¿Una nueva batalla de Londres? | Carlos Beltramo

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Para quienes siguen la batalla cultural en torno al aborto, puede resultar tentador pensar que Europa es un territorio prácticamente perdido. En buena parte del continente, el aborto ha sido presentado durante décadas como una cuestión definitivamente resuelta: algo que pertenece al pasado, una “conquista social” que ya no merece discusión.

Pero la última March for Life del Reino Unido ofrece una imagen diferente. El pasado 5 de septiembre, más de 10.000 personas recorrieron las calles de Londres para defender públicamente la vida del niño por nacer. La manifestación, que este año tuvo como lema “Abortion Hurts the Family” (“El aborto perjudica a la familia”), reunió a católicos, anglicanos, evangélicos, ortodoxos y otros cristianos, así como a numerosas familias y jóvenes.

Y hubo un dato particularmente significativo: 15 obispos católicos participaron en el evento. El número más alto registrado hasta ahora. Los 15 concelebraron la Misa de apertura en Westminster Cathedral y 14 de ellos recorrieron a pie todo el trayecto hasta Parliament Square. Al final de la marcha, los obispos participaron en la oración y bendijeron a los manifestantes.

El papa León XIV envió un mensaje de aliento a los participantes y les impartió su bendición apostólica. Cuando se oscurece la certeza de la dignidad humana —señaló—, los más vulnerables son los primeros en convertirse en víctimas, y la ley pierde su sentido más profundo de servicio y de protección de la persona. Para el movimiento pro vida británico fue una reafirmación del principio fundamental sobre el que descansa toda defensa coherente de la vida: los derechos humanos no dependen de la edad, del tamaño, del grado de desarrollo, de la dependencia de la madre o de la capacidad de defenderse a uno mismo.

Una multitud que contradice el relato dominante

La cifra de asistentes es importante precisamente por el contexto cultural británico. Durante décadas, el aborto ha sido tratado como una cuestión en la que no existe un debate legítimo. La presión cultural ha tendido a presentar la oposición al aborto como propia de una minoría religiosa, conservadora y políticamente marginal.

La escena de Londres contó otra historia. Más de diez mil personas —incluidos numerosos jóvenes y familias— ocuparon las calles para afirmar públicamente que la vida humana importa desde la concepción hasta la muerte natural. El arzobispo John Wilson de Southwark resumió el espíritu de la manifestación al hablar de la necesidad de proclamar, con alegría, confianza y amor, que toda vida importa “desde los primeros momentos de la concepción hasta la muerte natural”.

El movimiento provida europeo no ha desaparecido. En muchos lugares es pequeño, ciertamente. En algunos países se encuentra bajo una enorme presión cultural y política. Pero está comenzando a recuperar algo fundamental: la confianza para hablar en público.

“El aborto está volviendo a ser un asunto público”

Vaughan-Spruce, codirectora de March for Life UK y una de las figuras provida británicas más conocidas, observó que este año hubo “ciertamente más oposición” que en marchas anteriores. Pero, lejos de considerar las contramanifestaciones simplemente como un fracaso, las interpretó como una señal de cambio.

Su razonamiento es importante: si el aborto realmente fuera un asunto completamente resuelto, si el mensaje pro vida no cuestionara seriamente el consenso establecido, no habría necesidad de movilizarse con semejante intensidad contra una manifestación provida.

“Durante demasiado tiempo ha habido una complacencia extraordinaria en torno al aborto en Gran Bretaña”, explicó Vaughan-Spruce. “Se ha tratado como algo que simplemente debía aceptarse. Pero eso parece estar cambiando.”

La cultura dominante europea intenta presentar el debate sobre el aborto como una cuestión ya superada. Según este relato, la historia habría avanzado inevitablemente hacia una mayor liberalización y cualquier intento de cuestionar esa trayectoria sería simplemente reaccionario.

Pero la realidad es más compleja. Cuando una cuestión está realmente superada, no necesita toda una clase política dedicada a silenciar a quienes la cuestionan.

Y aparecieron las contramanifestaciones…

La respuesta de los grupos pro-choice fue particularmente visible este año. La organización Abortion Rights UK convocó una contramanifestación en Parliament Square bajo el lema “Stand Up for Choice”, precisamente mientras la March for Life atravesaba Londres. El objetivo declarado era mostrar que el movimiento provida no representa el supuesto consenso británico y que existe una oposición organizada a cualquier intento de modificar la legislación sobre el aborto.

Pero la oposición no se limitó a una manifestación paralela. Un grupo de activistas progresistas irrumpió durante la misa celebrada en Westminster Cathedral, en la que participaban los 15 obispos. Los manifestantes tuvieron que ser desalojados. Después, otros grupos acompañaron buena parte del recorrido utilizando megáfonos y cánticos para intentar ahogar las intervenciones de los organizadores provida. Hubo incluso consignas dirigidas directamente contra los cristianos y la Iglesia.

La intención era clara: no solo defendían el aborto, sino que buscaban convertir la presencia pública provida en algo culturalmente ilegítimo. Paradójicamente, esa reacción puede haber terminado demostrando precisamente lo contrario de lo que pretendía.

Como señaló Vaughan-Spruce, la intensidad de la oposición constituye una indicación de que el aborto vuelve a ser un “asunto público vivo”. La complacencia empieza a desaparecer y más británicos están encontrando el valor para desafiar la cultura del silencio que durante años ha rodeado esta cuestión.

Europa no está tan “resuelta” como parece

Este punto debería interesar especialmente al movimiento provida estadounidense.

Por un lado, la legislación británica se ha movido en los últimos años hacia una mayor liberalización. El Parlamento aprobó en 2026 cambios que despenalizan de facto el aborto autogestionado por la propia mujer, mientras persisten otras disposiciones de la legislación de 1967.

Pero la oposición provida no está desapareciendo. Está creciendo la participación de los jóvenes. Aumenta la presencia de familias. Distintas confesiones cristianas se encuentran en las calles. Y, sobre todo, hay una generación que parece menos intimidada por la acusación de ser “retrógrada” simplemente por afirmar que el niño no nacido posee dignidad humana. Ese es quizá el aspecto más esperanzador de Londres.

La batalla no ha terminado

Lo sucedido en Londres recuerda que, más allá de los fracasos legislativos, hay otra batalla previa: la de recuperar la legitimidad cultural para defender la vida. Antes de cambiar una ley, hay que cambiar una conversación. Antes de cambiar una conversación, hay que recuperar la capacidad de plantear determinadas preguntas.

¿Es el niño no nacido un ser humano? ¿Tiene dignidad propia? ¿Puede una sociedad afirmar simultáneamente que toda vida humana tiene valor y que algunos seres humanos pueden ser eliminados antes de nacer? ¿Es realmente progreso considerar que el ser humano más vulnerable debe recibir menos protección precisamente porque no puede defenderse?

La March for Life de Londres no resolvió ninguna de estas cuestiones. Pero hizo algo quizá más importante: demostró que todavía hay miles de británicos dispuestos a formularlas públicamente. El movimiento pro vida británico no está dispuesto a aceptar que el aborto se presente como un asunto cerrado.

Vaughan-Spruce tiene razón en un punto fundamental: el hecho de que exista una oposición tan visible no debería desanimar a los provida. Puede ser precisamente una señal de que el silencio se está rompiendo. La noche es más oscura justo antes del amanecer. Una vez más, Londres cuenta una historia diferente. La batalla por la vida no ha terminado en Europa. Quizá después de años de silencio esté empezando una nueva etapa.

Carlos Beltramo. Director del Population Research Institute para Europa


Tags: Londres, Provida, Aborto, Manifestación, Familia, Religión, Europa

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