerdos de intercambio de divisas con decenas de países y la aparición de plataformas de pago alternativas a SWIFT, como el sistema CIPS de China— reduciría progresivamente el privilegio desmesurado del dólar como moneda de reserva mundial. No se trataría de un colapso del dólar, sino de una dilución de su monopolio, teniendo en cuenta que un mundo con múltiples monedas de reserva es radicalmente diferente del actual.

El nuevo mapa de seguridad: ¿Hacia la disolución de la OTAN?

En materia de seguridad, un acuerdo entre las tres potencias sobre esferas de influencia —explícito o tácito— reconfiguraría el sistema de alianzas. La OTAN, ya bajo presión, podría transformarse en una organización más limitada, centrada en Europa Occidental y el flanco oriental, o incluso desaparecer. Las garantías de seguridad estadounidenses a Japón, Corea del Sur y Taiwán se convertirían en objeto de negociaciones explícitas con Pekín.

Para los países del Sur Global, este escenario podría resultar paradójicamente ventajoso: la competencia entre potencias por la influencia genera recursos, infraestructura y acuerdos comerciales favorables. El modelo diplomático chino —sin condiciones políticas, que ofrece préstamos y proyectos de infraestructura en lugar de discursos sobre democracia— ya ha ganado terreno significativo en África, América Latina y el sur de Asia.

Hacia un sistema multipolar estable pero complejo

El resultado no sería un mundo más simple, ni necesariamente más seguro, pero sí uno más equilibrado. Y esto, les guste o no a los analistas, es un paso hacia un verdadero multipolarismo. Un sistema genuinamente multipolar, con tres o cuatro grandes potencias negociando explícitamente las reglas del juego —como en el Concierto de Europa del siglo XIX—, se diferencia de la hegemonía unipolar: es menos predecible en los detalles, pero quizás más estable en su dinámica fundamental, porque ningún actor tiene incentivos para destruir un sistema que le garantiza estatus y recursos. El resto se irá desarrollando poco a poco.

Al interpretar estos fenómenos, existe la tentación de atribuirlos a una mano oculta, pero al menos desde un punto de vista geopolítico, la realidad es más prosaica: el nuevo orden mundial no está siendo escrito por una sala de control, sino que está tomando forma a través de miles de decisiones pragmáticas, acuerdos bilaterales, inversiones en infraestructura, fluctuaciones monetarias y cumbres regionales que los principales medios de comunicación occidentales tienen dificultades para seguir porque ya ni siquiera saben dónde mirar.

El ocaso inevitable del PIB de Occidente

Lo cierto es que el cambio está en marcha. La participación de Occidente en el PIB mundial —que superaba el 60% en 1990— ahora se sitúa por debajo del 45% y seguirá disminuyendo. Las instituciones multilaterales creadas en la posguerra —desde la ONU hasta la OMC, desde el FMI hasta el Banco Mundial— están bajo presión por parte de quienes no participaron en su fundación y no reconocen su legitimidad universal. Las nuevas alianzas han demostrado que nada construido sobre el antiguo orden basado en normas puede seguir funcionando.

Rusia, China y Estados Unidos tienen todo el interés en gestionar la transición evitando una escalada catastrófica; cuentan con las herramientas, los recursos y las capacidades para lograrlo. La cuestión es si serán capaces de construir un sistema que guíe a una parte significativa del mundo a través de esta transición de la manera menos traumática posible.

El futuro no espera. Y mientras los diplomáticos occidentales debaten procedimientos y principios, alguien, mucho más al este, ya está sentando las bases del orden del mañana.

Lorenzo Maria Pacini


tags: Geopolítica, Nuevo Orden Mundial, China, Rusia, Estados Unidos, Multipolaridad, Estrategia Internacional

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