José Ramón Ayllón: «la cancelación woke es algo muy propio de la izquierda marxista y sanchista»

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José Ramón Ayllón / «Breve historia de Occidente»
La historia incomparable de la civilización occidental merece ser reescrita tantas veces como podamos, para tratar de explicar cómo y por qué caminos han llegado Europa y América a ser lo que son. Si en un futuro muy lejano, perdida la memoria de Occidente, un arqueólogo encontrara este libro, descubriría que Europa fue el resultado de una realidad que se mantuvo durante más de veinte siglos y que hoy agoniza a causa del cáncer de las ideologías. En su último libro explica temas como la importancia de la razón de Grecia, del derecho de Roma y de lo que aportó el cristianismo. Occidente son monasterios y universidades, es el canto gregoriano, la música de cámara o el diseño de los grandes estilos artísticos. Es el humanismo renacentista, es la obra española en América, así como la ciencia y la revolución tecnológica e industrial. También son luchas políticas, los cambios de regímenes y las ideologías que configuran la realidad social y cultural de la actualidad. 
«De la globalización actual me preocupa el poder manipulador de los grandes medios de comunicación. Antes entraba alguno de esos medios hasta la cocina. Ahora, en cuanto te descuidas, unos cuantos se han metido en tu cama».

José Ramón Ayllón es un gran divulgador, especializado en filosofía, la reflexión ética y pensamiento. Sabe ver, señalar, orientar. Como maestro y educador, siempre ha tenido una especial predilección por los jóvenes y para ellos ha escrito algunas de sus obras más relevantes, como ensayos y novelas históricas. Entre sus libros, cabe mencionar «El hombre que fue Chesterton«, «Sophie Scholl contra Hitler«, «Querido Bruto«, «Etty en los barracones«, «El mundo de las ideologías«, «En torno al hombre» y «Desfile de modelos«.

El crítico Gabriel Cortina le entrevista para Adelante España en relación a su reciente libro «Breve historia de Occidente»
Dedicas este libro «a la joven lectora que quiso saber qué libro se podría escribir para cambiar el mundo«. ¿Quién es y qué ocurrió?
Sucedió en Cataluña. Una alumna de 15 años, Paula Goñi, me hizo esa inesperada pregunta. Fue al comenzar un encuentro con autor. Me dijo que la novela «Vigo es Vivaldi» había enriquecido su forma de pensar y de entender la vida. Tuve que reconocer que el mundo no se cambia con un libro, aunque cualquier escritor responsable aspira a dejar un poso positivo en los lectores. En realidad, escribir, como cualquier otra profesión o tarea con repercusión social, es una oportunidad de mejorar la sociedad, de saldar parte de la deuda por lo mucho bueno que recibimos de nuestro entorno.
Afirmas que la civilización occidental es actualmente como un fantasma, algo  irreconocible, extraviada, ¿tu propuesta es de recuperación, de un mirar atrás?
No soy precisamente original. Creo que ese diagnóstico sobre Occidente lo puede suscribir cualquiera medianamente informado. Los actos tienen consecuencias, y desde Nietzsche nos enfrentamos a las consecuencias de haber cortado amarras con la posibilidad de verdades objetivas, con la existencia de leyes naturales, con Dios. Por eso vamos a la deriva en un mundo líquido, como recuerda Bauman. Mi propuesta es recuperar la solidez de los tres pilares perdidos. Esa recuperación exige conocer nuestra propia historia, a menudo riquísima y deslumbrante.
Mencionas tres raíces originarias: la búsqueda de la verdad, el respeto a la ley y la cosmovisión cristiana. ¿Cuál de estas raíces es la que está menos seca?
Me parece que las tres raíces están estrechamente relacionadas. Por eso no veo ninguna con peor o mejor salud que las demás.

Hablas de una primera globalización que protagonizó España. Ahora, ¿Qué temes y qué te fascina de la globalización actual?

Aquella primera globalización la logró Felipe II gracias a Urdaneta y Legazpi, que se hicieron de forma pacífica con las Filipinas y fundaron Manila. Así conectó el imperio español con el imperio chino, en una relación comercial muy fructífera. De la globalización actual me fascina el intenso intercambio de ideas y personas. Me preocupa el poder manipulador de los grandes medios de comunicación. Antes entraba alguno de esos medios hasta la cocina. Ahora, en cuanto te descuidas, unos cuantos se han metido en tu cama.

El pivote geopolítico se desplaza hacia India y China, dejando muy lejos el epicentro europeo. ¿Es posible o sensato «occidentalizar el mundo»?
No sé si es posible o sensato, y quizá no lo sepa nadie, pues el futuro está más abierto que nunca. También habría que explicar qué entendemos por «occidentalizar». En cambio, estoy convencido del enorme beneficio humano que supondría a la India, a China, a Occidente y al resto del mundo un estilo de vida con leyes justas, libertades fundamentales y derechos humanos. Ya ves que no estoy descubriendo el Mediterráneo: estoy aludiendo a algo tan antiguo como el bien común.
 
Por criterios demográficos, el islamismo irá ocupando espacios en la vida pública y educativa. ¿Qué reflexión merece esta realidad?

Así es. Creo que esa reflexión pasa por preguntarse si eso es lo que quiere Occidente; si no lo quiere pero lo asume con derrotismo; si no lo quiere y está dispuesto a recuperar el impulso demográfico; si ambas civilizaciones podrían lograr una simbiosis enriquecedora, o una convivencia pacífica al menos… Como ves, las preguntas se disparan y las soluciones no son nada fáciles. Me gustaría que fuera cierto el buenismo de Rousseau, pero me temo -sin caer en el extremo de Oriana Fallaci- que en este caso es más lo que nos separa que lo que nos une.
 
Qué aspectos te han sorprendido en la elaboración de esta obra.
Esta obra es producto de dos ignorancias: la de mis alumnos y la mía. No se puede estudiar filosofía o ética en el vacío, sin un marco histórico. Pero los conocimientos históricos cada vez brillan más por su ausencia en las aulas. Así que me propuse combatir esa carencia y dedicar mucha atención a ese marco. Así cambiamos la doble ignorancia por un doble disfrute, porque yo disfrutaba estudiando historia y las clases resultaban más amenas. De los ocho temas, me han sorprendido los que menos conocía: el impresionante papel de los monasterios medievales, la  revolución científica e industrial, y la farsa criminal que supone la Revolución Francesa.
 
Crees que es una contradicción, por tamaño, hablar de unas minorías creativas que aspiran a mantener toda una civilización occidental.

Lejos de ser una contradicción, creo que esa tarea es necesaria y factible, tal y como pensaba Platón. La historia enseña, entre otras muchas cosas, que el mundo lo mueven las ideas y las élites. Se ve perfectamente en los ocho capítulos del libro, desde la filosofía griega hasta el mundo de las ideologías.
¿La defensa de Occidente está hoy viva en ámbitos políticos, religiosos y culturales de Estados Unidos?

Lo ignoro.

«Respecto a la cancelación, me parece algo muy propio de la izquierda marxista y sanchista, inclinada al dogmatismo y la dictadura, con alergia a la libertad de pensamiento y expresión.»

Las ideologías te preocupan. ¿Cómo describirías el actual fenómeno «Woke»?

La docena de ideologías que ponen patas arriba la modernidad son preocupantes por ser -aunque en diversa medida- movimientos antisistema; por engañar con señuelos utópicos; por desencadenar revoluciones traumáticas, tanto militares como culturales; por negar la trascendencia y apostar por la intrascendencia. Respecto a la cancelación, me parece algo muy propio de la izquierda marxista y sanchista, inclinada al dogmatismo y la dictadura, con alergia a la libertad de pensamiento y expresión.
 
Si te lo ofrecieran y tuvieras las capacidades necesarias, ¿qué cartera ministerial asumirías, y cuál sería la primera medida que tomarías?

No me veo en ningún puesto político, ni siquiera como asesor. Pero estaría encantado de charlar con el ministro de Educación sobre la enorme trascendencia de la cartera que tiene entre manos. Y, antes, pediría al presidente del Gobierno que eligiera como ministros a los mejores, a los más capaces, a los más rectos, a personas orgullosas de ser servidores públicos.
 
En tu experiencia con adolescentes y jóvenes, ¿qué les aconsejarías a sus padres y educadores para que puedan despertarles la inocencia revolucionaria?

Lo dice muy bien Natalia Ginzburg. A los jóvenes hay que transmitirles amor y pasión por la vida. Pero eso no se consigue dando la chapa, sino por contagio.
*Gabriel Cortina

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