COMUNEROS. La llegada de un nuevo rey en 1517 a tierras hispanas desde Flandes, cuando menos procuró una enorme curiosidad. Es el nieto mayor de los Reyes Católicos, Carlos I, quien jamás ha pisado la tierra sobre la que va a reinar y que, por primera vez desde los visigodos, dominará sobre todos los reinos españoles.

Sin embargo, enseguida se pasó de la curiosidad al recelo. Es extranjero y no sabe castellano. Viene rodeado de gente extraña y desconoce los usos y costumbres de sus reinos. Su corte acapara los más altos cargos y se enriquecen rápidamente. Los nobles españoles se sienten relegados y crece el descontento entre la población, puesto que además utiliza las arcas de Castilla para su coronación como emperador germánico a la muerte de su abuelo paterno Maximiliano.

El malestar va creciendo y pronto tendrá una dramática consecuencia: la llamada “Guerra de las Comunidades”. En primavera, en 1520, en el corazón de Castilla, comienza el derramamiento de sangre, los comuneros se alzan en armas…

INDIGNADOS. Desde el 2008 hay una crisis económica en España, que se acaba extendiendo a otros ámbitos, dando lugar a una crisis política, social, institucional y territorial.

Se va gestando una revolución ciudadana. El 21 de octubre de 2010 se publica el panfleto ¡Indignaos!. Y el 11 de febrero nace Estado del Malestar, que consiste en crear varios grupos locales que animan a los ciudadanos a salir a la calle a protestar y pedir en un movimiento apartidista el fin del bipartidismo y una democracia más participativa. Se establecen convocatorias los viernes a las 19 horas, empezando la primera protesta el 11 de febrero en la Puerta del Sol de Madrid y, la siguiente, el 18 de febrero en lugares emblemáticos de cada pueblo o ciudad.

Una de las imágenes más visibles de estos acontecimientos fue la que se dio a conocer como Acampada Sol. Se trató de un campamento que miembros del Movimiento 15-M levantaron en la madrileña Puerta del Sol, al día siguiente de la manifestación del 15 de mayo. Crece también el descontento…

COMUNEROS. En todas las ciudades sublevadas, los comuneros se citaban para la noche en algún recinto poco frecuentado. Una vez reunidos todos, firmes en su postura y frente al pendón de Castilla, de color rojo -símbolo de la sangre vertida en Castilla – y ante la Cruz de Cristo y su Palabra (los Evangelios), los comuneros o conjurados se comprometían con solemne juramento a defender las libertades de Castilla frente a los abusos del poder imperial.

A partir de ese momento, y para distinguirse hombres de la misma tierra de los imperiales, se cosían una cruz roja, símbolo de su rebeldía, en el pecho. Era la insignia comunera. Su grito de guerra: “¡Santiago y libertad!”. Su objetivo en el combate: “¡Que todas las cruces blancas, rojas de sangre se vuelvan!”. Y a sus enemigos antes de darles muerte les decían: “Para lavar tanta afrenta encomienda el alma a Dios que es necesario que mueras!”.

INDIGNADOS. Los indignados de la Puerta del Sol acamparon en las principales plazas públicas. Tras imponer su modelo de protesta, que no tuvo impedimentos por parte del poder, fueron derivando en asambleas populares que llegaron a constituir la Asamblea Popular de Madrid. Desde entonces, las asambleas populares locales se han reunido regularmente y han alcanzado distintos niveles de auto-organización y participación. Reunieron alrededor de unas 30.000 personas.

Luego pasó lo que todos recordamos. La transformación en un partido político Podemos (2014). El avance espectacular de Podemos, su “vuelta de tuerka” en Unidas Podemos y su aterrizaje en un gobierno de coalición con los socialistas y Pedro Sánchez (2019) y hace unos días su unión con Bildu (enésima marca blanca de los etarras).

COMUNEROS. Los comuneros de Castilla fueron un frente común contra los abusos de poder de la corte extranjera de un joven y distante monarca. Alta nobleza, baja nobleza y pueblo llano.

“Muchas causas tenemos de sospechar que esta rebelión viene y toma principio de los Grandes”.

Sin la nobleza la Monarquía tiene muchas las papeletas para sucumbir, así que negocia con ella. “Todo un pueblo nos combate, contra un pueblo es nuestra guerra y nunca la ganaremos sin contar con la nobleza”.

Sin embargo, caballeros, capitanes y el pueblo llano siguió combatiendo. El bando comunero ya tiene a sus principales héroes: Juan Bravo, Padilla y Maldonado.

Son los héroes, son los jefes, los adalides de la revuelta que protestan por la traición de los procuradores.

“Nadie acate al Cardenal ni a su Consejo; a Padilla le nombramos General de los Ejércitos; que el oro que se iba a Flandes ya no salga de este Reino; las rentas que al Rey se daban, valdrán a los comuneros”.

Las ciudades hermanadas prestan juramento de compromiso de darse mutuo sustento en la revuelta, se organizan en juntas populares y redactan una serie de peticiones para el joven y extranjero monarca. Pedían que estas peticiones fueran confirmadas como Leyes Perpetuas de los reinos de Castilla.

EPÍLOGO. Hay muchas coincidencias en apariencia. Comuneros e indignados. Juntas y asambleas. Revueltas y luchas contra el poder establecido que ataca la justicia y la libertad. El poder establecido abusa y se excede en sus competencias y relega al olvido lo que debía constituir su afán de servicio a la sociedad y al bien común.

En apariencia, sí. Pero nada más. El sentido de la justicia, del honor, de la valentía, del deber, etc… no aparecen por ningún lado en las luchas de los indignados que acamparon en la Puerta del Sol, agraviando, deshonrando y ultrajando los combates que se sucedieron contra las tropas napoleónicas en mayo de 1808.

Los comuneros gritaban: “¡A la lucha procurad valentía, ardor y generosidad!”.

Los indignados “marcaban territorio” orinando en las calles.

La prueba es como acabaron los comuneros y como lo están haciendo los indignados.

Los jefes comuneros dieron su vida por la causa. El 24 de abril de 1521, en Villalar, Juan Bravo, Padilla y Maldonado fueron condenados a morir en un cadalso improvisado en la plaza del pueblo.

“Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad y su condestable y los gobernadores en su nombre a estos caballeros: mándalos degollar por traidores…” El condenado Juan Bravo le interrumpió gritando: “mientes tú y aún quien te manda decir; traidores no, más celosos del bien público si, y defensores de la libertad del reino”.

Entonces Padilla intervino: “Señor Juan Bravo: ayer era día de pelear como caballeros, y hoy de morir como cristianos”. A continuación, Juan Bravo solicitó al verdugo ser decapitado antes que Padilla, con el argumento de que no quería ver morir al hombre más valiente y más bueno de Toledo. Y así se hizo. Más tarde moría también degollado Maldonado.

La resistencia en todas las ciudades comuneras se desmoronó rápidamente, enviando sus regidores solicitudes de perdón al Emperador, y huyendo muchos de ellos.

Unos cuantos españoles que, valientemente y sin temor, se rebelaron para imponer lo que creían justo y legítimo. Pero que no dudaron en proclamar, al mismo tiempo, su completa fidelidad a Carlos I de España, su rey y señor.

Los indignados se han vendido sin vergüenza para aposentarse en el poder y utilizarlo para su propio beneficio a costa de todos los demás y de todo lo demás. Les falta valentía, arrojo, magnanimidad, justicia, honor, honradez, altura de miras.

Sin todo esto podrán ganar revueltas, luchas y escaramuzas pero nunca lograrán ser líderes de grandes gestas, vencedores de épicas batallas ni valedores de ser héroes de la historia.

Por Redaccion

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