Los revolucionarios de todas las épocas tienen la tendencia a pensar que su fuego purificador eliminará el antiguo orden y les dejará construir un futuro brillante. Pero rara vez les toca a ellos la construcción. Y es que el fuego no se detiene únicamente en aquello que querían quemar quienes lo prendieron. El caso paradigmático es la Revolución Francesa, que se llevó por delante durante el terror tanto a reaccionarios como a revolucionarios. Incluso Brissot, figura clave en el genocidio de la Vendée, o Robespierre, forofo de la guillotina, acabaron sentenciados a muerte como enemigos del Pueblo. Pero la tendencia sigue, y cuando la masa enardecida busca repetir la liturgia propia del liberalismo: el señalamiento y aniquilación del enemigo oscurantista, el que acaben centrándose en sus viejos amigos es cuestión de tiempo.

Así ocurre ahora con J. K. Rowling. Hace un año celebradísima tanto por su generosidad como por su activismo, hoy hace frente a un torbellino de furia dirigido contra ella. Quienes celebraban cada declaración sobre la orientación sexual de tal o cual personaje ficticio, o repetía con fascinación que sobreviviera una relación marcada por la violencia machista aún enfrentándose a la pobreza y la depresión, hoy piden su cabeza. Y todo por decir algo que la mitad de los que hoy miran para otro lado también creen: que hay algo ridículo en hablar de «personas que menstrúan» en lugar de mujeres, y que el sexo biológico existe y no podemos ignorarlo.

Tamaña osadía ha valido que saliesen en tromba tanto los actores que encarnaron sus personajes como la productora que pasó sus novelas a la pantalla para desautorizarla. La preocupación, a saber, es que sus palabras puedan poner en peligro a las personas trans (transexuales, transgénero, ¿quién sabe a estas alturas?). En su defensa escribe un artículo matizando su postura. Dice que todas las personas merecen cariño, felicidad, comunidad y seguridad; simplemente quiere que las mujeres se puedan sentir seguras en los espacios propios, y que una versión exagerada de la ideología transgénero está poniéndo en peligro esa seguridad en los deportes, los baños, los vestuarios etc. Peor. Ahora es contumaz en su herejía y merece la hoguera.

Es difícil encontrar quién de entre sus antiguos amigos públicos saliese en su defensa. La actriz Evanna Lynch (que hizo de Luna Lovegood) se desmarcó completamente de los comentarios, repitiendo todos los tópicos progres acerca de la valentía de los trans, la necesidad de asumir que  «las mujeres trans son mujeres» sin diferencia con respecto a las biológicas. Pero tuvo la lealtad de defender, aún tímidamente a Rowling. Reivindicó su amitad con ella, recordó su filantropía y dijo que, aún estando completamente en desacuerdo con ella por «equivocarse de lado en el debate» no se la debe reducir a su pecado: «esto no quiere decir que haya perdido completamente su humanidad». Vaya, quizá un poquito sí, pero no del todo. No es precisamente la defensa a capa y espada que uno esperaría de una amiga, pero aún así fue suficiente para provocar otro aluvión de críticas. Verán, no se puede aludir a un debate, pues la postura contraria no se debe siquiera entretener en público, ni podemos centrarnos en la figura de Rowling, por mucho que estemos hablando de sus palabras, porque lo importante es cómo se siente con respecto a ellas la «comunidad trans». Da igual los servicios que haya prestado al Progresismo, al feminismo o a la humanidad, ahora es enemiga del Pueblo, y debe ser cancelada.

Pero España tampoco se libra de esta tendencia. Hoy, la Revolución en España ha dejado atrás a sus padres. Es ya un tópico en círculos de izquierdas calificar a Felipe González como político de derechas. Quizá no propiamente facha (de momento, según les pille), pero claramente de derechas. ¿Y quién les puede culpar? Si hoy parte de la derecha española defiende como ley asentada, moderantísima y quizá conservadora, barbaridades que ni siquiera se le hubiesen ocurrido a González en su época más creativa. Cuando no se puede diferenciar entre Feijóo y González, o el resto de la llamada «izquierda tricornio», ¿cómo vamos a pedir que le tengan especial reverencia quienes van en la vanguardia del cambio? Pero el fuego con el que quieren arrasar a aquellos que les precedieron pronto les podrá quemar también a ellos.

Y es que realmente se llega a tener más saña contra el revolucionario que se ha quedado atrás que con el reaccionario. Será por lo mismo que a los religiosos nos suele disgustar más el hereje que el infiel. Lo cierto es que es más fácil salir vivo de la furia de los amantes de la guillotina si rechazas la revolución desde un principio. Sohrab Ahmari, del New York Post anima a que rechacemos sus primeros principios para acabar con este afán de instaurar el terror y la criba ideológica. Comparte su «Promesa de valentía» (aquí adaptada) como antídoto a la justicia de las masas enardecidas:

  • Creo en la dignidad inherente de toda persona
  • No me someteré a la masa indignada
  • Defenderé la verdad; no tu verdad y mi verdad
  • No pondré el rótulo en mi puerta, ni haré el gesto simbólico si no creo en él
  • No denunciaré a mi amigo
  • No me avergonzará ni la fe tradicional ni la enseña nacional

El pobre de Jean Pierre Brissot se dio cuenta tarde. Cuando la Revolución le declaró a él enemigo del pueblo intentó huir precisamente a Normandía, donde se organizaba una resistencia a la Revolución como la que contribuyó a aplastar violentamente en La Vendée. Pero llegó tarde. Le encontraron con papeles falsos y todo su historial de servicios a la causa, todos sus argumentos sobre la libertad y el progreso le valieron de poco. Como de poco valdrán a quienes no se planteen hoy si verdaderamente vale la pena alentar la furia revolucionaria.

Álvaro Gutiérrez Valladares | Escritor

Por Redaccion

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